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Montevideo. (AIPE)
Hana Fischer
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com
Al poco rato de asumir la presidencia de Uruguay el 1 de marzo, Tabaré
Vázquez restableció las relaciones con Cuba. Éstas
habían sido rotas, porque Uruguay auspició una iniciativa
para que un relator de la Comisión de Derechos Humanos de la ONU
pudiera visitar la isla y comprobar in situ si allí se los viola
o no. Fidel Castro reaccionó insultando al Presidente saliente.
El hecho en sí llama la atención. La premura en hacerlo
también. Son muchos los que se preguntan, ¿cómo es
posible que un Presidente elegido democráticamente y que se erige
a sí mismo como paladín de los derechos humanos,
invite a su acto de posesión de mando a quienes sojuzgan a sus
compatriotas? Más aún, ¿cómo explicar que
esos tiranos sean ovacionados, como sucede con cierta frecuencia por estos
lares?
Recientemente fue publicado el libro Koba (Stalin), el temible:
La risa y los veinte millones, del escritor inglés Martín
Amis.
En esa obra el autor pretende indagar, a través de la comparación
de los regímenes nazi y soviético, las causas que hacen
que uno suscite espontáneamente la furia y el otro la carcajada
cómplice.
A Karl Marx se le suele definir como economista, filósofo y sociólogo.
La realidad es que, ante todo, fue el fundador de una religión.
Sustituyó lo sobrenatural por elementos económicos
y análisis sociológicos e históricos, a los cuales
etiquetó de científicos. En un gran caldero
mezcló esos ingredientes, a los cuales sazonó
con abundantes emociones. Principalmente aquellas que los hombres más
se preocupan por ocultar.
Sólo así se explica la adhesión fervorosa que despierta
en sus adherentes. A éstos no les interesa la evidencia racional
ni las consecuencias prácticas. Porque no hay que ser muy perspicaz
para descubrir el auténtico trasfondo de ese pensamiento.
Ya que sin ningún pudor Marx argumenta que el hombre será
realmente libre, tras pasar por un período (impreciso)
de dictadura.
Según esa tesis, la tiranía es la única
capaz de hacer al hombre feliz, logrando el paraíso
sobre la tierra. De crear un mundo nuevo, donde todos seremos
iguales, porque de manera unánime seremos esclavos.
Obviamente, como lo indicó George Orwell, algunos entonces seremos
más iguales que otros.
La argumentación marxista es explícita. Por eso cuesta tanto
entender la tolerancia con la que el grueso de la intelectualidad occidental
aceptó en el pasado los crímenes cometidos por el régimen
soviético. Asimismo, la condescendencia con que en la actualidad
tratan a sus vástagos.
Mientras que Auschwitz es lugar de peregrinaje y en estos días
se realizan justas ceremonias oficiales para que el horror nazi no quede
en el olvido, pocos han oído hablar de los gulags,
los campos de exterminio soviéticos. Hasta en los textos escolares
vemos fotos de los famélicos prisioneros de los nazis. Sin embargo,
nunca nos hemos encontrado con una que muestre a las familias campesinas
que murieron de inanición durante el período de la colectivización
forzada (1929-1933).
¿Por qué se repudia a dictaduras consideradas de derecha
y a las de izquierda se las rodea de un halo de romanticismo? ¿Por
qué no es moneda corriente saber que hasta los niños
podían ser juzgados como enemigos de la revolución bolchevique
y, si se los condenaba a muerte, se esperaba a que cumpliesen los 12 años
para ejecutarlos? ¿Por qué tantos filmes comerciales muestran
el holocausto perpetuado por los alemanes y escasean las imágenes
de los comunistas?
Lo que más asusta es que son muchos los que tratan de explicar
los abusos como una desviación, pero la idea es buena.
¿Cuántas muertes más han de producirse para que finalmente
la práctica se enderece? El sistema soviético
costó la vida de 20 millones de rusos.
Según el Libro Negro del Comunismo, el comunismo en
el mundo entero ya cobró más de 100 millones.
Y la cifra sigue aumentando. Latinoamérica con su cuota
contribuye a engrosar el número.
Amis no encuentra justificación para tanta complacencia. Menos
aún que se fundamente en sentimientos humanistas. Nosotros
tampoco.
* Analista política uruguaya. © www.aipenet.com

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