|

Rafael Rodríguez Loucel
El Diario de Hoy
editorial@ elsalvador.com
En la actualidad existen estadísticas para toda clase de fenómenos
sociales, económicos, políticos, ambientales y muchos otros.
En la rama específica de la economía, las más conocidas
y comparables a nivel internacional son las relacionadas con el Producto
Interno Bruto (PIB) y los porcentajes resultantes de dividir otras variables
como nominador y el PIB como denominador. Dichas variables se identifican
con el consumo, la inversión, las exportaciones, deuda (privada
y pública), ingresos y gastos gubernamentales, inversión
(privada y pública) y un grande etcétera.
El acceso a esas cifras en el pasado era difícil, y el productor
de la mayoría de las mismas (BCR) era hermético en proporcionar
información. Hoy en día están a disposición
de los analistas económicos y de otros profesionales curiosos en
páginas web y en publicaciones diversas. Por tal razón,
los estimados y proyecciones abundantes dan pauta a la exigencia de estadísticas
más confiables, que reflejen el acontecer económico con
mucha mayor veracidad y exactitud.
El FMI y otros organismos reclaman revisión de las metodologías
de cálculo, en vista de la obsolescencia y de la frecuente revisión
y alteración de dichas estadísticas. Un ejemplo reciente
de cambios en las cifras es el crecimiento del PIB y el déficit
fiscal, por lo tanto, se hace necesaria una amplia revisión de
los métodos utilizados y una difusión amplia de las metodologías
que se emplean para el cálculo de dichas variables.
Por otra parte, hay cifras de uso extensivo y popular que son usadas de
manera comparativa a nivel internacional y hasta por supuestos neófitos
en materia económica, como indicadores de referencia en promociones
publicitarias.
El caso más conocido es el del mencionado PIB, que por sí
solo refleja el crecimiento productivo a nivel país y dividido
entre el número de habitantes un supuesto ingreso promedio por
habitante, y nada más.
Es la concentración o distribución del ingreso, que por
cierto no es un dato muy difundido, la que podría dar una idea
preliminar, en compañía de otros indicadores sociales, de
la calidad material de vida y de un indicio del bienestar colectivo de
la población.
Los niveles de ocupación y el costo de la canasta básica
urbana y rural serían datos más fehacientes para detectar
aspectos cualitativos como los señalados. A propósito de
estadísticas de empleo, la subocupación o empleo disfrazado
ha distorsionado esta estratégica información de una meta
del quehacer económico de este país como es la utilización
óptima del factor productivo más abundante.
Por otra parte, la tasa de inflación se ha vuelto un tema de discusión:
su año base, la cantidad de artículos, la ponderación
de estos últimos, la canasta rural o urbana, además de otras.
Una hipótesis que insinúa una mayor inflación es
que muchos bienes y servicios en la zona urbana que en el año 2000
valían ¢5.00, hoy valen $1.00, o sea un 75% más (corte
de pelo, útiles escolares, consulta médica, el pasaje del
transporte colectivo, teléfono, agua, energía eléctrica,
etc.). Alguien en la calle me dijo: Las bolsitas plásticas
con fruta valían ¢2.00 hoy valen $0.40.
Un indicador que relaciona el PIB con la inflación es el ingreso
real por habitante, cuyo resultado en la actualidad es negativo,
porque equivale a un menor poder adquisitivo por todos percibido, no obstante
ser una información oficial con poco énfasis, lo que abona
a la falacia de la información de la que hablamos.
Un dato polémico es el que se refiere a la pobreza, que se clasifica
en relativa y absoluta, catego- rías que surgen de niveles de ingreso
contrastados con el costo de la canasta básica, ambos datos de
dudosa veracidad. Pareciera que la diferencia lo hace la fuente, sea ésta
pública o privada. Existen otros datos económicos igualmente
importantes pertenecientes a la corriente financiera como la deuda externa
privada, cuya desagregación se desconoce, lo que dificulta el análisis
integral del panorama económico del país.
Sólo por citar una fuente primaria de información que requiere
una actualización: aún se sigue utilizando el censo de población
del año de 1992, pero cada año sale a luz una Encuesta de
Hogares y Propósitos Múltiples como lo novedoso, cuando
en realidad se necesita un nuevo censo, pues ya superamos el límite
temporal que recomiendan los expertos en demografía.
El pretendido mensaje de este breve artículo es que hay que restaurar
la credibilidad de la información económica, empezando por
poner en práctica la centralización de la producción
de estadísticas económicas y sociales en un organismo confiable,
que aplique métodos modernos, accesibles y transparentes.
*Lic. en Economía.

|