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Luis
Fernández Cuervo*
(Primera parte)
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com
Varios amigos dialogando. Yo escucho. Hoy el buen negocio dice
uno de ellos tiene que tener en cuenta que vivimos tiempos de egoísmo.
La vanguardia, escuchen, de un negocio próspero está en
que vayan aumentando los que quieren las cosas lo más ajustado
a su gusto y personalidad, con carácter de exclusividad. Eso
no sólo es egoísmo, sino también vanidad y estimular
la envidia de los demás añade otro.
Es que vamos mal interviene un tercero, se van borrando
los criterios de lo permitido y de lo no permitido
Ahora interrumpe
otro, dando un giro a la conversación: lo que nos debe preocupar
más es el mundo que les va a tocar vivir a nuestros hijos, hoy.
Es fácil la solución contesta otro con aire
triunfal. Enséñales a vivir como los salmones. Después
se queda callado, esperando el efecto que su frase ha producido en el
grupo. Pronto vinieron las peticiones de aclaración. Yo ya no seguí
escuchando. Ya sabía la respuesta.
También yo había utilizado esa misma metáfora para
aconsejar a más de un padre de familia preocupado por la educación
de sus hijos. Pero ahora me marché pensando en esa misma frase,
dándole un sentido de duda y de pregunta: ¿Tenemos que vivir
siempre así, como los salmones, nadando a contra corriente y remontando
el torrente impetuoso hacia lo más alto? Los salmones lo hacen
cuando van a desovar, cuando van a poner sus crías a resguardo
de enemigos. No lo hacen en el mar, ni en los remansos de los ríos
o en las tranquilas aguas de algún lago. Suben saltando, aguas
arriba, contra la impetuosa corriente de un torrente, para llegar a lo
más alto de ese difícil cauce. Pero ¿todos lo logran?...
Es cierto que hoy, si no queremos ser arrastrados por las fuertes corrientes
de masificación, de despersonalización, ahogados en agua
de vaciedad, de corrupción o de simple estupidez, hay que vivir
con fuerza a contracorriente y aspirando a ser cada día mejores.
Y en ese mismo estilo asalmonado hay que educar a la juventud,
dotarla de una fuerte personalidad, de una voluntad y autodisciplina robustas,
si quiere aspirar a la felicidad y a la excelencia, a lo más alto.
¿Pero es justo que tenga que ser así? ¿Cómo
está siendo el resultado? ¿Cuántos no son capaces
de ese fuerzo y son arrastrados por la corriente?
Se tiene miedo a censurar, por amor a la libertad, y casi siempre en este
debate el criterio se inclina por lo permisivo, por no corregir; que cada
cual haga su autocensura. Sí, claro; todo depende de cada uno.
Si un enorme anuncio en la calle ofende tu sentido moral; no lo mires.
Si es en la televisión, cambia de canal o apaga el televisor. Si
no estás de acuerdo con la película, no entres al cine,
donde la están dando. Si la música o el ruido del vecindario,
no te deja dormir, ponte tapones en los oídos o toma un buen somnífero
¿Somos tan liberales cuando plantamos un jardín o adquirimos
una mascota? El buen jardinero sabe que si deja crecer liberalmente todo
lo que brota, al final no tendrá un jardín, sino monte,
malezas o incluso selva. El que compra un cachorro, lo lleva al veterinario
para que censure en el chucho las otras vidas (parásitos,
bacterias, virus, etc.) que quieren vivir dentro de él. Y es que
siempre, si se permite algo, es a costa de prohibir lo contrario. Si se
dan facilidades para el vicio, se está prohibiendo la virtud.
Estoy de acuerdo con que lo mejor es vivir en sociedades abiertas, vivir
en libertad, sabiendo que la garantía de una amplia libertad, el
precio que hay que pagar por ello, es saber que algunos, unos pocos, abusarán
y harán un mal uso de ella en perjuicio de los demás y de
ellos mismos.
Pero ¿dónde se pone el límite a lo permitido, a los
abusos? Con un criterio de relativismo sobre lo que es verdad y sobre
lo que es bueno que es el criterio predominante mal vamos.
Un premio Nobel de Literatura tan liberal como lo fue el mexicano Octavio
Paz bien señaló que: ningún relativismo puede
ser universal sin dejar de ser relativismo.¡Es contradictorio! Me
doy cuenta de que el relativismo aparte de su intrínseca
debilidad filosófica es una forma atenuada y en cierto modo
hipócrita del nihilismo. Es un nihilismo que no se atreve a decir
que lo es. También un libertario declarado como Humberto
Eco señala que: Hay que fijar los límites de lo que
es intolerable, de lo que no se puede permitir.
Cuando una cultura es floreciente, las leyes y las costumbres tienen criterios
claros, aceptados por la mayoría, de lo que se debe favorecer,
de lo que simplemente se tolera y de lo que no se permite. Entonces el
vicio y la corrupción son los que tienen que nadar como salmones,
a contra corriente; esconderse o refugiarse en la hipocresía. Se
toleran sabiamente los males que, de prohibirse, su efecto sería
peor que el tolerarlos.
Ahora, para muchas cosas ¿no es al revés? Se tolera lo bueno,
haciéndolo difícil, ridiculizándolo, y viendo cómo
se le puede socavar sesgada y sibilinamente, sin llamar la atención.
En cambio se difunde y se le dan facilidades, incluso económicas,
a lo que cualquiera con sentido común y con la experiencia del
pasado puede dictaminar con seguridad, que es nocivo para la convivencia
y para la salud moral de toda una sociedad.
Yo remito el problema a un pasado inmediato: la primera mitad del Siglo
XX. ¿Hemos progresado en salud mental y social desde entonces?
¿Qué es lo que ha ganado más libertad? ¿La
felicidad, el amor al prójimo, el arte, la belleza? ¿O las
drogas, las maras, la criminalidad, las enfermedades venéreas,
el divorcio, la destrucción familiar, las depresiones y los suicidios
en gente joven?
*Dr. en Medicina y columnista de El Diario de
Hoy. lfcuervo@telemovil.net

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