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Luis Fernández
Cuervo*
El
Diario de Hoy
editorial@ elsalvador.com
El ilustre escritor peruano Mario Vargas Llosa es un buen exponente,
a través de una depurada técnica literaria, de un modo superficial
de ver y enjuiciar las cosas. Su punto de vista se incluye casi siempre
en lo que espíritus con mayor profundidad crítica llaman
con ironía el pensamiento políticamente correcto.
Discurre bien cuando se limita a enjuiciar aspectos de actualidad sin
meterse en honduras. En cambio, cuando le da por hablar de moral o de
religión verdadera piedra de toque para conocer
a cualquiera revela que sigue anclado en la misma ceguera que caracterizó
a los ilustrados del Siglo XVIII y con una aversión hacia la Iglesia
Católica, malamente disfrazada de tolerancia, que envidiaría
el mismísimo Voltaire. Sus juicios sobre la Europa actual son un
buen ejemplo de todo esto.
La negativa de incluir, en el Preámbulo de la Constitución
de la Unión Europea (UE), una mención a las raíces
cristianas de su cultura, a Vargas Llosa le parece bien, porque dice que
así se subraya el carácter laico del Estado y enmarca
la religión y la vida espiritual de los europeos en el ámbito
que le corresponde: lo privado. Aquí el escritor comete dos
errores importantes: 1) Confundir laicidad, neutralidad del
Estado en materia de religión, con laicismo, donde
el Estado, abierta u ocultamente, combate la religión. 2) Pensar
que el ámbito de lo religioso es sólo lo privado.
La laicidad de la UE encuentra aprobación hoy de todos los europeos,
incluyendo a Juan Pablo II. Pero la Constitución nace con un tufillo
claramente laicista, anticristiano. César Vidal, un historiador
protestante, señala que en Francia, aunque los masones no superan
el 0,6% de la población, controlan la Internacional Socialista,
y que un masón, Giscard DEstaing, ha excluido la mención
de las raíces cristianas del continente y además ha insistido
en la existencia de un artículo que somete las iglesias a las distintas
naciones, pero libra de esa obligación a las organizaciones filosóficas.
Alusión clara a la masonería, siempre autodenominada como
organización o escuela filosófica.
Sin el cristianismo, sencillamente, Europa no habría existido como
tal. Eso es lo que dio cohesión y entendimiento a pueblos tan distintos
como los que son de origen germánico, eslavo o románico.
Además, la UE nació de la Comunidad del Acero y el Carbón,
creada por tres altos políticos católicos: El francés
Schuman, el alemán Adenauer y el italiano De Gasperi. En el Preámbulo
de la Constitución, habría sido muy justo una mención
de agradecimiento a estos progenitores que actuaron con genuino espíritu
católico, universal, creando una Europa de paz y entendimiento.
En cambio la Constitución de la UE menciona, con alabanza, a la
Ilustración dieciochesca.
Querer que la religión se limite sólo a la intimidad de
las conciencias y de los templos, como quiere Vargas Llosa, es querer
hacer de ella un reducto que no influya para nada en la vida pública.
O sea, es querer corregir al mismo Jesucristo, que dijo cómo el
cristianismo debe ser sal y luz para todos y levadura que hace fermentar
la masa.
Gracias a que existe esta frontera entre lo público y lo
privado, Europa es democrática, dice Vargas Llosa. Debería
saber que el espíritu genuinamente democrático es de origen
cristiano léase, don Mario, algunos de los discursos de R.Schuman,
pues fue el cristianismo el que aportó la idea de la igualdad esencial
en dignidad y en derechos de todos los seres humanos. Y que la laicidad,
como el mismo alude en otro sitio, es de origen evangélico: Dad
al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.
Pero Vargas Llosa insiste en sus errores y dice: Por definición
toda religión es intolerante. Mala cosa es meter a todas
las religiones en el mismo saco. Por lo menos si el catolicismo se extendió
por los distintos países europeos y sigue atrayendo a nuevas gentes
en África y en Asia es porque es universal, porque conjuga muy
bien la unidad de fondo con la diversidad de culturas y porque no destruye
nada de lo bueno que tiene cualquier país.
Y es precisamente Juan Pablo II la figura universal que mejor ha sabido
dialogar con creyentes de otras religiones y con personalidades no creyentes.
Pero vayamos a los ejemplos: ¿Qué gobiernos han sido más
intolerantes? ¿Los laicistas de la Tercera República francesa,
con su anticatolicismo llevado hasta las cátedras universitarias
y la Academia? ¿O los gobiernos del católico De Gaulle en
Francia o del canciller Adenauer en Alemania? Y para la España
actual ¿cuál más intolerante? ¿El gobierno
del católico Aznar o el del socialista Rodríguez Zapatero,
que de nuevo embiste contra la Iglesia?
Otra flor laicista de Vargas Llosa después de sus alabanzas a la
Ilustración del Siglo XVIII: Después de la religión,
nada activa tanto la ferocidad humana como la lengua. ¡Magnífica
ignorancia o sublime desmemoria! De nuevo mete así, a toda religión,
en su feroz ataque.
Debería saber o recordar que fue de la laicista y antirreligiosa
Ilustración de donde nació la revolución francesa
con su terror, su guillotina y sus genocidios. Y que de la revolución
francesa, de su espíritu, salieron otras muchas revoluciones, todas
ellas ateas, sangrientas y feroces: la revolución rusa, la mexicana,
la de los marxismos latinoamericanos. Y el sueño de la razón
ilustrada es también la raíz de otros totalitarismos
ateos y sumamente feroces (fascismo, nazismo, maoísmo, etc.) y
del laicismo, ateo, genocida y corruptor de costumbres, que ahora padece
nuestra civilización actual.
Por favor, don Mario, ¡lea mejores libros de historia y consulte
a algún doctor para su mala memoria!
*Dr. en Medicina y columnista de El Diario de Hoy. lfcuervo@telemovil.net.

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