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Señor de las sombras
Carta a un asesino

Le escribo esta carta pública para que quede constancia de que sus anónimos no son tales para mí. Y no es que esté alardeando de héroe. Para nada. Nunca he pretendido ser ni héroe ni mártir ni apóstol.

Publicada 24 de febrero 2005, El Diario de Hoy


Marvin Galeas
El Diario de Hoy

marvingaleas@cinco. com.sv

Usted no es un asesino cualquiera, como esos pobres diablos acabados por el crack y el guaro macho adulterado; esos que por robar un celular hunden sin compasión el puñal en el desprevenido caminante. Usted, claro, es diferente. Sus millones provienen de algunos secuestrillos y de haber derivado fondos destinados a la guerra, para sus cuentas bancarias y sus propiedades. Alguien muy informado me dijo que usted se encuentra entre los 25 hombres más ricos de El Salvador.

Usted, que, como tantos otros, a lo mejor se metió a la guerra por idealismo, terminó por agarrarle gusto al gatillo y, como nunca estudió nada ni aprendió ningún oficio, vive esquilmando a las ONG y dirigiendo desde la oscuridad toda clase de actos delictivos.

Aunque públicamente usted aparezca con algún cargo político y con un salario de clase media, sé que su negocio siguen siendo asuntos clandestinos, oscuros, ilegales y no pocas veces chispeados de sangre. Su reino no es de este mundo, pertenece al reino de los seudónimos y la trastienda, la falsedad material y la falsedad ideológica. (Esto último en su doble connotación).

¿Saben los de allá, del norte de Chalatenango y de Morazán, cerros de San Pedro o del sur de Usulután, cuál es la marca de su lujosa camioneta de vidrios polarizados y con aire acondicionado? ¿Saben de su predilección por el buen whisky y de la pataleta que le armó a la línea aérea cuando no pudo viajar en primera clase? ¿Saben de los delicados placeres de los que goza en sus viajes al exterior?

De todas maneras, a usted no le importa mucho la suerte de los que siempre estarán en la categoría de “humilde pueblo salvadoreño”, esa masa anónima tan útil para desplumar a los donantes europeos.

Usted, que azuzó a sus secuaces para que me enviaran amenazas de muerte anónimas, que manipula a escribidores (generalmente mediocres con ínfulas de genios) para que desde sus espacios “virtuales” lancen las más asquerosas calumnias; usted, que coloca en boca de personas cegadas por el fanatismo palabras como “vendido”, es en realidad el peor lastre que por ahora vive en el país. Lo es por ser fabricante de angustias, por manipulador y por aliarse con tiranos y terroristas de la peor calaña para conspirar contra su propio país. Usted sí que es un vendido.

A usted, señor de las sombras, va esta carta. Omito su nombre, no por miedo (aprendí a controlarlo a fuerza de años y años bajo balas y bombas y de tanto ver morir a la gente que quería). Lo omito, porque me doy perfecta cuenta del innegable miedo que provoca en los encargados de impartir justicia.

No quiero desperdiciar tiempo en juzgados, para que después un juez con el alma embargada al diablo me condene por... ¡calumnias!

La mayoría de los que fuimos a la guerra, cuando ésta terminó, se dedicó a rehacer sus vidas. Unos pusieron pequeños negocios: tienditas, fotocopiadoras, cervecerías, ferreterías; otros, los que habían estudiado, se hicieron profesores universitarios, consultores o abrieron sus propias oficinas profesionales.

En mi caso particular, pues allí, trabajando, desde muy temprano en la mañana hasta muy tarde en la noche, en la empresa de comunicaciones que con mi esposa iniciamos hace unos años.

¿Y usted? ¿Qué hace? ¿Qué produce? ¿Qué servicios presta, aparte de planificar el relajo? Nada. Allí está, disfrutando de los millones que a otras personas les costaron tanto esfuerzo. Usted nunca aparece en público; se mueve, como decía, en las sombras, es el rey del trabajo sucio, el arquitecto del atentado, el gran editor de las amenazas anónimas, el hombre de confianza de el de más arriba. Pero yo lo conozco, sé bien quién es.

Sé que, en el fondo, es un fanfarrón y que sus poses de James Bond del terror no son más que una manera de encubrir una personalidad atormentada y acomplejada.

Le escribo esta carta pública para que quede constancia de que sus anónimos no son tales para mí. Y no es que esté alardeando de héroe. Para nada. Nunca he pretendido ser ni héroe ni mártir ni apóstol. Sólo soy un ciudadano con errores y aciertos, que trabaja por su país y por su familia.

Algo me dice que usted no acabará bien sus días. Demasiada maldad —como lo que hizo con aquel pobre niño— no puede quedar impune. Es más, presiento que sus noches son de pesadilla, que su ropa de marca huele a ruda y cementerio, que su whisky de las cinco de la tarde sabe a sangre y que cada uno de sus minutos los vive con la plena certeza de que no hay crimen sin castigo.
*Columnista de El Diario de Hoy.

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