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Marvin Galeas
El Diario de Hoy
marvingaleas@cinco. com.sv
Usted no es un asesino cualquiera, como esos pobres diablos acabados
por el crack y el guaro macho adulterado; esos que por robar un celular
hunden sin compasión el puñal en el desprevenido caminante.
Usted, claro, es diferente. Sus millones provienen de algunos secuestrillos
y de haber derivado fondos destinados a la guerra, para sus cuentas bancarias
y sus propiedades. Alguien muy informado me dijo que usted se encuentra
entre los 25 hombres más ricos de El Salvador.
Usted, que, como tantos otros, a lo mejor se metió a la guerra
por idealismo, terminó por agarrarle gusto al gatillo y, como nunca
estudió nada ni aprendió ningún oficio, vive esquilmando
a las ONG y dirigiendo desde la oscuridad toda clase de actos delictivos.
Aunque públicamente usted aparezca con algún cargo político
y con un salario de clase media, sé que su negocio siguen siendo
asuntos clandestinos, oscuros, ilegales y no pocas veces chispeados de
sangre. Su reino no es de este mundo, pertenece al reino de los seudónimos
y la trastienda, la falsedad material y la falsedad ideológica.
(Esto último en su doble connotación).
¿Saben los de allá, del norte de Chalatenango y de Morazán,
cerros de San Pedro o del sur de Usulután, cuál es la marca
de su lujosa camioneta de vidrios polarizados y con aire acondicionado?
¿Saben de su predilección por el buen whisky y de la pataleta
que le armó a la línea aérea cuando no pudo viajar
en primera clase? ¿Saben de los delicados placeres de los que goza
en sus viajes al exterior?
De todas maneras, a usted no le importa mucho la suerte de los que siempre
estarán en la categoría de humilde pueblo salvadoreño,
esa masa anónima tan útil para desplumar a los donantes
europeos.
Usted, que azuzó a sus secuaces para que me enviaran amenazas de
muerte anónimas, que manipula a escribidores (generalmente mediocres
con ínfulas de genios) para que desde sus espacios virtuales
lancen las más asquerosas calumnias; usted, que coloca en boca
de personas cegadas por el fanatismo palabras como vendido,
es en realidad el peor lastre que por ahora vive en el país. Lo
es por ser fabricante de angustias, por manipulador y por aliarse con
tiranos y terroristas de la peor calaña para conspirar contra su
propio país. Usted sí que es un vendido.
A usted, señor de las sombras, va esta carta. Omito su nombre,
no por miedo (aprendí a controlarlo a fuerza de años y años
bajo balas y bombas y de tanto ver morir a la gente que quería).
Lo omito, porque me doy perfecta cuenta del innegable miedo que provoca
en los encargados de impartir justicia.
No quiero desperdiciar tiempo en juzgados, para que después un
juez con el alma embargada al diablo me condene por... ¡calumnias!
La mayoría de los que fuimos a la guerra, cuando ésta terminó,
se dedicó a rehacer sus vidas. Unos pusieron pequeños negocios:
tienditas, fotocopiadoras, cervecerías, ferreterías; otros,
los que habían estudiado, se hicieron profesores universitarios,
consultores o abrieron sus propias oficinas profesionales.
En mi caso particular, pues allí, trabajando, desde muy temprano
en la mañana hasta muy tarde en la noche, en la empresa de comunicaciones
que con mi esposa iniciamos hace unos años.
¿Y usted? ¿Qué hace? ¿Qué produce?
¿Qué servicios presta, aparte de planificar el relajo? Nada.
Allí está, disfrutando de los millones que a otras personas
les costaron tanto esfuerzo. Usted nunca aparece en público; se
mueve, como decía, en las sombras, es el rey del trabajo sucio,
el arquitecto del atentado, el gran editor de las amenazas anónimas,
el hombre de confianza de el de más arriba. Pero yo lo conozco,
sé bien quién es.
Sé que, en el fondo, es un fanfarrón y que sus poses de
James Bond del terror no son más que una manera de encubrir una
personalidad atormentada y acomplejada.
Le escribo esta carta pública para que quede constancia de que
sus anónimos no son tales para mí. Y no es que esté
alardeando de héroe. Para nada. Nunca he pretendido ser ni héroe
ni mártir ni apóstol. Sólo soy un ciudadano con errores
y aciertos, que trabaja por su país y por su familia.
Algo me dice que usted no acabará bien sus días. Demasiada
maldad como lo que hizo con aquel pobre niño no puede
quedar impune. Es más, presiento que sus noches son de pesadilla,
que su ropa de marca huele a ruda y cementerio, que su whisky de las cinco
de la tarde sabe a sangre y que cada uno de sus minutos los vive con la
plena certeza de que no hay crimen sin castigo.
*Columnista de El Diario de Hoy.

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