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El Diario de Hoy
editorial@ elsalvador.com
El decreto de control de armas aprobado por la Asamblea y que actualmente
está en manos del Presidente Saca, ya encontró su contrapartida:
los que abogan por la prohibición absoluta de la tenencia y portación
de armas. Unos quieren limitar y otros totalmente prohibir. Lo que haría
falta es agregar un artículo a la ley pidiendo a mareros, secuestradores,
narcotraficantes, asaltantes, ladrones y malhechores de todo color y forma,
entregar de manera voluntaria sus armas para incorporarse, tranquilos
con su conciencia, a grupos de oración.
Ambas propuestas parten más o menos de una simple premisa: comenzar
desarmando a la gente honrada, pues se tiene el listado de nombres, direcciones
y clase de armas con que cuentan. Una vez que se haya concluido con
el desarme de los honrados, se pasa a la fase siguiente, que es despojar
de sus armas a cuanto malandrín existe en nuestro victimizado país,
incluidos cuchillos, palos, garrotes, cadenas, picahielos, piedras, pistolas
de juguete, machetes, corvos, trabucos, escopetas hechizas, varillas de
hierro y todo lo que utilizan para perpetrar sus fechorías. El
honrado se protege a sí mismo, protege su negocio y protege a su
familia con un arma de fuego, mientras el atacante recurre a pistolas,
fusiles AK-47, granadas caseras y a un centenar de otras alternativas
para delinquir.
En esto de los grupos que piden la total supresión hay un curioso
hecho: cuando la Alcaldía de Mejicanos importó más
de doscientas pistolas y armas de largo alcance, ninguno entre ellos dijo
esta boca es mía. La razón es que una cosa son las armas
en manos de burgueses y gente de trabajo, y otra las que están
en poder de compañeros revolucionarios necesitados de financiamiento.
El secuestro y asesinato de Cecilia Cubas, la hija del ex presidente paraguayo,
ilustra el caso: las FARC, cuyos representativos asisten a las convenciones
del comunismo aquí en El Salvador, se tomó el trabajo de
aleccionar a un partido de izquierda del Paraguay sobre cómo hacerse
de recursos económicos: con secuestros. Y para que secuestrar sea
menos riesgoso, lo procedente es una prohibición general de armas.
Sólo vean estimables lectores quiénes aparecen apadrinando
la supresión de armas en manos de la gente.
Hay delincuencia porque hay impunidad
No nos queda la menor duda de que del Viejo Lin y los Tacoma para abajo,
un alto porcentaje de ellos y sus pares va a optar por los senderos de
la virtud. Contemplen sus rostros, la bondad de sus miradas, su ejemplar
comportamiento como reos. Pero ¿qué hacer con los ingratos
que no siguen el ejemplo de sus superiores? Y sobre todo, ¿quién
va a cuidar a los pagadores que van a fincas, a los agricultores que vuelven
por la noche de sus siembras, al que mueve dinero, a los secuestrables,
a las personas que viajan al interior, al que vive con su familia en medio
de barrios mareros? Pedir la total supresión de armas como lo hacen
los efemelenistas y CDU-istas, es desconocer lo que son las realidades
del país, no ponerse en los zapatos de las víctimas o...
Hay delincuencia no tanto por las armas, como por la impunidad prevaleciente.
Jueces, procuradoras, politicastros, grupos de derechos humanos
y otros mandan las señales equivocadas, casi alentando a delinquir.
Piénsese en la jueza que pretende sacar de Zacatraz a un grupo
de monstruos.

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