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El Diario de Hoy
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En toda América, como en otras regiones del mundo, la izquierda
está en una crisis existencial, al no lograr definir su papel,
fijar rumbos, renovar principios y ganar la confianza de los conglomerados.
Las plataformas que la izquierda ha sustentado desde hace más de
siglo y medio están profundamente cuestionadas o han sido descartadas
en gran parte, aunque siempre quedan los irreductibles para quienes el
Siglo XXI debe perpetuarse en los moldes y la idiosincrasia del XIX.
Hasta la Década de los Cincuenta, la izquierda y su variante comunista
ejerció una irresistible atracción sobre estudiantes, obreros,
intelectuales y niños bien. En su desbordado entusiasmo, muy pocos
se preguntaron si tanta maravilla podía ser realidad, ni menos
sobre lo que podía estar sucediendo dentro de las naciones que
oficialmente se proclamaban repúblicas populares.
La primera, enorme y espantosa grieta en la ilusión, se presentó
de golpe con la revuelta húngara de 1956. Un mundo atónito
contempló cómo estudiantes, obreros, intelectuales y ciudadanos
comunes, se rebelaban y denunciaban el horror del Estado comunista. Los
mismos grupos sociales que en la bella teoría eran los principales
beneficiados del comunismo, arrancaron los emblemas marxistas de sus banderas,
se tomaron ciudades enteras y el aparato de propaganda del régimen,
y se enfrentaron a los tanques soviéticos. Lo que pareció
ser una sociedad idílica, fue expuesto como un experimento monstruoso
de regimentación humana.
De entonces data la conversión a la democracia de numerosos escritores,
artistas e intelectuales que fueron denunciando al dios que fracasó.
Fracasó en mejorar la condición humana, en alimentar y cuidar
a las masas, en erradicar la injusticia, en abrir puertas al futuro. Poco
antes del levantamiento húngaro, aplastado a sangre y fuego por
las tropas rusas (muchas de las cuales se pasaron al lado de los rebeldes),
se dio el estremecedor discurso de Nikita Kruschev en una sesión
secreta del Vigésimo Congreso del Partido Comunista de la Unión
Soviética, en el que expuso la realidad cruda del infierno estaliniano.
Kruschev condenó a Stalin por no haber causado más que miseria
y brutalidad al pueblo ruso.
El fracaso les obliga a reinventarse
Kruschev no pudo, pese al lanzamiento de un nuevo plan agrario, solucionar
las enormes carestías de alimentos en la Unión Soviética,
mitigadas en parte gracias al cultivo libre que hacían los súbditos
del régimen en pequeñas parcelas. Y es también por
lo que se siembra en lotes minúsculos y macetas, que los cubanos
de hoy complementan en un treinta y cinco por ciento las miserables raciones
que reciben del régimen castrista.
Al quedar expuesto ante el mundo el estrepitoso fracaso de los esquemas
colectivistas, los partidos de izquierda se han visto forzados a revisar
la doctrina e inclusive a acomodarse con la economía de mercado,
la que es presentada por algunos movimientos, como un socialismo
de mercado. En mayor o menor medida, esa transición la han
hecho los laboristas británicos, los comunistas chinos, los socialistas
españoles y la social democracia alemana. Los del PSOE español
entregan la política exterior al ala izquierda de su partido, pero
manejan la economía ciñéndose a los dictados fundamentales
del mercado. Ha sido por las contradicciones que quedan en los programas
socialistas, que las derechas cada vez están en mejor posición
para definir los rumbos de cada sociedad. El piso doctrinario del socialismo
colapsó.

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