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Sobre tolerancia
¿Vivir como salmones?

Cuando una cultura es floreciente, las leyes y las costumbres tienen criterios claros, aceptados por la mayoría, de lo que se debe favorecer, de lo que simplemente se tolera y de lo que no se permite

Publicada 14 de marzo 2005, El Diario de Hoy



Luis Fernández Cuervo*
(Primera parte)
El Diario de Hoy

editorial@elsalvador.com

Varios amigos dialogando. Yo escucho. —Hoy el buen negocio —dice uno de ellos— tiene que tener en cuenta que vivimos tiempos de egoísmo. La vanguardia, escuchen, de un negocio próspero está en que vayan aumentando los que quieren las cosas lo más ajustado a su gusto y personalidad, con carácter de exclusividad. —Eso no sólo es egoísmo, sino también vanidad y estimular la envidia de los demás —añade otro.

—Es que vamos mal —interviene un tercero–, se van borrando los criterios de lo permitido y de lo no permitido… Ahora interrumpe otro, dando un giro a la conversación: —lo que nos debe preocupar más es el mundo que les va a tocar vivir a nuestros hijos, hoy. —Es fácil la solución —contesta otro con aire triunfal—. Enséñales a vivir como los salmones. Después se queda callado, esperando el efecto que su frase ha producido en el grupo. Pronto vinieron las peticiones de aclaración. Yo ya no seguí escuchando. Ya sabía la respuesta.

También yo había utilizado esa misma metáfora para aconsejar a más de un padre de familia preocupado por la educación de sus hijos. Pero ahora me marché pensando en esa misma frase, dándole un sentido de duda y de pregunta: ¿Tenemos que vivir siempre así, como los salmones, nadando a contra corriente y remontando el torrente impetuoso hacia lo más alto? Los salmones lo hacen cuando van a desovar, cuando van a poner sus crías a resguardo de enemigos. No lo hacen en el mar, ni en los remansos de los ríos o en las tranquilas aguas de algún lago. Suben saltando, aguas arriba, contra la impetuosa corriente de un torrente, para llegar a lo más alto de ese difícil cauce. Pero ¿todos lo logran?...

Es cierto que hoy, si no queremos ser arrastrados por las fuertes corrientes de masificación, de despersonalización, ahogados en agua de vaciedad, de corrupción o de simple estupidez, hay que vivir con fuerza a contracorriente y aspirando a ser cada día mejores.

Y en ese mismo estilo “asalmonado” hay que educar a la juventud, dotarla de una fuerte personalidad, de una voluntad y autodisciplina robustas, si quiere aspirar a la felicidad y a la excelencia, a lo más alto. ¿Pero es justo que tenga que ser así? ¿Cómo está siendo el resultado? ¿Cuántos no son capaces de ese fuerzo y son arrastrados por la corriente?

Se tiene miedo a censurar, por amor a la libertad, y casi siempre en este debate el criterio se inclina por lo permisivo, por no corregir; que cada cual haga su autocensura. Sí, claro; todo depende de cada uno. Si un enorme anuncio en la calle ofende tu sentido moral; no lo mires.

Si es en la televisión, cambia de canal o apaga el televisor. Si no estás de acuerdo con la película, no entres al cine, donde la están dando. Si la música o el ruido del vecindario, no te deja dormir, ponte tapones en los oídos o toma un buen somnífero… ¿Somos tan liberales cuando plantamos un jardín o adquirimos una mascota? El buen jardinero sabe que si deja crecer liberalmente todo lo que brota, al final no tendrá un jardín, sino monte, malezas o incluso selva. El que compra un cachorro, lo lleva al veterinario para que “censure” en el chucho las otras vidas (parásitos, bacterias, virus, etc.) que quieren vivir dentro de él. Y es que siempre, si se permite algo, es a costa de prohibir lo contrario. Si se dan facilidades para el vicio, se está prohibiendo la virtud.

Estoy de acuerdo con que lo mejor es vivir en sociedades abiertas, vivir en libertad, sabiendo que la garantía de una amplia libertad, el precio que hay que pagar por ello, es saber que algunos, unos pocos, abusarán y harán un mal uso de ella en perjuicio de los demás y de ellos mismos.

Pero ¿dónde se pone el límite a lo permitido, a los abusos? Con un criterio de relativismo sobre lo que es verdad y sobre lo que es bueno —que es el criterio predominante— mal vamos. Un premio Nobel de Literatura tan liberal como lo fue el mexicano Octavio Paz bien señaló que: “ningún relativismo puede ser universal sin dejar de ser relativismo.¡Es contradictorio! Me doy cuenta de que el relativismo —aparte de su intrínseca debilidad filosófica— es una forma atenuada y en cierto modo hipócrita del nihilismo. Es un nihilismo que no se atreve a decir que lo es”. También un libertario declarado como Humberto Eco señala que: “Hay que fijar los límites de lo que es intolerable, de lo que no se puede permitir”.

Cuando una cultura es floreciente, las leyes y las costumbres tienen criterios claros, aceptados por la mayoría, de lo que se debe favorecer, de lo que simplemente se tolera y de lo que no se permite. Entonces el vicio y la corrupción son los que tienen que nadar como salmones, a contra corriente; esconderse o refugiarse en la hipocresía. Se toleran sabiamente los males que, de prohibirse, su efecto sería peor que el tolerarlos.

Ahora, para muchas cosas ¿no es al revés? Se tolera lo bueno, haciéndolo difícil, ridiculizándolo, y viendo cómo se le puede socavar sesgada y sibilinamente, sin llamar la atención. En cambio se difunde y se le dan facilidades, incluso económicas, a lo que cualquiera con sentido común y con la experiencia del pasado puede dictaminar con seguridad, que es nocivo para la convivencia y para la salud moral de toda una sociedad.

Yo remito el problema a un pasado inmediato: la primera mitad del Siglo XX. ¿Hemos progresado en salud mental y social desde entonces? ¿Qué es lo que ha ganado más libertad? ¿La felicidad, el amor al prójimo, el arte, la belleza? ¿O las drogas, las maras, la criminalidad, las enfermedades venéreas, el divorcio, la destrucción familiar, las depresiones y los suicidios en gente joven?

*Dr. en Medicina y columnista de El Diario de Hoy. lfcuervo@telemovil.net

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