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Roberto López-Geissmann
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com
He tenido la oportunidad de dar muchos tipos de clases, cursos, charlas,
y me encanta la docencia. La he ejercido con jóvenes adolescentes,
con obreros, con soldados y oficiales, con empleados y ejecutivos, con
universitarios y gente de variadas profesiones y extracciones.
La emoción y el privilegio de comunicar, de traspasar conocimientos,
de ayudar a conocer más y mejor son inolvidables experiencias para
los que compartimos la vocación docente. En el proceso de aprendizaje,
de estudio y transmisión de conocimiento es imprescindible que
se den algunos requisitos fundamentales, necesarios para bien cumplir
el objetivo. Éstos son:
Para el que enseña: 1) Real conocimiento de la materia, o por lo
menos de la parte de ella que enseña. Abunda ahora, en todos los
niveles, aquel profesor farsante que da a los alumnos un tema, sin dirección
ni supervisión alguna, haciendo que unos enseñen a otros,
sin posterior revisión ni aclarando lo que estuviere bueno o malo;
es demagogia profunda y mal oculta su ignorancia. 2) Honestidad intelectual
y docente.
Esto no significa que el que enseña no tenga sus propias convicciones,
pero no debiera jamás burlarse de otras o mostrar sólo las
partes débiles de sus discursos; es correcto, incluso, que exprese
su pensamiento, pero indicándolo así, sin subterfugios.
3) Capacidad docente y de esfuerzo. Esto es, explicarse tan clara como
profundamente, buscando servir a sus estudiantes lo más personalizado
que sea posible y afilando hasta sus límites los instrumentos de
medir la adquisición de conocimiento: las pruebas. Hay aquí
una enorme clave.
Para el que quiere instruirse: 1) Respetar la autoridad del que enseña,
del que debe proponerse que sabe mucho más y que está transmitiéndole
parte de sus conocimientos. Aparte los tristes casos en que esto no sea
así, el principio y el criterio de autoridad son pilares insoslayables
e insustituibles en la enseñanza; pésimo es el sentido que
quiere llamar al maestro un facilitador, como si fuera vergonzoso
que este supiera más o sus conocimientos fueran apenas más
extensos. 2) La disposición de estudiar, investigar, trabajar,
en fin, como requisito indispensable para adquirir ese conocimiento que
va más allá de lo visto en clase, por buenos que sean el
maestro y los libros.
Aspectos objetivos: 1) Un plan de estudios completo, escalonado, correctamente
engarzado, con la profundidad necesaria y ascendente, cubriendo las materias
que sean necesarias. 2) La disposición de libros, folletos, disquetes,
Internet y, claro está, libros que vayan a ser necesarios, pues
ya se dijo que la mejor universidad es una buena biblioteca;
enseñar a usar estos recursos.
Una sociedad históricamente castigada en planes educativos y educadores.
Reforma educativa de los años 60. Influencia de esa década
de los extremismos liberas de izquierda, con las ideas de amor y
paz, respeto a la dignidad (gigantesca y desmedida del educando,
reduciendo a la del educador), ideología materialista histórica
(más o menos encubierta, y a menudo inconsciente), medios de comunicación
y empresa privada misma ignorantes de lo que estaban ayudando a auspiciar,
optimismo desaforado, evaluación subjetiva de una utopía
pacifista sin asideros reales, procedimientos para defenestrar el principio
de autoridad a todos los niveles, laicismo beligerante con buena carga
de pérdida de valores, igualitarismo a rajatabla, promoción
de libertinaje bajo disfraz de liberación... y paralelamente a
esto y más, una mediocridad e incapacidad cada vez más rampantes
y descaradas, que llegan a envanecerse de ser tales.
Se ha pretendido que la reforma de Béneke ha quedado
atrás y se ha modificado por los gobiernos de signo derechista
posteriores. Bueno, es posible que las novedades estén más
avanzadas, pero ¿en qué? Acaso en el progresismo lineal
de las tesis de lo que fue la izquierda y que ahora (en varios
campos) no es, sino una combinación, aberrante, pero real, de ideas
de cierta derecha economista y mercantil, con la que se han
aliado para lograr un subproducto que no es más que una reproducción
monstruosamente poderosa del élan, (sentido, dirección)
de los años 60.
Aparte de la conspiración y la ignorancia, el clima en que ha podido
darse toda esta nefasta representación teatral tiene dos componentes
básicos: 1- La mediocridad, que produce un caldo de cultivo formidable
para el pululamiento de maestros sin vocación, haraganes e ignorantes.
2- La demagogia, como sucedáneo de una férrea columna vertebral,
es la estructura de los gusanos reptantes, nivelados a ras de suelo, que
producen y reproducen una farsa con resultados funestos.
Esta actitud de engaño, de producto malo y de tercer orden, no
es menos que una traición nacional.
* Licenciado en Ciencias Políticas.

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