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Susana Joma/M. Sánchez
El Diario de Hoy
nacional@elsalvador.com
Escasa cobertura en parvularia, docentes poco preparados sobre todo
en el área rural, escuelas con deficiente infraestructura
y padres que no le dan importancia a la enseñanza, entre otros
factores, marcan a muchos estudiantes desde los primeros años de
estudio.
Algunos desertan de las aulas, otros se estancan en el campo, un
porcentaje importante de jóvenes no pasa del tercer grado.
Los que siguen soportan el peso de un aprendizaje con muchas vicisitudes.
Esta situación tiene su reflejo en la repetición de grado
y, por consiguiente, en un fenómeno, más común de
lo que se creía, y que Educación define como sobreedad
en los últimos grados de básica.
Indicadores
El manual Situación actual de la Educación refleja las
carencias y los retos de la enseñanza. |
Parvularia
De cada diez niños entre cuatro y seis años
de edad, sólo cuatro van a clase en los centros públicos.
Ello conlleva un atraso durante el primer ciclo. |
Repiten
grado
Sólo en primer grado, de acuerdo al estudio base del Plan 2021,
el 14% de los alumnos reprueba en el área urbana. En el campo,
el fenómeno es del 17%. |
Ya
no siguen
La deserción escolar afecta a casi dos de cada diez alumnos
en el primer año de estudios en la zona rural. Son personas
que no saben leer ni escribir. |
El reciente estudio de esta cartera de Estado no deja lugar a dudas,
al tiempo que adelanta un reto mayúsculo para el Gobierno que última
los detalles de la nueva reforma educativa: el 32.5 por ciento de los
alumnos de noveno grado de los centros públicos tiene 17 o más
años.
Es decir llevan al menos dos años de retraso en los estudios, toda
vez que la edad ideal para el último grado de básica es
de 15.
En algunos municipios como San Antonio Los Ranchos, en Chalatenango, y
Santiago de la Frontera, en Santa Ana, ese porcentaje representa poco
más de mitad de los educandos.
Para Isaí Méndez, subdirector del Centro Escolar San Francisco
Candelaria, en San Pedro Perulapán, Cuscatlán, la sobreedad
es un problema típico de la zona rural, en parte, porque son obligados
a trabajar desde temprana edad.
Hay jóvenes en séptimo grado que tienen 19 años
y en quinto hay de 18, expresó Óscar Arias, del centro
educativo Pío Romero Bosques.
En general, los jóvenes están desmotivados, se sienten incómodos
y se les pone cuesta arriba seguir los estudios de bachillerato.
Bache inicia a partir de segundo
El Centro Escolar San Antonio Los Ranchos, asentado en un municipio de
calles ordenadas y poco transitadas, no es ajeno a encontrar niños
mayores en los primeros grados.
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| Interés. Estudio en recreo. Foto
EDH |
Para el director, Ricardo Martínez, el problema es notable desde
segundo.
En noveno grado tenemos de tres a cinco casos de sobreedad,
puntualizó el joven director mientras habla de los esfuerzos que
hacen por mejorar la condiciones del centro de enseñanza.
Según el estudio de Índice de Rezago Educativo, el 55.6
por ciento de los escolares de noveno grado en este municipio tiene 17
años o más.
Martínez externó que, en algunos casos, el retraso académico
es porque los padres los ponen tarde a estudiar.
Muchas familias no lleva a sus hijos a Parvularia y los inscriben en primer
grado. El niño llega con un desfase que afecta su aprendizaje y
es común que tiendan a repetir el grado, detalla el maestro.
Otro aspecto que resalta el director del municipio es que muchos de los
que caen en este bache, cuando ven la que la diferencia con respecto a
sus compañeros es marcada, se salen de la institución.
Esa historia también afecta a la única escuela del vecino
cantón de Guarjila, según explica el profesor Carlos Quintanilla,
quien imparte clases en el cuarto grado. Aquí es más
común entre tercer y sexto grado..., detalló.
Nunca es tarde para aprender
Apenas cabe en un viejo pupitre, diseñado para niños, y
sobre el que se sienta Salvador, un hombre que un buen día decidió
volver a estudiar. Y empezó en tercero, el mismo grado que dejó
hace tiempo.
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| Salvador Aguilar 28 años/ Agricultor.
Foto EDH |
Sus manos, maltratadas por el trabajo que lo alejó de las aulas
hace mucho tiempo, ahora no sujetan una cuma, sino un desgastado lápiz,
con el que dibuja el sentido del olfato en clase de Ciencias.
Se aleja de sus compañeritos, excepto para jugar. Salvador dice
que volvió a estudiar ya que antes la escuela más cercana
estaba a media hora de camino.
Tenía que trabajar y no podía ir, explicó,
mientras mantiene firme el trazo.
El entusiasmo con el que asiste a clase, sólo es comparable al
de los docentes que le enseñan y que están conscientes de
su sacrificio.

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