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Ismael
Pérez Vigil *
El Diario de Hoy
editorial@ elsalvador.com
Caracas. (AIPE).- El sistema judicial de un país es el basamento
de su credibilidad, de su armonía y de su paz. El caso emblemático
del desorden judicial en Venezuela es el del abogado Tulio Álvarez,
a quien recientemente le fue dictada sentencia provisional, condenándolo
a más de dos años de cárcel.
Tulio Álvarez era el abogado de unos trabajadores jubilados que
reclaman sus derechos en contra del ex presidente de la Asamblea Nacional
William Lara, militante del MVR, uno de los partidos que apoya al Presidente
Hugo Chávez. El diputado Lara acusó a Tulio Álvarez
de difamación por revelar a la prensa un informe de la Contraloría
de la Asamblea, donde constaban las irregularidades cometidas.
Álvarez fue también el abogado que en el año 2000
inició un juicio penal por el financiamiento ilícito de
la campaña electoral del Presidente Chávez y el MVR por
parte del banco BBVA, confirmadas por el juez español Baltasar
Garzón y luego admitidas por el banco. Más recientemente,
fue el abogado que en nombre de la Coordinadora Democrática de
oposición condujo las investigaciones sobre los resultados del
referendo presidencial del 15 de agosto de 2004 y que acusó al
Consejo Nacional Electoral de haber cometido fraude en ese proceso y al
Gobierno de alterar el Registro Electoral, inscribiendo a miles de personas
sin cumplir los requisitos legales para votar.
Lo de Álvarez no es extraño. En materia de justicia, desde
que Venezuela transita la vía revolucionaria, no hay nada que no
hayamos visto. El Gobierno recién electo ejerció presión
hasta conseguir que los magistrados de la antigua Corte Suprema de Justicia
renunciaran. Luego la Asamblea Nacional Constituyente (ANC), sin tener
mandato para ello, designó a los miembros del máximo tribunal.
Después, la denominada Comisión Legislativa o Congresillo,
designada por la ANC, nombró a los poderes públicos: el
Fiscal General, el Defensor del Pueblo, el Contralor, el Poder Electoral
y los integrantes del nuevo Tribunal Supremo de Justicia (TSJ).
Y el mismo TSJ, ante el recurso de nulidad intentado por la Defensora
del Pueblo contra el nombramiento del Poder Electoral por el Congresillo,
al margen de lo establecido en la Constitución recién promulgada,
justificó la validez del nombramiento y, sin que se le pidiera
opinión, aseguró que los requisitos constitucionales para
elegir los Poderes Públicos debían cumplirse, excepto en
su propio caso, sobre el cual decidió que eran válidos otros
criterios distintos a los que establece la Constitución.
A partir de allí, nada tiene de raro que el TSJ haya aceptado que
la Asamblea Nacional (AN), electa en el año 2000, podía
modificar la Ley Orgánica del Tribunal con mayoría simple,
en vez de hacerlo con mayoría calificada, como dice la Constitución;
que haya aceptado que algunos de los nuevos magistrados fuesen miembros
de la Asamblea, en representación de algunos partidos políticos,
y que los magistrados, comenzando por el propio presidente del Tribunal,
afirmen que le van a ser fieles al proceso antes que a la
justicia y al Estado de Derecho. Ésa es la clase de justicia
revolucionaria que hoy tenemos.
Por supuesto que se cubren todas las apariencias: hay un Tribunal Supremo,
electo por la AN. Pero ese órgano está dominado por el Poder
Ejecutivo y la oposición ni siquiera participa en las deliberaciones.
El Tribunal es el que nombra y remueve los jueces; más del 80%
de ellos es de carácter provisional, al no haber concurso para
escogerlos y algunos ni siquiera cumplen los requisitos establecidos en
las leyes. Basta un requisito: estar con el proceso revolucionario.
De esta manera, el Gobierno se garantiza una fidelidad absoluta a la hora
de castigar la disidencia, y no hace falta que persiga directamente a
sus enemigos, sino que utiliza para ello el sistema que ha creado y que
domina sin ningún cuestionamiento.
El caso Álvarez muestra cómo intimidan a los abogados que
asumen causas en contra del Gobierno o sus funcionarios y que osen criticar
al régimen. Así intimidan a la disidencia política
y vulneran el derecho a la defensa. Esto se conoce como los débiles
jurídicos y es considerado internacionalmente como grave
violación de los derechos humanos.
En Venezuela, si como abogado defiendes una causa, eres acusado de difamación
y te anticipan la sentencia prohibiéndote la salida del país,
aunque sea una causa privada y no aplique esa pena; si utilizas a tu cliente
como testigo, lo meten preso en el mismo momento de la declaración;
si promueves otros testigos, no los dejan declarar y emiten sentencia
antes de que todos tus testigos acudan; no se te permite promover pruebas
y si las presentas, no las admiten; si recusas al juez, no se da por enterado
o él mismo decide sobre la recusación, etc.
Mientras tanto, parlamentarios europeos y norteamericanos nos visitan,
se reúnen con personeros del Gobierno, quienes les muestran los
logros de la revolución bonita, y se despiden con declaraciones
deplorando las críticas de la oposición.
*Politólogo venezolano. © www.aipenet.com

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