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José Miguel Cruz
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com
El asunto de la posesión de armas en manos de civiles se ha vuelto
un tema muy sensible para muchos países alrededor del mundo. Ya
sea por razones de salud pública o de seguridad, la mayoría
de los gobiernos alrededor del mundo restringe en la actualidad la posesión
y la portación privada de armas de fuego a través de una
gran diversidad de leyes restrictivas.
En la última década, más de 12 gobiernos alrededor
del mundo han endurecido de forma significativa sus leyes en torno al
uso y posesión de armas de fuego por parte de civiles.
Sin ir muy lejos, el año pasado, en Guatemala, que afronta similares
niveles de violencia que los nuestros, el Presidente Óscar Berger
nombró una Comisión Nacional del Desarme, formada por los
titulares de las principales instituciones de la seguridad y justicia;
la comisión se encargará de articular leyes y políticas
encaminadas a controlar el comercio, circulación y tenencia de
armas de fuego, como parte de una estrategia nacional para reducir la
violencia.
Esto, en un país en el cual la posesión de armas de fuego
es un derecho constitucional. En Brasil, el principal productor latinoamericano
de armas de fuego, el Gobierno recientemente introdujo una ley que prohíbe
la portación de armas y se encamina a celebrar un referéndum
para decidir si se permite o no la comercialización y posesión
de armas de fuego entre la población civil.
¿A qué se debe este renovado interés por la regulación
de las armas de fuego? Las razones son muchas, pero las principales tienen
que ver con la conexión que existe entre la violencia armada y
los pocos controles que suelen haber en torno al uso de las armas de fuego
por parte de civiles.
El denominador común de los países que tienen elevadas tasas
de crimen es la permisividad en el uso de las armas, inclusive en contextos
de mucho desarrollo económico: Estados Unidos es el país
con la mayor tasa de violencia del grupo de países industrializados,
y es precisamente el que tiene las regulaciones más permisivas
en el tema.
Además, existe la creciente convicción de que muchos de
los problemas originados por el uso de armas de fuego tienen su raíz
en el carácter civil de su uso: la mayoría de
delitos que se cometen en nuestros países en la actualidad ya no
los cometen los estados, sino que los cometen los civiles, y la mayoría
de las víctimas de esos delitos es civil.
En el pasado, cuando las guerras prevalecían en la región
centroamericana, las armas constituían un problema que involucraba
directamente el uso que hacían de ellas los gobiernos, quienes
las usaban para desarrollar sus operaciones militares en contra de civiles
o para apoyar los movimientos insurgentes de cualquier signo en países
vecinos. En la actualidad, por el contrario, se ha comprobado que uno
de los principales contribuyentes al comercio ilegal de armas tanto
nacional como internacional es la posesión de armas por parte
de civiles.
Muchas personas que compran y poseen armas de fuego de manera legal terminan
colaborando con el comercio ilícito y con el uso criminal de las
mismas cuando esas armas le son robadas, son revendidas o son manejadas
de manera irresponsable.
Los países que han adoptado regulaciones muy restrictivas en el
uso de armas se han beneficiado de reducciones importantes en las tasas
de homicidios. Por ejemplo, en Colombia la prohibición de portar
armas en los días festivos y los días con importantes encuentros
deportivos redujo en un 40% los homicidios cometidos durante esos días.
Además, esas restricciones, combinadas con la formulación
de políticas de convivencia ciudadana en las principales ciudades
colombianas, han logrado quitar a Colombia del primer lugar de la lista
de países más violentos.
El caso mejor documentado se encuentra en Australia, que en 1996 introdujo
una serie de políticas muy restrictivas con respecto a las armas
de fuego; luego de esas políticas, la tasa de homicidios producidos
por armas de fuego se redujo en un 60%.
A la luz de toda esa información y esas tendencias en las políticas
alrededor del mundo cuesta mucho comprender la resistencia que todavía
existe en El Salvador, sobre todo en los círculos oficiales, para
aumentar los controles de las armas de fuego. La reciente reforma a la
ley de armas promulgada por la Asamblea Legislativa parece más
un denuedo propagandístico que un instrumento útil para
el combate de la violencia armada.
El Presidente Saca haría una contribución notable a la reducción
de la violencia social en El Salvador si vetara esas reformas y propusiera
otras mucho más claras que restrinjan la portación de armas
no sólo en las unidades de transporte urbano, sino también
en todos los lugares públicos.
*Director del IUDOP de la UCA y columnista de El
Diario de Hoy.

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