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Sentido común
Un Papa que no se jubila

Juan Pablo II no necesita de la crónica ni de los elogios de un aprendiz de columnista. Pero yo sí siento la necesidad de recordar a mis lectores lo que este inmenso hombre ha dado por todos nosotros

Publicada 22 de marzo 2005, El Diario de Hoy


Ricardo Rivas*
El Diario de Hoy

editorial@elsalvador.com

Al Papa le sobra lo que a muchos ahora les falta: sentido del humor. Al hospital Gemelli, donde ha estado internado diez veces en su pontificado, le llama “su tercera casa” (la primera es el Vaticano y la segunda es Castel Gandolfo, su sitio de descanso). También suele referirse a Gemelli como “el Vaticano III”. El Papa bromea incluso con su salud: “Para enterarme cómo he amanecido, abro la prensa del día” ha dicho. ¿Y sobre su renuncia? “No hay puesto para un Papa jubilado”, dijo el otro día.

El Papa se preocupa muchísimo menos de sus achaques que nosotros y que la prensa. El Papa en lo que está empeñado es en cumplir su deber. Lo demás, incluso él mismo, le sale sobrando. También le sale sobrando la apología que a su agotada figura hace algún sector de la masa media. En la cultura de la imagen que hoy vivimos, semejante planteamiento no deja de ser desafiante. Esto también le sale sobrando al Papa. Dentro de su catálogo de desafíos no parece estar incluido el empeño por caerle bien a medio mundo.

Tampoco en el diccionario de la vida de Juan Pablo II ha existido la palabra miedo. Ni siquiera a la muerte y al dolor que tan nerviosos nos suele poner a nosotros los pobrecitos hombres. O a las manchas en un pulmón o la “masa” en el estómago. Lejos de eso, Juan Pablo II vive cada minuto de su existencia a plenitud. Cada dolor, cada lágrima, cada temblor, cada fiebre es, para este santo hombre, un diapasón con el que afina su eternidad.

El Papa no se jubila. Aunque el cuerpo no responda, la cabeza la tiene clara. Por eso no desenchufa. Al contrario, mientras otros buscan que les desenchufen del sufrimiento, nuestro Papa sigue con las botas bien puestas. “Cielo adentro” versus “Mar adentro”, podríamos titular a otra película.

Juan Pablo II es el antiplanteamiento al “lightismo” de hoy. Roma, año 2000. Jornada de la Juventud con el Papa. Indro Montanelli, recordado periodista italiano, se rasca la cabeza en la redacción del Corriere de la Sera. Lo ve y no lo cree. No entiende cómo un anciano que apenas articula palabra es capaz de entusiasmar y poner a pensar en Dios y en los demás a dos millones de jóvenes de todo el mundo.

Montanelli intuye el porqué: “Me pregunto si este encuentro que se desarrolla en orden y tranquilidad no será en realidad una revuelta, o al menos una protesta contra un modo de vida dominado por esa ansia de lo nuevo que por la tarde ya ha convertido en decrépito lo que había inventado por la mañana”.

Así es Juan Pablo II, un hombre íntegro que ni siquiera teme a pedir perdón. Arrodillado frente a la Piedad de Miguel Ángel, Juan Pablo II invocó la asistencia de la Virgen María para que se haga cargo de los pecados de sus hijos. Ha hablado en nombre de la Iglesia que, si bien es santa, transita por el mundo con los pies de los hombres.

Tampoco ha tenido miedo a la reconciliación. Todo lo contrario. Su viaje a Tierra Santa hizo palpable su vocación por la unidad y por el respeto a la dignidad de la persona. Fue a Tierra Santa a recordar que la vida humana tiene el mismo precio, así sea judía, musulmana, inglesa o centroafricana. Frente al Yad Yashem Holocaust Memorial, que conmemora el genocidio judío, el Papa lanzó esta frase para la posteridad: “¿Cómo pudo el hombre sentir tal desprecio por el hombre?”.

Juan Pablo II no necesita de la crónica ni de los elogios de un aprendiz de columnista. Pero yo sí siento la necesidad de recordar a mis lectores —y a mí mismo, por supuesto— lo que este inmenso hombre ha dado por todos nosotros. Por eso, el día en que Juan Pablo II se vaya al cielo, no habrá mejor homenaje para él que vivir la vida de cara a Dios y a los demás, con plenitud, alegría y, sobre todo, sin miedo. Como él. Como él.

* Columnista de El Diario de Hoy.

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