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Carlos Mayora Re
El Diario de Hoy
carlos@mayora.org
El futuro de cualquier país depende de ser capaces de criar
niños como Diana y Nicolás, llenos de curiosidad, inteligencia
y sabiduría. De tener madres como Mary, listas, generosas y comprometidas.
Y abuelos con valores como Marjorie y Tony, Jay y Anne..., escribe
Juan Enríquez Cabot, de la Escuela de Negocios de Harvard.
Hasta hace poco, la riqueza se medía en producción de bienes
y servicios. Pero las cosas cambian a una velocidad sorprendente. Lo demuestra
el autor (y de ello habló recientemente en una conferencia en San
Salvador), quien sostiene y prueba que la piedra filosofal de nuestros
días ya no es la producción, sino el conocimiento. Pero
no cualquier conocimiento, sino de manera específica el conocimiento
de genética, bioingeniería, biocomputación, del nanomundo...
Desde mediados del siglo pasado, la biología, la ciencia de la
vida, ha dejado de ser descriptiva y, a una velocidad fulminante, ha comenzado
a ser proactiva: ya no se contenta con saber cómo son los seres
vivos, ahora (en cuenta al hombre) quiere transformarlos. Esto, además
de los obvios problemas técnicos, plantea también problemas
éticos, y por eso lo que hasta aquí parecía marchar
sobre ruedas, se complica cuando los investigadores se dan cuenta de que
no compensa hacer cualquier cosa, simplemente, porque es de forma técnica
posible.
Esto lo sabe muy bien Enríquez Cabot, y por ello no deja de plantear
el dilema en que nos encontramos de cara a las transformaciones técnicas
que se dan en el mundo. Utiliza la imagen de la ola arrolladora para referirse
a la tecnología.
Después de leer sus puntos de vista, saco la conclusión
de que ante la revolución tecnológica, ante esa ola poderosa,
podemos conseguir una buena tabla de surf o intentar pararla y salir revolcados,
si no es que nos ahogamos en el intento. La ola es rápida, violenta,
súbita. Pero se puede dominar. Para ello hacen falta instrumentos
(la tabla), conocimientos (de física elemental) y habilidades (saber
surfear). Hace falta gente curiosa, inteligente, sabia, lista, generosa,
comprometida y con valores, como Diana, Nicolás y familia.
Parte de esos instrumentos, conocimientos y habilidades que nos permitirá
sacar el máximo provecho de la revolución genética
es, precisamente, la ética. No es la única, no es un dique
que intentará contener la ola: es una sabiduría, una sabiduría
imprescindible; que evoluciona, que descubre novedades, que se adapta
a los tiempos, como la ciencia, porque la ética también
es ciencia.
Al leer sobre la nueva genética, se me ha venido a la mente lo
sucedido a mediados del siglo pasado con la energía nuclear. Igual
que los genes, los átomos tienen posibilidades casi infinitas.
Igual que los protones y neutrones, la manipulación del ADN puede
resultar en grandes avances para la humanidad (como la producción
barata de energía y la curación de enfermedades) o desastres
como el de Hiroshima o Chernobyl.
Según mi experiencia, quienes ven en la ética un freno a
la ciencia suelen no conocer a fondo ni la ética ni la ciencia.
La ciencia no es más que un medio para alcanzar unos fines. Todos
estamos de acuerdo en que no se pueden buscar fines perversos, pero la
discusión se abre cuando se considera si unos fines buenos pueden
justificar unos medios perversos.
La tentación de dominar, de manipular, de utilizar los medios para
fines desviados es tan antigua como Caín y Abel. Desde que el primero
mató a su hermano con una quijada de burro, los hombres se dieron
cuenta de que el poder de construir o destruir no reside en el medio en
sí, sino en la utilización libre que de él se haga.
La genética no es más que una quijada de burro infinitamente
más complicada, pero medio al fin.
Bienvenida sea la ciencia mientras esté al servicio del hombre
y no en contra suya. Lamentablemente, las cosas son de tal modo que los
científicos, y los hombres de negocios (a quienes se les ve juntos
cada vez más) necesitan que alguien que no sea juez y parte en
el asunto les recuerde que la ética tiene un lugar, muy importante,
en el discurso global.
La tecnología acelera los cambios (positivos o negativos). Nuestro
mundo será de manera radical diferente a la vuelta de muy pocos
años. Dios quiera que no aprendamos la lección como la aprendieron
nuestros abuelos, con horrores como los de Auschwitz o el Khmer Rojo.
Estamos a tiempo, pero debemos aprender a hacer surf en el tsunami
antes de que nos sepulte.
*Ing. Industrial, Dr. en Filosofía y columnista
de El Diario de Hoy.

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