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Arnoldo Villafuerte
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com
Conocí a Roberto Hill hace más de 30 años, cuando
yo era un ejecutivo joven, recién graduado de la Escuela de Negocios
de Columbia, manejando la cartera en Centroamérica del Banco Morgan,
de Wall Street, en Nueva York.
El Banco Cuscatlán acababa de nacer y el señor Hill me visitó,
solicitando una línea de crédito para financiar exportaciones
e importaciones para la entonces Financiera Desarrollo e Inversión,
S.A., y el Banco de la nueva generación.
Me gustó el ímpetu del nuevo banco pequeño,
por cierto, para los estándares del banco en el que trabajaba.
Nos hicimos amigos. Le extendimos su línea de crédito y
me expresó su agradecimiento por mi apoyo a él y su nueva
institución. El Salvador estaba en un franco apogeo económico,
admirado por los banqueros de Nueva York como un país modelo con
ordenamiento en sus finanzas públicas y con un pueblo trabajador.
Cuando Roberto se enteró de que yo era salvadoreño de
padres clase media trabajadora me empezó a cuentear
para cambiar la calle Wall Street por la Avenida Morazán.
Roberto hizo un impresionante equipo humano en el banco, basado en una
mística de trabajo que aún existe en el Banco de la
nueva generación.
Lo pensé más de un año, pero acepté el reto
de dejar atrás una vida sofisticada y excitante neoyorquina por
la gerencia internacional del nuevo banco. Éramos escasamente 70
empleados, y ahora el Banco Cuscatlán cuenta con miles de empleados
y es uno de los más importantes de la región centroamericana.
Roberto fue uno de los empresarios más jóvenes y dinámicos
de su tiempo. Fue un hombre luchador, trabajador, muy franco y directo
y, quizá por eso, mucha gente lo consideraba prepotente y obstinado.
Con Roberto no existían medias tintas: o lo querías, o no
lo querías.
Pero como a mí me gustan las personas directas y sinceras y
no de doble cara nuestra amistad creció, y tuve el placer
de verlo frecuentemente durante su ausencia de su vida pública
(usando las palabras de su adorada hija Ana Julia). Presencié el
fin de su vida, que se fue apagando como una vela en la noche, pero como
todo un buen guerrero, me invitó a tomarme un trago Scotch,
dos días antes de irse junto a Dios. Disfruté esos momentos
con un buen amigo, y fueron momentos que, como dice la canción,
jamás se olvidan.
Cuando Roberto creía en alguien, era un motor de empuje que ayudaba
a muchas empresas pequeñas y grandes a salir avante creando empleo
y beneficios económicos para sus dueños. Creía en
los más íntimo de sus entrañas que uno de los papeles
más importantes de cualquier empresario era el de la creación
de empleo y de favorecer a los más pobres de la sociedad no con
prebendas, sino con un trabajo digno. Fue un empresario con alto grado
de responsabilidad social, años antes de que ello estuviese
en boga.
Al entrar en la media vida, ahora admiro aún más a Roberto,
pues a sus escasos 30 años ya había fundado varias empresas
que han pasado el examen del ácido (como suelen decir
los financistas) y del tiempo. Las empresas que él fundó
con sus amigos y colaboradores fueron tan diversas en su naturaleza
que impresionan a cualquiera: agencia de viajes, seguros, publicidad,
finanzas, almacenamiento, banca, ahorro y préstamo, desarrollo
de vivienda popular, y por qué no decirlo, reforma agraria privada,
¡única en su género! Como todo en la vida, no todas
las empresas tuvieron éxito, pero es indudable que Roberto fomentó
miles de miles de empleos, directos e indirectos, por su acertada gestión
como hombre de negocios. Así como amaba su trabajo, así
amaba su patria.
Muchos de sus semejantes lo tildaban de socialista, porque fue el primero
que instituyó la participación de los empleados comunes
y corrientes en las utilidades de sus empresas.
Como todo un hombre histórico, Roberto Hill fue controversial:
peleó incansablemente por el modelo económico de libertades,
pero también fue contrario a las prebendas de favoritismos gubernamentales
que suelen beneficiar a pequeños grupos de poder.
El Salvador pierde a un gran empresario que rehusó pensar como
el estatus quo, y que se esforzó por hacer un nuevo camino a su
andar.
* Empresario.

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