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Entre El Quijote y Niurka desnuda

Al final somos los padres de familia los responsables de lo que nuestros hijos ven, leen o hacen. El peligro con la censura es que los criterios de lo que se prohíbe o se permite pueden moverse de acuerdo con propios intereses.

Publicada 10 de marzo 2005, El Diario de Hoy

Marvin Galeas
El Diario de Hoy

marvingaleas@ cinco.com.sv

Noche de insomnio. Tengo al lado un ejemplar de “Don Quijote” con una bellísima ilustración en la portada, y el control de la televisión. Desde hace meses ando con las ganas de volver a leer las aventuras del ingenioso Hidalgo, que tanto nos hizo soñar a mi hermano y a mí en los años de la adolescencia.

Pero siempre aparece algo nuevo de leer: el último libro de Bob Woodward sobre Bush, El mundo de Sofía (agradable forma de contar la historia de la filosofía) o hasta el execrable Código Da Vinci. Algo definitivamente conspira contra el manchego caballero. Además esa noche no quería leer. Así que tomé el control de la tele y me puse a saltar de canal en canal: un partido de la liga europea que ya había visto, Larry King entrevista a alguien sobre el caso de Michael Jackson, una película con Mel Gibson, que también ya había visto. Por enésima vez Animal Planet cuenta cómo se reproducen las marmotas.

De pronto, cuando el aburrimiento parecía haber ganado la partida, me topo con la incisiva voz de Paty Chapoy, conductora del programa Ventaneando, quien junto a su séquito comentaba entusiasmada las últimas andanzas de Niurka, una, más bien gordita, bailarina de quinta categoría elevada a la categoría de diva, no tanto por sus destrezas artísticas, sino más bien por los constantes escándalos en los que vive metida.

Pero además de la Chapoy, hay otros dos programas más, a la misma hora, en los que están hablando de lo mismo: que Niurka dejó al marido anterior y se casó rapidito con otro tipo cuyo único oficio en este mundo es ser precisamente el marido de la diva de pacotilla. Aparece la deslenguada muchacha contando intimidades con su ex (que no servía para los consabidos menesteres de pareja) y luego el ex aclarando las cosas en defensa de su vilipendiada virilidad.

Los acompañantes de la Chapoy hablan con tal pasión y cara de análisis que pareciera que están abordando la problemática económica mundial debido al alza desmesurada de los precios del crudo. Mientras la pantalla ofrece fotos de la bailarina semidesnuda, los conductores del programa le desnudan la vida privada mostrando miserias y virtudes (lo de virtudes es de lo más piadoso de mi parte).

En otro canal está “Laura” exhibiendo el drama urbano del desgarrador mundo del champerío: los incestos, las traiciones, los engaños, los celos, la violencia, como si todo esto fuera patrimonio de los pobres. Pero también el mundo del Jet Set y de la nobleza está lleno de bajas pasiones, lo único que de éstas se ocupan los tabloides ingleses y las revistas del corazón de España y Estados Unidos.

Otro canal: aburridos concursos copiado de otro aburrido concurso que a su vez copió a otro. Ya nadie sabe cuál es la copia y cuál el original. Me cuenta mi hija mayor que lo de Niurka lleva semanas, incluso meses, alternando con los amoríos con adolescentes de Irma Serrano, una matrona de casi mil años. La telebasura llegó para quedarse y la protesta es generalizada. ¿Es que acaso se quedaron sin sesos los productores de televisión? ¿Se trata acaso de una vasta conspiración mundial de “los poderosos” para alienar a los pueblos, como dirían Dorfman y Mattelart?

Lo que pasa es que una gran cantidad de gente de todo tipo disfruta de la teleporquería. Existe la demanda, existe la oferta. A mí me encanta la televisión. Desde siempre ha sido uno de mis tiempos favoritos. No voy a decir, como muchos fanfarrones, que lo único que veo es el canal de Historia o el Discovery. Me encantan las series al estilo de “Los expedientes secretos” o “Los Soprano”. No critico los géneros, sino la mediocridad de los contenidos y la pasión de los productores por la manipulación del morbo.

Coincido con la mayoría de críticos de la telebasura. Me aflige que mis hijas estén a un botón de ver cualquier cosa a cualquier hora. Pero no estoy de acuerdo con los que claman, en otros países, por formar comités gubernamentales de regulación o censura. Al final somos los padres de familia los responsables de lo que nuestros hijos ven, leen o hacen. El peligro con la censura es que los criterios de lo que se prohíbe o se permite pueden moverse de acuerdo con propios intereses. Además de qué nos sirve la libertad, si no tenemos el derecho a elegir, en este caso entre uno y otro programa y, en definitiva, hasta de apagar el aparato.

Esa noche de insomnio me sorprendí a mí mismo (¡ah corazón humano!) interesado por los deslices de la tal Niurka. A la noche siguiente tomé sin pensarlo El Quijote y leí una entrañable frase: “Además estaba mohino y melancólico el mal ferido don Quijote, vendado el rostro y señalado, no por la mano de Dios, sino por las uñas de un gato, desdichas añejas a la andante caballería”. Leyendo, sentí como un frescor en el alma.
*Columnista de El Diario de Hoy.

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