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Comentando
Caridad con dinero ajeno
La empresa privada es mucho
más eficiente que el gobierno, porque confronta diariamente un
electorado en el mercado, mientras que los políticos
lo hacen cada dos, cuatro o seis año
Publicada 2 de marzo 2005, El Diario de Hoy
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Carlos
Ball*
El Diario de Hoy
editorial@ elsalvador.com
Miami. (AIPE).- Una despreciable costumbre que cada día gana
nuevos adeptos, sin que la gente se atreva a criticarla, es la de hacer
caridad con dinero ajeno. En diciembre, luego del maremoto en Asia, surgió
una competición mundial entre gobiernos, para ver cuál aportaba
más dinero para auxiliar a las víctimas y reparar los daños.
Se olvida que el fin no justifica los medios. Ayudar a las víctimas
de una tragedia es admirable, pero debemos aplaudir sólo a las
personas e instituciones que prestan ayuda con esfuerzo y financiamiento
propio.
Es evidente que más de la mitad del dinero que pagamos en impuestos
en el mundo occidental está destinado a fines que nada tienen que
ver con la verdadera función del gobierno: proteger la vida y la
propiedad de los ciudadanos para que cada uno pueda dedicarse libremente
a la búsqueda de su propia felicidad.
Algunos consiguen esa felicidad ayudando al prójimo, como fue el
caso de mis tres tías monjas, a quienes tanto quise y admiré.
La tergiversación de esa abnegada benevolencia ocurre cuando la
caridad se hace con dinero de los impuestos.
Las escuelas públicas enseñan a nuestros jóvenes
que los gobiernos cumplen una obligación social al desviar el dinero
de los impuestos para servir de San Nicolás. Así vemos que,
año con año, aumenta el costo de educar a un muchacho, y
ese dinero, lejos de mejorar la calidad de la educación recibida,
aumenta los salarios y beneficios sociales de los sindicatos
de maestros.
Se supone que se trata de una práctica perfectamente democrática,
porque la mayoría eligió a las autoridades que toman tales
decisiones o una mayoría votó de manera favorable en un
referendo para aumentar apenas un medio centavo el impuesto
de ventas.
Así, crecientemente se utiliza el concepto del bien público
para corroer los fundamentos de la libertad individual, cuya protección
es la razón de ser de los gobiernos. No hay que llegar a los extremos
criminales de Hugo Chávez o Fidel Castro expropiando y encarcelando
a la oposición, para sufrir un despojo por parte de la burocracia
gobernante.
Anoche vi en la televisión el reportaje sobre una familia que compró
y restauró una vieja casa en Harlem, barrio de Nueva York, convertido
desde hace medio siglo en foco de pobreza tercermundista por los controles
de alquileres que provocaron el abandono masivo de los dueños.
La municipalidad, en lugar de fomentar la reparación de dilapidadas
viviendas, premió a la familia aumentándole
el impuesto de propiedad a su casa de 1,600 dólares a 26,000 dólares
anuales.
También es dañina la desdichada creencia de que las empresas
tienen una obligación social de hacer caridad. Empezando
con que el dinero no le pertenece a los ejecutivos que se llevan la gloria,
sino a los accionistas y la verdadera obligación social de la empresa
es producir utilidades, lo cual sirve para medir cuán bien utiliza
escasos recursos en beneficio de su clientela, sus dueños y sus
empleados.
La empresa privada es mucho más eficiente que el gobierno, porque
confronta diariamente un electorado en el mercado, mientras
que los políticos lo hacen cada dos, cuatro o seis años,
teniendo además la perversa facilidad de manipular distritos y
comprar votos con dinero ajeno.
*Director de la agencia AIPE y académico asociado de Cato Institute.
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