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Marvin Galeas
El Diario de Hoy
marvingaleas@cinco. com.sv
El escándalo de corrupción en la Administración
de Acueductos y Alcantarillados (Anda), puso en el tapete, y de muy mala
manera, al apellido Perla. Debe haber aparecido miles de veces escrito
en los periódicos o dicho, otras tantas, en noticiarios de radio
y televisión, junto a palabras de connotaciones punitivas como:
desfalco, delito, demanda, cárcel y extradición. Mala cosa.
Mi segundo apellido es Perla y Perla (así, doble). De manera que
leer tantas noticias de primera plana en torno al escándalo no
deja de producirme una especie de inquietud al cuadrado. Supongo que para
la familia del antiguo presidente de Anda no es fácil andar circulando
por allí con el apellido a cuestas. Sobre todo porque es muy de
la naturaleza humana enorgullecerse del origen del apellido, grandes antepasados
y parientes famosos. Por eso existen la heráldica y los expertos
en reconstruir árboles genealógicos.
Hay familias que tienen salones de cuyas paredes cuelgan pinturas y retratos
de ilustres portadores del apellido. No falta el bisabuelo mostachón
que perdió un ojo en una batalla, o el ilustre letrado perseguido
por los sátrapas de turno. Tampoco falta la abuela fundadora de
la dinastía, carácter de hierro, que parió once hijos
o el tío delgado con ojos de poeta y pelo engominado del que todos
inventan historias dramáticas, pero que en verdad era un mujeriego
que murió en medio de una borrachera. Cosas así.
Hay Perlas que me hacen sentir muy orgulloso por cierto. Me permito mencionar
a unos cuantos. El profesor Humberto Perla, maestro meritísimo,
forjador de varias generaciones de estudiantes en la materia de Letras
en el Instituto Nacional Francisco Menéndez. Cristóbal Perla
y Perla, también maestro y brillante orador, opositor tenaz a los
gobiernos militares del siglo pasado.
Su hijo Cristóbal (Toby), considerado, por muchos, como el mejor
neurocirujano del país. Juan Otoniel y Pablo Perla y Perla, teólogos,
hombres de fe, modelos a seguir para vivir una vida equilibrada, saludable,
correcta y feliz. Hay muchos más, claro.
Sin embargo, hace poco y por pura casualidad me topé con un Perla
totalmente desconocido. Este encuentro es lo que me motivó a escribir
esta columna. Resulta que una de las cosas que más me enreda la
vida es encontrar a alguien que se dedique a reparar con eficiencia cosas
como goteras en el techo, chapas de puerta, resumideros de lavamanos atascados,
instalar conexiones eléctricas, construir una pequeña terracita
y asuntos similares.
En estos tiempos de remesas, promesas de paraísos socialistas donde
todo es gratis, leyes absurdas y licenciaturas de medio pelo, encontrar
a un albañil, un fontanero o carpintero buenos es como encontrar
una aguja en un pajar. Lo del salvadoreño trabajador se está
convirtiendo en un mito. Son pocos los que quieren ir a las cortas de
café, planchar ropa, cortar grama o reparar cosas. Seguramente
siguen existiendo buenos maestros de obra, carpinteros, fontaneros, sastres
o albañiles. Pero son especies en extinción.
Hasta hace poco los tipos que había logrado llevar a la casa para
este tipo de trabajo resultaron ser unos aficionados, algunos chambones
y otros una verdadera estafa.
Un día de estos, urgido por reparaciones varias, iba por la calle
que conduce a las colonias Buenavista y Monte Sión, en Santa Tecla,
vi un rótulo pegado en un árbol de acera que decía
albañilería, fontanería, electricidad, etc.,
debajo del árbol estaba un señor de mediana edad, de regular
estatura y más bien gordito con un barril donde tenía todo
tipo de herramientas.
Sin pensarlo mucho le llevé a la casa. El tipo resultó ser
un verdadero profesional. Mientras trabajaba arreglando una chapa, le
pregunté su nombre. Me dio una tarjeta donde había números
de teléfonos fijo y celular. Me llamo Rafael Antonio Perla,
me dijo. Le pregunté si era del oriente del país. Me dijo
que sí. La sorpresa fue mayúscula cuando me contó
que su madre, una humilde trabajadora de oficios domésticos, tuvo
amores clandestinos con un tal Ramón Perla y Perla. Él es
producto de esos amores.
El tal Ramón era un hermano de mi abuela, famoso por su gran cantidad
de amores, hijos e hijas. Una de ellas, la buena Toña, fue para
mí como una segunda madre. Rafael, criado en difíciles condiciones,
me cuenta, nunca le pidió pan al hambre ni cobija al frío.
Desprecia a aquellos que, pudiendo valerse por sí mismos, se abandonan
a pedir en las esquinas o culpan a otros por sus desgracias.
Rafael aprendió oficios desde pequeño. Los aprendió
bien. Cada centavo se lo gana a pulso. Es un hombre de bien. Satisfecho
consigo mismo. Está lejos de ser rico, pero vive con dignidad y
se le nota que duerme tranquilo. De este otro Perla, me siento orgulloso.
*Columnista de El Diario de Hoy.

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