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Óscar
Rodríguez Blanco s.d.b.*
El Diario de Hoy
editorial@ elsalvador.com
¡Que el egoísmo ceda su lugar al amor, para que podamos
experimentar la alegría del perdón y de la reconciliación
íntima con Dios y con los hermanos!
(Juan Pablo II).
Nos encontramos en camino hacia la celebración del misterio que
es eje central de nuestra fe: la resurrección de Cristo, que como
hecho histórico se hace presente con toda su fuerza salvífica.
En este caminar, que hemos iniciado el miércoles de Ceniza, se
nos invita a reconciliarnos con Dios y con el prójimo y a practicar
la oración, el ayuno y la limosna como signos de nuestro cambio
interior.
Entre las prácticas cuaresmales que son tradicionales en la iglesia,
se encuentra la del ayuno, como una expresión de la conversión
a la que Dios nos llama. Es uno de los elementos que comprometen nuestra
solidaridad para con el prójimo y, en forma especial, con los más
necesitados. En la historia de las religiones, el ayuno ha ocupado entre
sus prácticas un puesto importante, con un profundo sentido ascético
y penitencial.
Los musulmanes, en el mes de Ramadán tienen el deber de ayunar,
como un medio para frenar las pasiones, la avaricia y las mentiras. Existen
personas y grupos sociales que se sirven de un supuesto ayuno como una
arma política, que les sirve para atraer la atención sobre
alguna problemática especial, o para reclamar, ante la sociedad
o sus instituciones, sus reivindicaciones.
En nuestros días se encuentran muchas personas que ayunan por motivos
estéticos, o como una práctica llevadera que beneficia la
salud del cuerpo, purificando el organismo.
En este tiempo de Cuaresma, la liturgia y la palabra divina nos ayudan
y estimulan a practicar el ayuno, como una práctica sostenida por
la fuerza de la vida sacramental, y que supone un cambio personal verdadero,
tanto interior como exterior. El profeta Joel nos dice: Vuelvan
a mí con todo corazón, rasguen su corazón, y no sus
vestidos, y vuelvan a Yahvé su Dios, porque Él es bondadoso
y compasivo (Joel, 2,12-13), nos invita a reconocer con humildad que somos
frágiles y pecadores.
El ayuno que la iglesia nos pide tiene su fuente en la Biblia, en la que
encontramos numerosos ejemplos. Moisés ayunó durante cuarenta
días y cuarenta noches antes de recibir las tablas de la ley, cuando
la ciudad de Nínive escuchó la predicación del profeta
Jonás, ayunaron colectivamente; el Rey Saúl ayunó
antes de la batalla con los filisteos; el Rey Ajab ayunó al escuchar
la profecía de desgracia pronunciada por el profeta Elías;
el Rey David ayunó e hizo penitencia ante la persecución
injusta; cuando el Rey Nabucodonosor amenazó a los israelitas,
ellos ofrecieron alabanzas, hicieron penitencias y ayunos. En general
todos los profetas invitan al ayuno como una forma de conversión
y búsqueda de la voluntad de Dios.
Nuestro ayuno cuaresmal tiene su principal fuente en el mismo Cristo,
quien preparó su ministerio público retirándose al
desierto para orar y ayunar por cuarenta días. Si Cristo cuestionó
el ayuno de los fariseos, fue por su falta de sinceridad, por la forma
en que lo hacían, y no el ayuno en sí mismo. Cuando
ustedes hagan ayuno, no pongan cara triste, como los que dan espectáculo
y aparentan palidez, para que todos noten sus ayunos. Yo se los digo,
ellos han recibido ya su premio (Mt.6, 16).
El ayuno no tiene valor si buscamos más el aprecio de los que nos
miran que el de Dios. El ayuno va dirigido a Dios e implica, por parte
del que lo hace, una disposición interior de conversión
y de pesar por los propios pecados.
La llamada que hace el Señor a la conversión, a la penitencia
y al ayuno es, sobre todo, a la conversión del corazón.
Toda práctica cuaresmal que no lleve a un cambio de vida o, por
lo menos, que nos ponga en una actitud de querer cambiar es estéril.
Se nos pide reorientar nuestra vida, hacer una ruptura con todo aquello
que nos aparta de Dios y no nos permite ser felices, se nos invita a llenar
ese vacío que se experimenta cuando nos sentimos alejados del Señor.
El ayuno que hacemos de forma voluntaria debe tener la fuerza de orientar
nuestra vida a un compromiso más sincero con Dios y con los hermanos.
La conversión, nos enseña la Iglesia, es primeramente una
obra de la Gracia de Dios, que hace volver a Él nuestros corazones,
pero Dios no hará milagros si no existe una respuesta de nuestra
parte. Juan Pablo II nos decía el miércoles pasado: Abramos
el corazón a las sugerencias interiores de la gracia. ¡Que
el egoísmo ceda su lugar al amor, para que podamos experimentar
la alegría del perdón y de la reconciliación íntima
con Dios y con los hermanos!
*Párroco de la iglesia de María
Auxiliadora (Don Rúa).
e-mail: osrobla@hotmail.com

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