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Marcela Sánchez
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com
Cartagena, Colombia. Hace diez años, Tomasa Contreras y los vecinos
del barrio Torice se unieron para abrir zanjas, instalar sus propias tuberías
e ilegalmente conectarse al agua de la ciudad, para tenerla en su abandonado
vecindario. Cuatro años más tarde, la empresa Aguas de Cartagena
instaló sus propias tuberías y empezó a cobrar a
los vecinos de Torice por el servicio, además de pagos atrasados
por los años en que lo tuvieron de manera ilícita.
Contreras, de 44 años, y su esposo, Luis, luchan ahora para tener
con qué pagar por el lujo del agua potable y los demás gastos
que requiere mantener un hogar de seis personas en su casa de concreto
con dos habitaciones. Esta semana tuvieron que ingeniárselas para
encontrarle a su hijo de 18 años un par de zapatos negros acorde
con el uniforme de la escuela pública. Por lo menos este año
la matrícula escolar es la más baja que han pagado nunca.
Pero el trabajo sigue siendo irregular y escaso, y Contreras está
considerando la posibilidad de dejar a su familia y su país para
trabajar en el exterior, donde esta cartagenera cree que el trabajo abunda.
Irónicamente, Contreras vive en la ciudad colombiana que más
se benefició de la llamada apertura. A comienzo de los 90, Colombia
comenzó a liberalizar el comercio y abrir su economía. Pronto
esta bella ciudad colonial, visitada por cientos de miles de turistas
al año y considerada la ciudad más segura de Colombia, se
convirtió en la primera productora de substancias químicas
industriales y plásticos y transformó su puerto en el más
activo de la nación.
Hoy, el ingreso per cápita de Cartagena es el más alto del
país. Pero basta con echar un vistazo por esta ciudad para darse
cuenta de que se está ante lo que Alberto Abello, uno de los economistas
más respetados de esta región, llama espejismo estadístico.
Abello atribuye a un crecimiento sin generación de empleo y a la
disparidad en los ingresos, la escasez de empleos formales y la muy visible
pobreza que persiste, a pesar del crecimiento regional.
El empeño en lograr un desarrollo con destinos específicos
no ha igualado las diferencias. Tampoco ha tenido un impacto en las disparidades
regionales entre áreas ricas y pobres del país. Igual que
en los estados del sur de México y el noreste de Brasil, las políticas
de desarrollo regional en la zona del Caribe colombiano, donde Cartagena
es una de las principales ciudades, "no han sido plenamente satisfactorias",
de acuerdo con el lenguaje mesurado del Banco Mundial.
Según el informe Más allá de la ciudad,
que el Banco Mundial emitirá en Colombia la próxima semana,
el producto interno bruto per cápita del Caribe colombiano ha llegado
apenas a la mitad del de Bogotá en los últimos 40 años.
Una quinta parte de los colombianos vive en el Caribe pero representa
más de una tercera parte de los pobres del país.
El informe asegura que las inversiones en educación o infraestructura
no son siempre suficientes para el desarrollo económico. Como lo
indica Abello, la región puso demasiada fe en la liberalización
y la descentralización. Y las esperanzas de subirse a la
ola de la prosperidad desaparecieron cuando la ola no se materializó.
Se creyó que el mercado crearía por sí solo las condiciones
para atraer empresas y generar empleo. A diferencia de otros países
con retos similares de llevar los beneficios del libre comercio a regiones
rezagadas, Colombia no proporcionó incentivos para nuevas
empresas y se limitó a contar con la inversión en infraestructura
y con los logros que se esperan del libre mercado.
El Caribe colombiano parece tener todos los ingredientes adecuados para
tener éxito su proximidad a Miami (dos horas y media de vuelo),
sus modernos puertos, su turismo. Pero hasta ahora, cero es exactamente
el número de compañías que se han reubicado aquí.
Abello teme ahora que el acuerdo de libre comercio con Estados Unidos
empeore las cosas. La eliminación de la tarifa de impuestos del
15 por ciento a las substancias químicas que ahora se producen
en Cartagena podría acabar con casi todos los 11,000 y pico empleos
industriales que ahora se encuentran en la ciudad, con innumerables implicaciones
negativas para la economía regional.
Parecería que la reciente experiencia de esta región debiera
servir de evidencia como para no descartar tarifas e incentivos directos,
porque podrían violar o distorsionar el modelo de libre mercado
que tanto impulsa Washington y la Organización Mundial del Comercio.
Incluso el informe del Banco Mundial reconoce que países como Italia,
Portugal o España, con marcados problemas de desarrollo regional,
verían difícil la idea de que no se haga ninguna intervención
en ese tipo de regiones.
Para Contreras la apertura, así como la inversión pública
en infraestructura y educación que vinieron después, ha
sido una bendición a medias. Hoy más cartageneros tienen
agua, teléfono, gas, electricidad y alcantarillado. Pero debido
a que no ha habido un aumento comparable en empleos y riqueza, a Contreras
y a sus vecinos ahora les llegan cuentas de cobro que no existían
cuando todo lo que tenían era un piso de tierra y un techo sobre
sus cabezas, y ahora su lucha es también para pagarlas.
*Columnista del Washington Post.

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