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Punto de vista
Niños multimedia

Enfrentarse a la computación con una mentalidad meramente utilitarista sería como enseñar a leer y a escribir correctamente a los niños en un idioma que no es el suyo.

Publicada 12 de marzo 2005, El Diario de Hoy


Carlos Mayor Re
El Diario de Hoy

carlos@mayora.org

La escena es cada vez más frecuente: un adolescente o una adolescente frente a una computadora. Si es en un cyber café, con los audífonos puestos; si está en su casa, oyendo música a todo volumen. Mientras, trabaja investigando en la Internet sobre una tarea del colegio; al mismo tiempo —y eso pocos adultos lo saben—, puede estar conversando por medio del Messenger con varios amigos y amigas, consulta lugares de la Internet relacionados con sus hobbies, come alguna chuchería y, si aparece por allí, juega con el perrito de la casa. Lo más curioso es que todas esas actividades, tan dispares y simultáneas, solicitan la concentración del joven, pero no deja ninguna sin atender.

“Has exagerado un poco”, me decía un amigo cuando le pintaba yo el cuadro anterior. Y sí, hay algo de exageración, pero menos de lo que el lector piensa: nuestros jóvenes, a fuerza de videoclips, juegos electrónicos, tecnología digital y, principalmente, computadoras, han desarrollado una capacidad de pluriatención que a los de otra generación nos puede parecer imposible.

Imaginemos un aula de octavo grado (adolescentes de 13 y 14 años), escuchando a un profesor que se enfrenta a ellos armado de yeso y pizarra, y pretendiendo captar la atención de un conjunto de estudiantes cuya capacidad de comprensión va a la velocidad de un jet, mientras su explicación va en bicicleta… Si sería irresponsable por parte del maestro pretender enseñar a “su” estilo (“el de toda la vida, con el que él aprendió, el que siempre ha funcionado”…), más trágica parece la ingenuidad de no darse cuenta de que los jóvenes han cambiado.

¿El éxito de un maestro? Adaptarse a los tiempos. Convertirse él también en un “maestro multimedia”. ¿El éxito de unos padres responsables y preocupados por la educación de sus hijos? Darse cuenta de que la manera de dialogar, de comunicarse, debe evolucionar y adaptarse a las condiciones de los hijos, no a las suyas.

La tecnología ha cambiado nuestras vidas mucho más profundamente de lo que nos imaginamos: cuando sólo se tiene una visión utilitarista, que deja al margen cualquier concepción pedagógica y planteamiento cognoscitivo, es fácil pensar que las computadoras sólo son instrumentos; en realidad son mucho más, son una ventana por la que vemos la realidad.

Veamos un ejemplo: cuando un niño está aprendiendo a leer y a escribir aprende conceptos, aprende a interpretar lo que los símbolos que ve (letras, sílabas y palabras) significan; a ningún educador se le ocurre enseñar sólo el uso correcto del lápiz y darse por satisfecho con que los estudiantes sean capaces de emborronar páginas y páginas sin saber lo que están realmente escribiendo.

Enfrentarse a la computación con una mentalidad meramente utilitarista sería como enseñar a leer y a escribir correctamente a los niños en un idioma que no es el suyo. Transmitir símbolos que para el que aprende no representan nada con sentido.

Además, si lo que interesa enseñar a los alumnos es sólo el uso de la tecnología como herramienta, al final siempre se estará desactualizado. Enseñar procedimientos en lugar de criterios y principios sería el peor modo de afrontar a los alumnos con la tecnología informática, pues les estaríamos dando una moneda falsa, convenciéndoles de que saber computación es saber manejar paquetes o dominar procedimientos. Como si saber matemáticas fuera sólo ser capaces de utilizar las cuatro operaciones básicas, pero no de resolver problemas.

La tecnología ha cambiado el mundo de raíz, porque nos ha cambiado a nosotros desde dentro. Ha destrozado las distancias, el modo en que percibimos el tiempo, la manera de relacionarnos con los demás; ha iluminado ciertos valores (eficacia y eficiencia, utilidad, actualización profesional) y ha opacado otros (paciencia, respeto al que sabe, amor por la sabiduría).

A fin de cuentas, no es posible calificarla de buena o mala, sino de útil. Lo importante, entonces, al analizar nuestro modo de aprender, nuestro modo de educar, nuestro modo de hacernos y hacer a los demás mejores personas, es no caer en la tentación del utilitarismo, que vende por la eficacia valores tan profundos como nuestra manera de convivir.

Es necesario, y muy necesario, que en todas las instituciones educativas del país nuestros jóvenes y niños puedan contar con acceso a la tecnología; pero no todo está resuelto con la conectividad, hará falta siempre la reflexión de los maestros y de los padres para afrontar un mundo que cambia a velocidades inimaginables, pero en el que siempre permanece el valor de la persona.

*Ing. Industrial, Dr. en Filosofía y columnista de El Diario de Hoy.

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