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Marvin Galeas
El Diario de Hoy
marvingaleas@ cinco.com.sv
Noche de insomnio. Tengo al lado un ejemplar de Don Quijote
con una bellísima ilustración en la portada, y el control
de la televisión. Desde hace meses ando con las ganas de volver
a leer las aventuras del ingenioso Hidalgo, que tanto nos hizo soñar
a mi hermano y a mí en los años de la adolescencia.
Pero siempre aparece algo nuevo de leer: el último libro de Bob
Woodward sobre Bush, El mundo de Sofía (agradable forma de contar
la historia de la filosofía) o hasta el execrable Código
Da Vinci. Algo definitivamente conspira contra el manchego caballero.
Además esa noche no quería leer. Así que tomé
el control de la tele y me puse a saltar de canal en canal: un partido
de la liga europea que ya había visto, Larry King entrevista a
alguien sobre el caso de Michael Jackson, una película con Mel
Gibson, que también ya había visto. Por enésima vez
Animal Planet cuenta cómo se reproducen las marmotas.
De pronto, cuando el aburrimiento parecía haber ganado la partida,
me topo con la incisiva voz de Paty Chapoy, conductora del programa Ventaneando,
quien junto a su séquito comentaba entusiasmada las últimas
andanzas de Niurka, una, más bien gordita, bailarina de quinta
categoría elevada a la categoría de diva, no tanto por sus
destrezas artísticas, sino más bien por los constantes escándalos
en los que vive metida.
Pero además de la Chapoy, hay otros dos programas más, a
la misma hora, en los que están hablando de lo mismo: que Niurka
dejó al marido anterior y se casó rapidito con otro tipo
cuyo único oficio en este mundo es ser precisamente el marido de
la diva de pacotilla. Aparece la deslenguada muchacha contando intimidades
con su ex (que no servía para los consabidos menesteres de pareja)
y luego el ex aclarando las cosas en defensa de su vilipendiada virilidad.
Los acompañantes de la Chapoy hablan con tal pasión y cara
de análisis que pareciera que están abordando la problemática
económica mundial debido al alza desmesurada de los precios del
crudo. Mientras la pantalla ofrece fotos de la bailarina semidesnuda,
los conductores del programa le desnudan la vida privada mostrando miserias
y virtudes (lo de virtudes es de lo más piadoso de mi parte).
En otro canal está Laura exhibiendo el drama urbano
del desgarrador mundo del champerío: los incestos, las traiciones,
los engaños, los celos, la violencia, como si todo esto fuera patrimonio
de los pobres. Pero también el mundo del Jet Set y de la nobleza
está lleno de bajas pasiones, lo único que de éstas
se ocupan los tabloides ingleses y las revistas del corazón de
España y Estados Unidos.
Otro canal: aburridos concursos copiado de otro aburrido concurso que
a su vez copió a otro. Ya nadie sabe cuál es la copia y
cuál el original. Me cuenta mi hija mayor que lo de Niurka lleva
semanas, incluso meses, alternando con los amoríos con adolescentes
de Irma Serrano, una matrona de casi mil años. La telebasura llegó
para quedarse y la protesta es generalizada. ¿Es que acaso se quedaron
sin sesos los productores de televisión? ¿Se trata acaso
de una vasta conspiración mundial de los poderosos
para alienar a los pueblos, como dirían Dorfman y Mattelart?
Lo que pasa es que una gran cantidad de gente de todo tipo disfruta de
la teleporquería. Existe la demanda, existe la oferta. A mí
me encanta la televisión. Desde siempre ha sido uno de mis tiempos
favoritos. No voy a decir, como muchos fanfarrones, que lo único
que veo es el canal de Historia o el Discovery. Me encantan las series
al estilo de Los expedientes secretos o Los Soprano.
No critico los géneros, sino la mediocridad de los contenidos y
la pasión de los productores por la manipulación del morbo.
Coincido con la mayoría de críticos de la telebasura. Me
aflige que mis hijas estén a un botón de ver cualquier cosa
a cualquier hora. Pero no estoy de acuerdo con los que claman, en otros
países, por formar comités gubernamentales de regulación
o censura. Al final somos los padres de familia los responsables de lo
que nuestros hijos ven, leen o hacen. El peligro con la censura es que
los criterios de lo que se prohíbe o se permite pueden moverse
de acuerdo con propios intereses. Además de qué nos sirve
la libertad, si no tenemos el derecho a elegir, en este caso entre uno
y otro programa y, en definitiva, hasta de apagar el aparato.
Esa noche de insomnio me sorprendí a mí mismo (¡ah
corazón humano!) interesado por los deslices de la tal Niurka.
A la noche siguiente tomé sin pensarlo El Quijote y leí
una entrañable frase: Además estaba mohino y melancólico
el mal ferido don Quijote, vendado el rostro y señalado, no por
la mano de Dios, sino por las uñas de un gato, desdichas añejas
a la andante caballería. Leyendo, sentí como un frescor
en el alma.
*Columnista de El Diario de Hoy.

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