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Carlos Mayor Re
El Diario de Hoy
carlos@mayora.org
La escena es cada vez más frecuente: un adolescente o una adolescente
frente a una computadora. Si es en un cyber café, con los audífonos
puestos; si está en su casa, oyendo música a todo volumen.
Mientras, trabaja investigando en la Internet sobre una tarea del colegio;
al mismo tiempo y eso pocos adultos lo saben, puede estar
conversando por medio del Messenger con varios amigos y amigas, consulta
lugares de la Internet relacionados con sus hobbies, come alguna chuchería
y, si aparece por allí, juega con el perrito de la casa. Lo más
curioso es que todas esas actividades, tan dispares y simultáneas,
solicitan la concentración del joven, pero no deja ninguna sin
atender.
Has exagerado un poco, me decía un amigo cuando le
pintaba yo el cuadro anterior. Y sí, hay algo de exageración,
pero menos de lo que el lector piensa: nuestros jóvenes, a fuerza
de videoclips, juegos electrónicos, tecnología digital y,
principalmente, computadoras, han desarrollado una capacidad de pluriatención
que a los de otra generación nos puede parecer imposible.
Imaginemos un aula de octavo grado (adolescentes de 13 y 14 años),
escuchando a un profesor que se enfrenta a ellos armado de yeso y pizarra,
y pretendiendo captar la atención de un conjunto de estudiantes
cuya capacidad de comprensión va a la velocidad de un jet, mientras
su explicación va en bicicleta
Si sería irresponsable
por parte del maestro pretender enseñar a su estilo
(el de toda la vida, con el que él aprendió, el que
siempre ha funcionado
), más trágica parece la
ingenuidad de no darse cuenta de que los jóvenes han cambiado.
¿El éxito de un maestro? Adaptarse a los tiempos. Convertirse
él también en un maestro multimedia. ¿El
éxito de unos padres responsables y preocupados por la educación
de sus hijos? Darse cuenta de que la manera de dialogar, de comunicarse,
debe evolucionar y adaptarse a las condiciones de los hijos, no a las
suyas.
La tecnología ha cambiado nuestras vidas mucho más profundamente
de lo que nos imaginamos: cuando sólo se tiene una visión
utilitarista, que deja al margen cualquier concepción pedagógica
y planteamiento cognoscitivo, es fácil pensar que las computadoras
sólo son instrumentos; en realidad son mucho más, son una
ventana por la que vemos la realidad.
Veamos un ejemplo: cuando un niño está aprendiendo a leer
y a escribir aprende conceptos, aprende a interpretar lo que los símbolos
que ve (letras, sílabas y palabras) significan; a ningún
educador se le ocurre enseñar sólo el uso correcto del lápiz
y darse por satisfecho con que los estudiantes sean capaces de emborronar
páginas y páginas sin saber lo que están realmente
escribiendo.
Enfrentarse a la computación con una mentalidad meramente utilitarista
sería como enseñar a leer y a escribir correctamente a los
niños en un idioma que no es el suyo. Transmitir símbolos
que para el que aprende no representan nada con sentido.
Además, si lo que interesa enseñar a los alumnos es sólo
el uso de la tecnología como herramienta, al final siempre se estará
desactualizado. Enseñar procedimientos en lugar de criterios y
principios sería el peor modo de afrontar a los alumnos con la
tecnología informática, pues les estaríamos dando
una moneda falsa, convenciéndoles de que saber computación
es saber manejar paquetes o dominar procedimientos. Como si saber matemáticas
fuera sólo ser capaces de utilizar las cuatro operaciones básicas,
pero no de resolver problemas.
La tecnología ha cambiado el mundo de raíz, porque nos ha
cambiado a nosotros desde dentro. Ha destrozado las distancias, el modo
en que percibimos el tiempo, la manera de relacionarnos con los demás;
ha iluminado ciertos valores (eficacia y eficiencia, utilidad, actualización
profesional) y ha opacado otros (paciencia, respeto al que sabe, amor
por la sabiduría).
A fin de cuentas, no es posible calificarla de buena o mala, sino de útil.
Lo importante, entonces, al analizar nuestro modo de aprender, nuestro
modo de educar, nuestro modo de hacernos y hacer a los demás mejores
personas, es no caer en la tentación del utilitarismo, que vende
por la eficacia valores tan profundos como nuestra manera de convivir.
Es necesario, y muy necesario, que en todas las instituciones educativas
del país nuestros jóvenes y niños puedan contar con
acceso a la tecnología; pero no todo está resuelto con la
conectividad, hará falta siempre la reflexión de los maestros
y de los padres para afrontar un mundo que cambia a velocidades inimaginables,
pero en el que siempre permanece el valor de la persona.
*Ing. Industrial, Dr.
en Filosofía y columnista de El Diario de Hoy.

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