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Olvidados
Repatriados carecen de apoyo en frontera

Deportados. A diario, de dos a cuatro autobuses llegan a la frontera de La Hachadura. Víctimas de asaltos, muchos vuelven sin un cinco y no tienen cómo regresar a su hogar, menos aún comer algo tras siete horas de viaje desde México. De esta realidad no se salvan los niños, a quienes alojan en las oficinas de Migración


Publicada 27 de febrero 2005 , El Diario de Hoy


Ronald Jovel
El Diario de Hoy

nacional@elsalvador.com


Caminaron días, semanas por una tierra desconocida, durmieron a la intemperie y comieron un día sí y otro no con tal de alcanzar el anhelado sueño americano.

La suerte no estuvo con ellos y el final de la historia terminó de forma abrupta antes de lo previsto.

Son los salvadoreños deportados desde México que vuelven al punto donde empezaron a labrar su futuro: la frontera de La Hachadura, en Ahuachapán.

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A diario, dos, cuatro y hasta seis autobuses traen las esperanzas que los compatriotas perdieron en algún punto del país del norte.

Migración registró sólo en enero 3,145 repatriados. En promedio, en 2004 llegaron 2,512 personas cada mes. De continuar esa tendencia se puede esperar un incremento de hasta el 20 por ciento en el número de repatriados.

El miércoles de la semana pasada, seis autobuses llegaron con indocumentados. En el rostro de cada uno aparecen las huellas de una aventura truncada y un viaje agotador.

Ningún funcionario acude a su encuentro ni tampoco cuentan con ayuda para tomar un bocado, ver cómo vuelven a su casa o siquiera para hacer una llamada de teléfono.

Los cambistas se alborotan con su llegada; sin embargo, la mayoría trae los bolsillos vacíos. El cansancio y las quejas por los malos tratos se perciben en el ambiente. Del primer autobús desciende una mujer con collarín y luego otra más; en el siguiente a duras penas desciende otra que se apoya en un bordón.

La atención de primeros auxilios, menos aún de carácter sicológico, tampoco está contemplada en la frontera.

Como cuando estaban a miles de kilómetros de su patria, hoy, en suelo salvadoreño, no les queda otra que buscarse la vida. Sólo los menores de edad tienen un sitio, aunque poco apropiado, en las oficinas de Migración.

Una mujer que llegó desde La Unión y cruzó el país en busca de su hijo no desprende su vista del automotor; otras familiares de los indocumentados hacen lo mismo.

Para muchos, tan pronto bajan del autobús, empieza la aventura de nuevo. El “contrato” con los coyotes está intacto y los llamados guías, el apoyo de los traficantes de personas, les esperan en la puerta del vehículo para intentar una nueva cruzada.

Otros muchos están en su país, pero se sienten extraños y sin saber qué hacer. Algunos avanzar unos cientos de metros y se ponen a pedir “ray”.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


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