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Viviendo entre carencias

Necesidades. Los servicios básicos son una realidad lejana para decenas de familias que subsisten con ingresos menores al salario mínimo. La crianza de animales ayuda en la alimentación del hogar. Los niños y madres solteras son la población predominante


Publicada 5 de marzo 2005 , El Diario de Hoy

Espera ayuda. María Hernández, junto a sus hijos. Foto EDH

René Serrano
El Diario de Hoy

nacional@elsalvador.com


“Aunque sea 100 dólares mensuales”

Con tres hijos a cuestas, que no superan los 11 años, María Esperanza Hernández, de 36 años, sobrevive de los pocos ingresos que obtiene por la venta de pasteles, papas fritas, refrescos y otras golosinas, en el cantón San Francisco El Dorado, jurisdicción de San Isidro, en el departamento de Cabañas.

Una vivienda de bahareque y lámina, en un predio público, es llamada “hogar” por la pobre familia, que, junto a otras 20, decidió habitar una parte del camino vecinal que conduce hacia el cantón Potrero y Tablas.

Desde hace tres años María no cuenta con el apoyo de un compañero, por lo que se “rebusca” para alimentar a sus vástagos, sobre todo a la más pequeña, quien apenas tiene un año y seis meses.

La esperanza vuelve a los ojos de la mujer al escuchar sobre la posibilidad de recibir una ayuda económica de parte del Gobierno, y comienza a hacer las cuentas de la cantidad que necesitaría para mantener una vida digna para ella y sus hijos.

“Si el Presidente (Antonio) Saca decidiera ayudarme, la ayuda sería bienvenida, aunque sea unos cien dólares mensuales”, comenta.

En otros sectores, como el caserío Joya Larga, en el cantón Los Jobos, otras familias se las ingenian para subsistir. La venta de ropa y otros negocios ambulantes es común en la zona.


Oficio. Las mujeres se dedican a las tareas domésticas. Foto EDH

“Aquí sólo para irla pasando consigue”

Levantarse temprano para moler el maíz con el que producirá tortillas para la venta es ahora la ocupación de Zoila Mariluz Ábrego, de 30 años, quien recientemente perdió su trabajo en una maquila en la capital.

Madre de tres niños, Zoila se alió a su progenitora, Francisca Zometa, en este pequeño negocio, ubicado en la pobre vivienda de bahareque con inodoro de fosa. Ambas residen en el caserío La Cancha, al costado poniente de la cancha municipal de Caluco, Sonsonate.

“Aquí sólo para irla pasando se consigue”, comenta la mujer, quien se queja de la falta de oportunidades a la que deben enfrentarse las mujeres de más de 30 años en la industria de la confección. “Eso es un obstáculo para quienes nos gusta trabajar honradamente”, agrega.

La falta de trabajo en Caluco obliga a las madres solteras a viajar hasta San Salvador para ayudar con los gastos de la casa. Empleo en oficios domésticos o en alguna maquila son los más comunes, por lo que regresan a sus hogares dos veces por semana, mientras la abuela se encarga de los vástagos con los pocos recursos económicos que obtienen.

La dieta más común de los niños en Caluco se basa en pan francés con café negro por la mañana; alguna sopa de mora, chipilín o frijoles por la tarde, y arroz con frijoles por la noche.


Sin servicios. Leonora Amaya, frente a su casa. Foto EDH

“No vivimos, sino que sobrevivimos”

Aquí se vive de lo que se puede cosechar”, explica sin reparos Leonora Amaya, de 54 años, quien vive junto a su compañero de vida y sus nietos en el cantón Azacualpilla de Joco, en la jurisdicción de Nueva Granada, en Usulután, a unos ocho kilómetros de la ciudad.

La crianza de gallinas, cerdos y otros animales domésticos le valen a la mujer para sostener a su familia, aunque el acceso al agua potable, la energía eléctrica y caminos pavimentados se vislumbra como una realidad lejana. Dos veces al día, un autobús les brinda la oportunidad de movilizarse hacia la ciudad con mayor rapidez.

Para los servicios médicos, los habitantes de Azacualpilla de Joco poseen una clínica comunal en Nueva Granada, aunque con frecuencia son remitidos hacia el hospital de Santiago de María.

No tienen ni idea de cuánto sería un salario ideal, ya que nunca han tenido un empleo formal. “No vivimos, sino que sobrevivimos”, afirma Pedro Elías Ramos, de 43 años, quien, junto a su compañera de vida, subsiste en el pequeño hogar hecho de bahareque y láminas de zinc.

Aunque varias familias han sufrido la partida de los hijos hacia la capital, muchos de éstos jóvenes regresan al terruño materno, ya que la falta de educación formal en el municipio no les permite tener acceso a un trabajo digno.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


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