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Cosas de la vida real
El otro Perla

Rafael aprendió oficios desde pequeño. Los aprendió bien. Cada centavo se lo gana a pulso. Es un hombre de bien. Satisfecho consigo mismo. Está lejos de ser rico, pero vive con dignidad y se le nota que duerme tranquilo.

Publicada 17 de marzo 2005, El Diario de Hoy


Marvin Galeas
El Diario de Hoy

marvingaleas@cinco. com.sv

El escándalo de corrupción en la Administración de Acueductos y Alcantarillados (Anda), puso en el tapete, y de muy mala manera, al apellido Perla. Debe haber aparecido miles de veces escrito en los periódicos o dicho, otras tantas, en noticiarios de radio y televisión, junto a palabras de connotaciones punitivas como: desfalco, delito, demanda, cárcel y extradición. Mala cosa.

Mi segundo apellido es Perla y Perla (así, doble). De manera que leer tantas noticias de primera plana en torno al escándalo no deja de producirme una especie de inquietud al cuadrado. Supongo que para la familia del antiguo presidente de Anda no es fácil andar circulando por allí con el apellido a cuestas. Sobre todo porque es muy de la naturaleza humana enorgullecerse del origen del apellido, grandes antepasados y parientes famosos. Por eso existen la heráldica y los expertos en reconstruir árboles genealógicos.

Hay familias que tienen salones de cuyas paredes cuelgan pinturas y retratos de ilustres portadores del apellido. No falta el bisabuelo mostachón que perdió un ojo en una batalla, o el ilustre letrado perseguido por los sátrapas de turno. Tampoco falta la abuela fundadora de la dinastía, carácter de hierro, que parió once hijos o el tío delgado con ojos de poeta y pelo engominado del que todos inventan historias dramáticas, pero que en verdad era un mujeriego que murió en medio de una borrachera. Cosas así.

Hay Perlas que me hacen sentir muy orgulloso por cierto. Me permito mencionar a unos cuantos. El profesor Humberto Perla, maestro meritísimo, forjador de varias generaciones de estudiantes en la materia de Letras en el Instituto Nacional Francisco Menéndez. Cristóbal Perla y Perla, también maestro y brillante orador, opositor tenaz a los gobiernos militares del siglo pasado.

Su hijo Cristóbal (Toby), considerado, por muchos, como el mejor neurocirujano del país. Juan Otoniel y Pablo Perla y Perla, teólogos, hombres de fe, modelos a seguir para vivir una vida equilibrada, saludable, correcta y feliz. Hay muchos más, claro.

Sin embargo, hace poco y por pura casualidad me topé con un Perla totalmente desconocido. Este encuentro es lo que me motivó a escribir esta columna. Resulta que una de las cosas que más me enreda la vida es encontrar a alguien que se dedique a reparar con eficiencia cosas como goteras en el techo, chapas de puerta, resumideros de lavamanos atascados, instalar conexiones eléctricas, construir una pequeña terracita y asuntos similares.

En estos tiempos de remesas, promesas de paraísos socialistas donde todo es gratis, leyes absurdas y licenciaturas de medio pelo, encontrar a un albañil, un fontanero o carpintero buenos es como encontrar una aguja en un pajar. Lo del salvadoreño trabajador se está convirtiendo en un mito. Son pocos los que quieren ir a las cortas de café, planchar ropa, cortar grama o reparar cosas. Seguramente siguen existiendo buenos maestros de obra, carpinteros, fontaneros, sastres o albañiles. Pero son especies en extinción.

Hasta hace poco los tipos que había logrado llevar a la casa para este tipo de trabajo resultaron ser unos aficionados, algunos chambones y otros una verdadera estafa.

Un día de estos, urgido por reparaciones varias, iba por la calle que conduce a las colonias Buenavista y Monte Sión, en Santa Tecla, vi un rótulo pegado en un árbol de acera que decía “albañilería, fontanería, electricidad, etc.”, debajo del árbol estaba un señor de mediana edad, de regular estatura y más bien gordito con un barril donde tenía todo tipo de herramientas.

Sin pensarlo mucho le llevé a la casa. El tipo resultó ser un verdadero profesional. Mientras trabajaba arreglando una chapa, le pregunté su nombre. Me dio una tarjeta donde había números de teléfonos fijo y celular. “Me llamo Rafael Antonio Perla”, me dijo. Le pregunté si era del oriente del país. Me dijo que sí. La sorpresa fue mayúscula cuando me contó que su madre, una humilde trabajadora de oficios domésticos, tuvo amores clandestinos con un tal Ramón Perla y Perla. Él es producto de esos amores.

El tal Ramón era un hermano de mi abuela, famoso por su gran cantidad de amores, hijos e hijas. Una de ellas, la buena Toña, fue para mí como una segunda madre. Rafael, criado en difíciles condiciones, me cuenta, nunca le pidió pan al hambre ni cobija al frío. Desprecia a aquellos que, pudiendo valerse por sí mismos, se abandonan a pedir en las esquinas o culpan a otros por sus desgracias.

Rafael aprendió oficios desde pequeño. Los aprendió bien. Cada centavo se lo gana a pulso. Es un hombre de bien. Satisfecho consigo mismo. Está lejos de ser rico, pero vive con dignidad y se le nota que duerme tranquilo. De este otro Perla, me siento orgulloso.
*Columnista de El Diario de Hoy.


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