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Sentido Común
O nos regulamos o nos regulan

Los abusos en la publicidad se dan aquí y en la China, por eso hemos visto con muy buenos ojos las oportunas intervenciones del Consejo Nacional de la Publicidad en casos recientes.

Publicada 8 de marzo 2005, El Diario de Hoy

Ricardo Rivas
El Diario de Hoy

editorial@elsalvador.com

Ahora se debate en El Salvador la regulación de la promoción, publicidad, patrocinio, comercialización y consumo del tabaco. El tema es polémico, pero más polémicos son los efectos que el cigarrillo causa en el mundo. A continuación, seis líneas sobre el cigarrillo.

“Uno de cada dos fumadores fallece a causa del tabaco”, dijo hace unos días el doctor James Mulshine, jefe del área de Intervención del Instituto Nacional del Cáncer de Estados Unidos. Según este experto, la mitad de los fumadores muere por enfermedades cardiovasculares o cáncer de cuello, vejiga o pulmón, patologías todas directamente relacionadas con el consumo de tabaco. Obviamente el Dr. Mulshine también ha relacionado el grado de peligrosidad del cigarrillo con otros factores, como edad en la que se inició el hábito, cantidad de cigarrillos al día, etc.

Hace unos días, durante la inauguración del CIMA, Centro de Investigación Médica Aplicada, de la Universidad de Navarra, este experto fue más allá y catalogó el cigarrillo como “el producto comercial más letal que existe”. El cigarro, entonces, no es cualquier producto.

Mulshine es claro. El que fuma juega ruleta rusa con el tambor de la pistola recargado. Por cada dos gatillazos, uno es disparo seguro. Y mortal. O sea, cincuenta-cincuenta. “Mita y mita”, que decimos.

Los actores que debaten la regulación de la publicidad en el anteproyecto de la ley de control del tabaco, incluido el Consejo Nacional de la Publicidad (CNP), parecen claros en los efectos del cigarrillo. Me parece que el CNP en ningún momento defiende ni al cigarrillo ni a la industria tabacalera, que ya está grandecita para defenderse sola. El disenso está claramente planteado en la regulación de la publicidad.

Yo, sobre este tema, tengo una opinión. Las regulaciones estatales de un producto tan dañino para la salud de la gente no deberían extrañar a nadie. Se dan en todas partes del mundo. Obviamente, habrá que poner atención en la forma en que lo hagan. Pero la regulación ajena no tiene que ser necesariamente gubernamental: el público, el consumidor, usted y yo... podemos y debemos ejercer el derecho ciudadano de la regulación de la publicidad que, a nuestro juicio y de acuerdo con el sentido común, daña no sólo los pulmones, sino también la percepción moral de los menores de edad.

Es aquí donde cobra importancia la autorregulación. A mí —y lo he puesto por escrito en esta columna cada vez que he podido— me dan alergia las regulaciones estatales en materia de información y publicidad. Debería bastar la responsabilidad personal y social de quienes comercializan, anuncian y transmiten productos y servicios, para autorregularse.

De hecho existen instancias y códigos de ética que la misma industria —medios, anunciantes y agencias de publicidad— ha creado para ese fin. El problema se da cuando falla la responsabilidad del anunciante, agencia y/o medio, y las instancias que velan por estos asuntos, o no funcionan, o si funcionan lo hacen débilmente.

Ahí comienzan los problemas. Además del daño que hace una mala publicidad a la sociedad, estas actuaciones sirven para inflar los fantasmas de las censuras gubernamentales y alentar las voces de quienes se sirven de estos abusos puntuales para generalizar y, desde ahí, atacar el sistema de libertades de mercado, libertad de expresión y libertad de expresión comercial. Entonces aparece el coro de todos conocido, entonando partituras igualmente de todos conocidas: “Abolir el sistema neoliberal” en sí menor, y “Mandar al cadalso a los explotadores mercantilistas”, en fa mayor y sostenida, por ejemplo.

Los abusos en la publicidad se dan aquí y en la China, por eso hemos visto con muy buenos ojos las oportunas intervenciones del Consejo Nacional de la Publicidad en casos recientes.

Pero el esfuerzo del CNP debería ir más allá. A todos nos conviene una instancia que, como ésta, sea no gubernamental, multisectorial, que goce del respeto y la confianza de los actores de la industria y de los consumidores, la autorregulación responsable en la publicidad. Pero nos conviene que esta instancia sea fuerte, que tenga dientes, que el consumidor la conozca y se identifique con ella. Un CNP fortalecido es el mejor negocio que pueden tener el público y la industria.

Los abusos que se dan en el país en esta materia y que brincan de libertad a libertinaje de expresión, si bien constituyen una minoría, son importantes. Confundir la persuasión con la manipulación publicitaria, incitando los instintos bajos de las audiencias para ganar cuotas de mercado, o medios de comunicación haciendo lo mismo para ganar puntos de rating.... habrá siempre. Si la misma industria no es capaz de regularse, vendrán otros a querer hacerlo.

Que en esto los consumidores también tienen mucho que decir.
*Columnista de El Diario de Hoy.

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