elsalvador.com WWW
Portada Nacional El País Deportes Metro Negocios Editorial RUZ Vida Internacionales Por el mundo

Punto de vista
El burro, su quijada, el átomo y el ADN

Al leer sobre la nueva genética, se me ha venido a la mente lo sucedido a mediados del siglo pasado con la energía nuclear. Igual que los genes, los átomos tienen posibilidades casi infinitas.

Publicada 26 de febrero 2005, El Diario de Hoy



Carlos Mayora Re
El Diario de Hoy

carlos@mayora.org

“El futuro de cualquier país depende de ser capaces de criar niños como Diana y Nicolás, llenos de curiosidad, inteligencia y sabiduría. De tener madres como Mary, listas, generosas y comprometidas. Y abuelos con valores como Marjorie y Tony, Jay y Anne...”, escribe Juan Enríquez Cabot, de la Escuela de Negocios de Harvard.

Hasta hace poco, la riqueza se medía en producción de bienes y servicios. Pero las cosas cambian a una velocidad sorprendente. Lo demuestra el autor (y de ello habló recientemente en una conferencia en San Salvador), quien sostiene y prueba que la piedra filosofal de nuestros días ya no es la producción, sino el conocimiento. Pero no cualquier conocimiento, sino de manera específica el conocimiento de genética, bioingeniería, biocomputación, del nanomundo...

Desde mediados del siglo pasado, la biología, la ciencia de la vida, ha dejado de ser descriptiva y, a una velocidad fulminante, ha comenzado a ser proactiva: ya no se contenta con saber cómo son los seres vivos, ahora (en cuenta al hombre) quiere transformarlos. Esto, además de los obvios problemas técnicos, plantea también problemas éticos, y por eso lo que hasta aquí parecía marchar sobre ruedas, se complica cuando los investigadores se dan cuenta de que no compensa hacer cualquier cosa, simplemente, porque es de forma técnica posible.

Esto lo sabe muy bien Enríquez Cabot, y por ello no deja de plantear el dilema en que nos encontramos de cara a las transformaciones técnicas que se dan en el mundo. Utiliza la imagen de la ola arrolladora para referirse a la tecnología.

Después de leer sus puntos de vista, saco la conclusión de que ante la revolución tecnológica, ante esa ola poderosa, podemos conseguir una buena tabla de surf o intentar pararla y salir revolcados, si no es que nos ahogamos en el intento. La ola es rápida, violenta, súbita. Pero se puede dominar. Para ello hacen falta instrumentos (la tabla), conocimientos (de física elemental) y habilidades (saber surfear). Hace falta gente curiosa, inteligente, sabia, lista, generosa, comprometida y con valores, como Diana, Nicolás y familia.

Parte de esos instrumentos, conocimientos y habilidades que nos permitirá sacar el máximo provecho de la revolución genética es, precisamente, la ética. No es la única, no es un dique que intentará contener la ola: es una sabiduría, una sabiduría imprescindible; que evoluciona, que descubre novedades, que se adapta a los tiempos, como la ciencia, porque la ética también es ciencia.

Al leer sobre la nueva genética, se me ha venido a la mente lo sucedido a mediados del siglo pasado con la energía nuclear. Igual que los genes, los átomos tienen posibilidades casi infinitas. Igual que los protones y neutrones, la manipulación del ADN puede resultar en grandes avances para la humanidad (como la producción barata de energía y la curación de enfermedades) o desastres como el de Hiroshima o Chernobyl.

Según mi experiencia, quienes ven en la ética un freno a la ciencia suelen no conocer a fondo ni la ética ni la ciencia. La ciencia no es más que un medio para alcanzar unos fines. Todos estamos de acuerdo en que no se pueden buscar fines perversos, pero la discusión se abre cuando se considera si unos fines buenos pueden justificar unos medios perversos.

La tentación de dominar, de manipular, de utilizar los medios para fines desviados es tan antigua como Caín y Abel. Desde que el primero mató a su hermano con una quijada de burro, los hombres se dieron cuenta de que el poder de construir o destruir no reside en el medio en sí, sino en la utilización libre que de él se haga. La genética no es más que una quijada de burro infinitamente más complicada, pero medio al fin.

Bienvenida sea la ciencia mientras esté al servicio del hombre y no en contra suya. Lamentablemente, las cosas son de tal modo que los científicos, y los hombres de negocios (a quienes se les ve juntos cada vez más) necesitan que alguien que no sea juez y parte en el asunto les recuerde que la ética tiene un lugar, muy importante, en el discurso global.

La tecnología acelera los cambios (positivos o negativos). Nuestro mundo será de manera radical diferente a la vuelta de muy pocos años. Dios quiera que no aprendamos la lección como la aprendieron nuestros abuelos, con horrores como los de Auschwitz o el Khmer Rojo. Estamos a tiempo, pero debemos aprender a hacer surf en el “tsunami” antes de que nos sepulte.
*Ing. Industrial, Dr. en Filosofía y columnista de El Diario de Hoy.


elsalvador.com WWW