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Triste aniversario
Tributo al mal

Al llevar a cabo estas celebraciones en la Plaza Roja y, por tanto, resaltar el triunfo soviético, Rusia también celebra sus ganancias de esa guerra. Una de esas ganancias fue mi país, Lituania

Publicada 9 de marzo 2005, El Diario de Hoy

Vyantas Landsbergis*
El Diario de Hoy

editorial@elsalvador.com

En mayo el mundo celebrará el 60o. aniversario del fin de la Segunda Guerra Mundial en Europa. Pero, en vez de estarse preparando animosamente para la ocasión, los países bálticos: Estonia, Letonia y Lituania —que apenas hace 15 años recuperaron la independencia que perdieron en ese conflicto— están inquietos.

Los jefes de Estado de estos tres países fueron invitados a participar en los desfiles que se realizarán en Moscú para celebrar la victoria del Ejército Rojo sobre la Alemania nazi. Pero el anfitrión mismo de la celebración, Rusia, en los tiempos de la Unión Soviética, causó la guerra —la más sangrienta en la historia europea— cuyo fin se conmemora. Por supuesto, la URSS instigó la guerra junto con Adolfo Hitler, pero su responsabilidad es innegable.

Al llevar a cabo estas celebraciones en la Plaza Roja y, por tanto, resaltar el triunfo soviético, Rusia también celebra sus ganancias de esa guerra. Una de esas ganancias fue mi país, Lituania, cuya incorporación al imperio de Stalin estuvo acompañada de incontables tragedias. A diferencia de Alemania, Rusia nunca ha reconocido su responsabilidad en la guerra y las fosas comunes llenas de inocentes.

Por lo tanto, un país que antes fue cautivo ahora es invitado a celebrar su cautiverio. Por eso casi todos los lituanos —de hecho, la mayoría de los habitantes de los países bálticos— se sienten incómodos ante la perspectiva de que sus gobernantes celebren este aniversario en Moscú. Pero los estonios, los letones y los lituanos no son los únicos europeos que tendrían que sentirse así.

Cuando Stalin le ofreció a Hitler su amistad en la primavera de 1939 —formalmente plasmada ese verano con el Pacto Molotov-Ribbentrop— se aseguró que el Este no apuñalaría por la espalda a las agresiones nazis; por tanto, Hitler quedó con las manos libres para hacer lo que quisiera en Occidente.

El pacto vino después de los asesinatos de la “Kristallnacht” en Alemania, por tanto, los soviéticos sabían muy bien a qué destino estaban condenando a los judíos de Polonia y Lituania, mismos que de acuerdo con el primer protocolo secreto firmado por Ribbentrop y Molotov el 23 de agosto de 1939, quedarían en manos de Hitler. Un mes más tarde, igualmente en secreto, Hitler le vendió Lituania a Stalin.

Los otros países localizados entre Alemania y la URSS fueron igualmente sentenciados a desaparecer como naciones —tarde o temprano—. Sus pueblos fueron tratados prácticamente como si no existieran. La única preocupación de los agresores era el territorio. Tal parece ahora que las sentencias a muerte y las torturas que se infligieron a naciones casi enteras y millones de gentes, se aceptarán en silencio y se celebrarán ruidosamente el 9 de mayo en Moscú. Algunas autoridades rusas quieren develar un monumento a Stalin para coronar las festividades.

Cuando el ejército de Hitler atacó a Occidente, la URSS apoyó puntualmente a Alemania en su guerra contra Polonia, Francia, Bélgica, los Países Bajos, Luxemburgo, Dinamarca, Noruega y el Reino Unido. Como resultado, las ciudades de esos países fueron devastadas y la gente asesinada no sólo por los nazis, sino también por sus aliados soviéticos, los cuales invadieron Polonia y le dieron al ejército alemán los materiales que necesitaba para su guerra en contra de Occidente. A cambio, a la URSS de Stalin se le dio luz verde para atacar a Finlandia y ocupar Estonia, Letonia y Lituania, así como una parte de Rumania.

De acuerdo con la ley, cuando dos criminales sellan un contrato con la sangre de sus víctimas, ese acto sigue siendo un crimen, aun si los dos criminales más tarde se enemistan y se cubren con balas mutuamente. Lo mismo se aplica a los dos más grandes criminales europeos del Siglo XX. No debemos olvidar los crímenes que Hitler y Stalin cometieron juntos como aliados sólo porque después se pelearon.

La sangre de las víctimas de la Segunda Guerra Mundial clama justicia, pero lo que más exige es honestidad sobre qué y quiénes causaron su trágico destino. Si aquellos que se reúnan el 9 de mayo en Moscú hacen algo para validar los crímenes de guerra soviéticos, mostrarán que son insensibles al llanto silencioso de los diez millones de inocentes muertos en la Segunda Guerra Mundial. El único ganador real será el espíritu de ese demonio.


Copyright: Project Syndicate.
*Primer presidente post comunista de la Lituania independiente, es miembro del Parlamento Europeo.

 

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