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Ricardo
Rivas*
El Diario de Hoy
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Al Papa le sobra lo que a muchos ahora les falta: sentido del humor.
Al hospital Gemelli, donde ha estado internado diez veces en su pontificado,
le llama su tercera casa (la primera es el Vaticano y la segunda
es Castel Gandolfo, su sitio de descanso). También suele referirse
a Gemelli como el Vaticano III. El Papa bromea incluso con
su salud: Para enterarme cómo he amanecido, abro la prensa
del día ha dicho. ¿Y sobre su renuncia? No hay
puesto para un Papa jubilado, dijo el otro día.
El Papa se preocupa muchísimo menos de sus achaques que nosotros
y que la prensa. El Papa en lo que está empeñado es en cumplir
su deber. Lo demás, incluso él mismo, le sale sobrando.
También le sale sobrando la apología que a su agotada figura
hace algún sector de la masa media. En la cultura de la imagen
que hoy vivimos, semejante planteamiento no deja de ser desafiante. Esto
también le sale sobrando al Papa. Dentro de su catálogo
de desafíos no parece estar incluido el empeño por caerle
bien a medio mundo.
Tampoco en el diccionario de la vida de Juan Pablo II ha existido la
palabra miedo. Ni siquiera a la muerte y al dolor que tan nerviosos nos
suele poner a nosotros los pobrecitos hombres. O a las manchas en un pulmón
o la masa en el estómago. Lejos de eso, Juan Pablo
II vive cada minuto de su existencia a plenitud. Cada dolor, cada lágrima,
cada temblor, cada fiebre es, para este santo hombre, un diapasón
con el que afina su eternidad.
El Papa no se jubila. Aunque el cuerpo no responda, la cabeza la tiene
clara. Por eso no desenchufa. Al contrario, mientras otros buscan que
les desenchufen del sufrimiento, nuestro Papa sigue con las botas bien
puestas. Cielo adentro versus Mar adentro, podríamos
titular a otra película.
Juan Pablo II es el antiplanteamiento al lightismo de hoy.
Roma, año 2000. Jornada de la Juventud con el Papa. Indro Montanelli,
recordado periodista italiano, se rasca la cabeza en la redacción
del Corriere de la Sera. Lo ve y no lo cree. No entiende cómo un
anciano que apenas articula palabra es capaz de entusiasmar y poner a
pensar en Dios y en los demás a dos millones de jóvenes
de todo el mundo.
Montanelli intuye el porqué: Me pregunto si este encuentro
que se desarrolla en orden y tranquilidad no será en realidad una
revuelta, o al menos una protesta contra un modo de vida dominado por
esa ansia de lo nuevo que por la tarde ya ha convertido en decrépito
lo que había inventado por la mañana.
Así es Juan Pablo II, un hombre íntegro que ni siquiera
teme a pedir perdón. Arrodillado frente a la Piedad de Miguel Ángel,
Juan Pablo II invocó la asistencia de la Virgen María para
que se haga cargo de los pecados de sus hijos. Ha hablado en nombre de
la Iglesia que, si bien es santa, transita por el mundo con los pies de
los hombres.
Tampoco ha tenido miedo a la reconciliación. Todo lo contrario.
Su viaje a Tierra Santa hizo palpable su vocación por la unidad
y por el respeto a la dignidad de la persona. Fue a Tierra Santa a recordar
que la vida humana tiene el mismo precio, así sea judía,
musulmana, inglesa o centroafricana. Frente al Yad Yashem Holocaust Memorial,
que conmemora el genocidio judío, el Papa lanzó esta frase
para la posteridad: ¿Cómo pudo el hombre sentir tal
desprecio por el hombre?.
Juan Pablo II no necesita de la crónica ni de los elogios de un
aprendiz de columnista. Pero yo sí siento la necesidad de recordar
a mis lectores y a mí mismo, por supuesto lo que este
inmenso hombre ha dado por todos nosotros. Por eso, el día en que
Juan Pablo II se vaya al cielo, no habrá mejor homenaje para él
que vivir la vida de cara a Dios y a los demás, con plenitud, alegría
y, sobre todo, sin miedo. Como él. Como él.
* Columnista de El Diario de Hoy.

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