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Una mirada de fe
Celebremos el Día del Señor

Celebrar el día del Señor no es sólo un deber, es un privilegio; una alegre obligación para poder corresponder al amor de Dios. No busquemos motivos para sentirnos dispensados de asistir a la misa

Publicada 13 de marzo 2005, El Diario de Hoy



Óscar Rodríguez Blanco s. d.b.*
El Diario de Hoy

editorial@elsalvador.com

Se acerca la Semana Santa y, con ella, la celebración de los grandes misterios de nuestra Redención cristiana. La solemnidad y el esplendor de las ceremonias de los días santos, matizados por bellas tradiciones y costumbres populares, apuntan a la celebración más importante de nuestra fe: La Resurrección de Cristo. Las convicciones más profundas del cristiano tienen como eje central este acontecimiento de fe que celebramos cada año el día de Pascua y, como celebración semanal, cada domingo.

Por una tradición, que se remonta al tiempo de los apóstoles, los cristianos celebramos el domingo como “Día del Señor”. La Resurrección de Cristo tiene lugar precisamente el “primer día de la semana”, es decir, el domingo, en el que la comunidad cristiana se reúne para encontrarse con Cristo resucitado, escuchar su palabra y participar de su eucaristía.

En la Antigua Alianza, el sábado era día de descanso, y el pueblo judío lo observaba escrupulosamente según el mandato de Moisés: “El día sétimo será día de descanso” (Ex.31, 15). El descansar y consagrar este día al Señor tenía varios sentidos para el antiguo pueblo de Dios: Como memoria de la creación, pues Dios había dado por terminada su obra el sétimo día; como un memorial de la liberación de la esclavitud de Egipto, según leemos en el libro del Deuteronomio, “acuérdate de que fuiste esclavo…y que Yahvé, tu Dios, te sacó de allí con mano fuerte y tenso brazo, por eso te ha mandado guardar el día sábado”(Dt.5,15); como signo de la Alianza, “guarden mis sábados, porque el sábado es la señal convenida entre ustedes y yo” (Ex.31,12); como descanso, teniendo la acción de Dios como modelo de la acción humana, pues si Dios descansó el día sétimo, también el ser humano debe descansar para recobrar aliento.

Si el antiguo pueblo de Dios guardaba y celebraba celosamente el “Día del Señor” en sábado por motivos tan nobles y justos, nosotros lo hacemos en domingo para celebrar la Pascua semanal, ya que en un día como éste, el Padre Dios glorificó a su Hijo Jesucristo haciéndolo resucitar de entre los muertos, dando inicio a una nueva creación, a un nuevo pueblo, a una nueva alianza y a una nueva ley.

Nos encontramos en el Año de la Eucaristía, que se inició en octubre de 2004 y finalizará en octubre de 2005, con la Asamblea Ordinaria del Sínodo de los Obispos en el Vaticano. El deseo de Juan Pablo II es que en este año se haga un especial esfuerzo por redescubrir y vivir plenamente el domingo como “día del Señor y día de la iglesia”, pues es en la misa dominical en donde los cristianos reviven de manera particularmente intensa la experiencia que tuvieron los apóstoles la tarde de la Pascua, cuando el resucitado se les manifestó estando unidos (Jn 20,19).

Juan Pablo II, hablando a un grupo de trabajadores en 1987, les decía que para los cristianos el domingo es el día festivo por excelencia: “en él nos reunimos en la celebración litúrgica para escuchar la palabra de Dios y participar en la eucaristía. El domingo tiene, por consiguiente, un alto valor cultural y religioso. Es importante para la comunidad cristiana, pero también lo es para el conjunto de la sociedad. Por ello es preciso proteger en el futuro el domingo. No debe ser sustituido por ningún día de la semana” (Bropttop, Alemania, 2-5-87).

Estamos acostumbrados a ir a nuestras comunidades parroquiales los días domingos, es la mejor ocasión para que las familias y las comunidades cristianas se renueven, tengan un encuentro más profundo con Dios, compartan sus alegrías y tristezas, y, sobre todo, para que participen juntos en la celebración eucarística en honor del Señor. El domingo, como día de fiesta y de descanso, nos da la posibilidad de escuchar la Palabra de Dios y responder a la convocación que Él nos hace para participar a la mesa de su eucaristía, que nos da la fuerza necesaria para mantener viva nuestra fe.

La vitalidad apostólica de la Iglesia y de cada uno de sus miembros depende en gran medida de la vivencia que se tenga del misterio eucarístico. Estamos sometidos al duro trajín de cada día, no exento de dificultades y problemas que humanamente no podemos resolver, y es cuando tenemos que exclamar con el apóstol San Pablo: “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de Vida Eterna”. (Jn, 6,68).

Celebrar el día del Señor no es sólo un deber, es un privilegio; una alegre obligación para poder corresponder al amor de Dios. No busquemos motivos para sentirnos dispensados de asistir a la misa, pues la eucaristía es la fuente del manantial vivo de Dios.

*Párroco de la iglesia de María Auxiliadora (Don Rúa).
e-mail: osrobla@hotmail.com

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