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Tomando la palabra
Europa, laicismo y Vargas Llosa

Sin el cristianismo, sencillamente, Europa no habría existido como tal. Eso es lo que dio cohesión y entendimiento a pueblos tan distintos como los que son de origen germánico, eslavo o románico

Publicada 28 de febrero 2005, El Diario de Hoy


Luis Fernández Cuervo*
El Diario de Hoy

editorial@ elsalvador.com

El ilustre escritor peruano Mario Vargas Llosa es un buen exponente, a través de una depurada técnica literaria, de un modo superficial de ver y enjuiciar las cosas. Su punto de vista se incluye casi siempre en lo que espíritus con mayor profundidad crítica llaman con ironía el “pensamiento políticamente correcto”.

Discurre bien cuando se limita a enjuiciar aspectos de actualidad sin meterse en honduras. En cambio, cuando le da por hablar de moral o de religión —verdadera “piedra de toque” para conocer a cualquiera— revela que sigue anclado en la misma ceguera que caracterizó a los ilustrados del Siglo XVIII y con una aversión hacia la Iglesia Católica, malamente disfrazada de tolerancia, que envidiaría el mismísimo Voltaire. Sus juicios sobre la Europa actual son un buen ejemplo de todo esto.

La negativa de incluir, en el Preámbulo de la Constitución de la Unión Europea (UE), una mención a las raíces cristianas de su cultura, a Vargas Llosa le parece bien, porque dice que así se subraya “el carácter laico del Estado y enmarca la religión y la vida espiritual de los europeos en el ámbito que le corresponde: lo privado”. Aquí el escritor comete dos errores importantes: 1) Confundir “laicidad”, neutralidad del Estado en materia de religión, con “laicismo”, donde el Estado, abierta u ocultamente, combate la religión. 2) Pensar que el ámbito de lo religioso es sólo lo privado.

La laicidad de la UE encuentra aprobación hoy de todos los europeos, incluyendo a Juan Pablo II. Pero la Constitución nace con un tufillo claramente laicista, anticristiano. César Vidal, un historiador protestante, señala que en Francia, aunque los masones no superan el 0,6% de la población, controlan la Internacional Socialista, y que un masón, Giscard D’Estaing, “ha excluido la mención de las raíces cristianas del continente y además ha insistido en la existencia de un artículo que somete las iglesias a las distintas naciones, pero libra de esa obligación a las organizaciones filosóficas”. Alusión clara a la masonería, siempre autodenominada como organización o escuela filosófica.

Sin el cristianismo, sencillamente, Europa no habría existido como tal. Eso es lo que dio cohesión y entendimiento a pueblos tan distintos como los que son de origen germánico, eslavo o románico. Además, la UE nació de la Comunidad del Acero y el Carbón, creada por tres altos políticos católicos: El francés Schuman, el alemán Adenauer y el italiano De Gasperi. En el Preámbulo de la Constitución, habría sido muy justo una mención de agradecimiento a estos progenitores que actuaron con genuino espíritu católico, universal, creando una Europa de paz y entendimiento. En cambio la Constitución de la UE menciona, con alabanza, a la Ilustración dieciochesca.

Querer que la religión se limite sólo a la intimidad de las conciencias y de los templos, como quiere Vargas Llosa, es querer hacer de ella un reducto que no influya para nada en la vida pública. O sea, es querer corregir al mismo Jesucristo, que dijo cómo el cristianismo debe ser sal y luz para todos y levadura que hace fermentar la masa.

“Gracias a que existe esta frontera entre lo público y lo privado, Europa es democrática”, dice Vargas Llosa. Debería saber que el espíritu genuinamente democrático es de origen cristiano —léase, don Mario, algunos de los discursos de R.Schuman—, pues fue el cristianismo el que aportó la idea de la igualdad esencial en dignidad y en derechos de todos los seres humanos. Y que la laicidad, como el mismo alude en otro sitio, es de origen evangélico: “Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”.

Pero Vargas Llosa insiste en sus errores y dice: “Por definición toda religión es intolerante”. Mala cosa es meter a todas las religiones en el mismo saco. Por lo menos si el catolicismo se extendió por los distintos países europeos y sigue atrayendo a nuevas gentes en África y en Asia es porque es universal, porque conjuga muy bien la unidad de fondo con la diversidad de culturas y porque no destruye nada de lo bueno que tiene cualquier país.

Y es precisamente Juan Pablo II la figura universal que mejor ha sabido dialogar con creyentes de otras religiones y con personalidades no creyentes. Pero vayamos a los ejemplos: ¿Qué gobiernos han sido más intolerantes? ¿Los laicistas de la Tercera República francesa, con su anticatolicismo llevado hasta las cátedras universitarias y la Academia? ¿O los gobiernos del católico De Gaulle en Francia o del canciller Adenauer en Alemania? Y para la España actual ¿cuál más intolerante? ¿El gobierno del católico Aznar o el del socialista Rodríguez Zapatero, que de nuevo embiste contra la Iglesia?

Otra flor laicista de Vargas Llosa después de sus alabanzas a la Ilustración del Siglo XVIII: “Después de la religión, nada activa tanto la ferocidad humana como la lengua”. ¡Magnífica ignorancia o sublime desmemoria! De nuevo mete así, a toda “religión”, en su feroz ataque.

Debería saber o recordar que fue de la laicista y antirreligiosa Ilustración de donde nació la revolución francesa con su terror, su guillotina y sus genocidios. Y que de la revolución francesa, de su espíritu, salieron otras muchas revoluciones, todas ellas ateas, sangrientas y feroces: la revolución rusa, la mexicana, la de los marxismos latinoamericanos. Y el “sueño de la razón ilustrada” es también la raíz de otros totalitarismos ateos y sumamente feroces (fascismo, nazismo, maoísmo, etc.) y del laicismo, ateo, genocida y corruptor de costumbres, que ahora padece nuestra civilización actual.

Por favor, don Mario, ¡lea mejores libros de historia y consulte a algún doctor para su mala memoria!

*Dr. en Medicina y columnista de El Diario de Hoy. lfcuervo@telemovil.net.


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