elsalvador.com WWW
Portada Nacional El País Deportes Metro Negocios Editorial RUZ Vida Internacionales Por el mundo

En economía
La falacia de las estadísticas

El pretendido mensaje de este breve artículo es que hay que restaurar la credibilidad de la información económica, empezando por poner en práctica la centralización de la producción de estadísticas económicas.

Publicada 22 de febrero 2005, El Diario de Hoy


Rafael Rodríguez Loucel
El Diario de Hoy

editorial@ elsalvador.com

En la actualidad existen estadísticas para toda clase de fenómenos sociales, económicos, políticos, ambientales y muchos otros. En la rama específica de la economía, las más conocidas y comparables a nivel internacional son las relacionadas con el Producto Interno Bruto (PIB) y los porcentajes resultantes de dividir otras variables como nominador y el PIB como denominador. Dichas variables se identifican con el consumo, la inversión, las exportaciones, deuda (privada y pública), ingresos y gastos gubernamentales, inversión (privada y pública) y un grande etcétera.

El acceso a esas cifras en el pasado era difícil, y el productor de la mayoría de las mismas (BCR) era hermético en proporcionar información. Hoy en día están a disposición de los analistas económicos y de otros profesionales curiosos en páginas web y en publicaciones diversas. Por tal razón, los estimados y proyecciones abundantes dan pauta a la exigencia de estadísticas más confiables, que reflejen el acontecer económico con mucha mayor veracidad y exactitud.

El FMI y otros organismos reclaman revisión de las metodologías de cálculo, en vista de la obsolescencia y de la frecuente revisión y alteración de dichas estadísticas. Un ejemplo reciente de cambios en las cifras es el crecimiento del PIB y el déficit fiscal, por lo tanto, se hace necesaria una amplia revisión de los métodos utilizados y una difusión amplia de las metodologías que se emplean para el cálculo de dichas variables.

Por otra parte, hay cifras de uso extensivo y popular que son usadas de manera comparativa a nivel internacional y hasta por supuestos neófitos en materia económica, como indicadores de referencia en promociones publicitarias.

El caso más conocido es el del mencionado PIB, que por sí solo refleja el crecimiento productivo a nivel país y dividido entre el número de habitantes un supuesto ingreso promedio por habitante, y nada más.

Es la concentración o distribución del ingreso, que por cierto no es un dato muy difundido, la que podría dar una idea preliminar, en compañía de otros indicadores sociales, de la calidad material de vida y de un indicio del bienestar colectivo de la población.

Los niveles de ocupación y el costo de la canasta básica urbana y rural serían datos más fehacientes para detectar aspectos cualitativos como los señalados. A propósito de estadísticas de empleo, la subocupación o empleo disfrazado ha distorsionado esta estratégica información de una meta del quehacer económico de este país como es la utilización óptima del factor productivo más abundante.

Por otra parte, la tasa de inflación se ha vuelto un tema de discusión: su año base, la cantidad de artículos, la ponderación de estos últimos, la canasta rural o urbana, además de otras. Una hipótesis que insinúa una mayor inflación es que muchos bienes y servicios en la zona urbana que en el año 2000 valían ¢5.00, hoy valen $1.00, o sea un 75% más (corte de pelo, útiles escolares, consulta médica, el pasaje del transporte colectivo, teléfono, agua, energía eléctrica, etc.). Alguien en la calle me dijo: “Las bolsitas plásticas con fruta valían ¢2.00 hoy valen $0.40”.

Un indicador que relaciona el PIB con la inflación es el ingreso “real” por habitante, cuyo resultado en la actualidad es negativo, porque equivale a un menor poder adquisitivo por todos percibido, no obstante ser una información oficial con poco énfasis, lo que abona a la falacia de la información de la que hablamos.

Un dato polémico es el que se refiere a la pobreza, que se clasifica en relativa y absoluta, catego- rías que surgen de niveles de ingreso contrastados con el costo de la canasta básica, ambos datos de dudosa veracidad. Pareciera que la diferencia lo hace la fuente, sea ésta pública o privada. Existen otros datos económicos igualmente importantes pertenecientes a la corriente financiera como la deuda externa privada, cuya desagregación se desconoce, lo que dificulta el análisis integral del panorama económico del país.

Sólo por citar una fuente primaria de información que requiere una actualización: aún se sigue utilizando el censo de población del año de 1992, pero cada año sale a luz una Encuesta de Hogares y Propósitos Múltiples como lo novedoso, cuando en realidad se necesita un nuevo censo, pues ya superamos el límite temporal que recomiendan los expertos en demografía.

El pretendido mensaje de este breve artículo es que hay que restaurar la credibilidad de la información económica, empezando por poner en práctica la centralización de la producción de estadísticas económicas y sociales en un organismo confiable, que aplique métodos modernos, accesibles y transparentes.

*Lic. en Economía.


elsalvador.com WWW