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Opinando
Ética: Mentir no es astucia

El aspecto moralizador del plan “EDUCO” cubre con medidas correctivas a los niños y juventud, pero si no se amplía a los adultos de toda edad y a las universidades, se produce un conflicto hogareño de criterios.

Publicada 23 de febrero 2005, El Diario de Hoy

Monedero Alfaro*
El Diario de Hoy

editorial@ elsalvador.com

“La verdad y buena fe, conjuntamente constituyen la piedra angular de la ventura particular y general”.

Gral. Eloy Alfaro, Ecuador 1842-1912.
La prolongada e intensa influencia comunista durante más de setenta años, su espejismo de éxito engañabobos y los residuos de la guerra en El Salvador distorsionaron el sistema de valores éticos.

Para colmo, el Ministerio de Educación, en 1969, se dice que con la cola pateada por los pro soviéticos para atontar a las generaciones por venir, y poder manipularlas con más facilidad, reformó los planes educativos, eliminando la moral, la lógica y filosofía, y el civismo, como materias obligatorias, dañando durante cuarenta años la educación, hasta que afortunadamente el plan “EDUCO” las reincorporó para volver a enseñar a decernir con claridad y una conciencia correcta.

Así durante cuatro décadas, el mal y antiguo hábito de mentir, más común en los de origen mediterráneo que en sajones y nórdicos, casi que se convierte en un deporte y motivo de presunción como muestra de astucia.

Mentir es tan grave en los países desarrollados, que prevalece el criterio de que “nadie es culpable hasta que no se lo demuestren”; en cambio, en nuestro país prevalece del Código Napoleónico: “se es culpable hasta que no se demuestre su inocencia”.

Dos términos muy distintos son la inteligencia y el ser astuto. El primero implica un don natural civilizadamente desarrollado, mientras que la astucia por sí sola se limita a lo que de animal prevalece en los humanos; su ética combinación resulta indispensable para progresar con decencia.

Engañar y mentir en nuestro país se manifiesta desde justificarse el no contestar llamadas telefónicas, calumniar y desacreditar al prójimo, defraudar al fisco, corromper y ser corrompido, la usura, “los chanchullos” y las escandalosas estafas, entre otros efectos de tener una conciencia distorsionada, o no ponerse la mano sobre ella y seguir el camino correcto.

“Siempre he sabido cuál es el cambio correcto, pero me ha sido malditamente tan difícil tomarlo”, dijo un ex convicto al defender a un joven de trayectoria limpia.
En pocas palabras, lo peor es engañarse solo.

El aspecto moralizador del plan “EDUCO” cubre con medidas correctivas a los niños y juventud, pero si no se amplía a los adultos de toda edad y a las universidades, se produce un conflicto hogareño de criterios que resultará sumamente dañino en la formación de las nuevas generaciones.

*Colaborador de El Diario de Hoy.

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