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Albert
Rohan*
El Diario de Hoy
editorial@ elsalvador.com
El Presidente George Bush pronto viajará a Europa y el Presidente
Jacques Chirac visitará Washington. El ministro de Relaciones
Exteriores de la Unión Europea, Javier Solana, ya estuvo
ahí y regresó a Europa optimista sobre la cooperación
trasatlántica. Al menos el ambiente de las relaciones, en efecto,
mejoró desde las elecciones presidenciales estadounidenses, y ambas
partes han expresado buena voluntad. Con todo, hay pocas razones para
un optimismo genuino.
La intención declarada de Bush de explicar mejor los motivos
de sus decisiones a sus aliados no es suficiente. Los europeos no
quieren explicaciones, quieren que se les consulte y así
tener participación en la toma de decisiones estadounidense para
ver reflejadas sus preocupaciones en la política exterior de ese
país. Es poco probable que algo así suceda.
Por el contrario, Estados Unidos sigue frustrando de manera gradual los
esfuerzos de Europa para establecer un orden internacional normativo.
No hay señales de que la administración Bush esté
cediendo, por ejemplo, en lo que se refiere a Naciones Unidas, el Protocolo
de Kyoto, la Corte Penal Internacional, la prohibición al uso de
minas terrestres o el Tratado Antimisiles.
En Iraq, los europeos concuerdan totalmente con los objetivos estadounidenses
de preservar la unidad del país y lograr, al menos, un mínimo
de democracia. Al mismo tiempo, piensan que es responsabilidad de Estados
Unidos eliminar el caos que creó, por lo que están renuentes
a contribuir en la tarea de modo sustancial. Las actitudes europeas podrían
parecer miopes a los estadounidenses, pero se requeriría de mucha
labor de convencimiento para cambiarlas.
Existe un consenso general sobre los objetivos que se quieren alcanzar
en el conflicto israelí-palestino: el fin de la violencia y una
solución pacífica basada en el concepto de dos estados soberanos.
Sin embargo, los europeos consideran que la reciente opinión expresada
por Bush de que la democracia palestina y no la ocupación
israelí de Cisjordania es la clave del problema está
mal concebida.
Con relación a la capacidad nuclear de Irán, los estadounidenses
y los europeos también coinciden en lo fundamental: es necesario
impedirla. Mientras que Estados Unidos trata de lograr esto a través
del poder duro, del cambio de régimen, de sanciones y de amenazas
sobre una intervención militar preventiva, Europa utiliza el poder
suave, la diplomacia, la inclusión y la asociación.
Desafortunadamente, este juego del policía bueno y el malo
no funciona en la política internacional. Los esfuerzos europeos
para inducir a Teherán a renunciar a sus pretensiones nucleares
abordando las preocupaciones legítimas de seguridad de Irán
y ofreciendo oportunidades importantes para mejorar en lo económico
y lo social no pueden tener éxito sin el apoyo activo de Estados
Unidos. En otras palabras, los estímulos europeos no son suficientes;
un resultado positivo requiere también de los estímulos
estadounidenses.
Al permanecer al margen y desechar desde el principio el enfoque europeo,
Estados Unidos sólo está logrando crear una profecía
destinada a cumplirse. Sería más productivo para Estados
Unidos unirse, y, al mismo tiempo, acordar con los europeos las medidas
que se deben tomar si los esfuerzos combinados fracasan.
A través de los años las relaciones con China han mejorado
en ambos lados del Atlántico. China es ahora el socio comercial
más grande de Europa y sus enormes reservas de dólares lo
han hecho el acreedor más importante de Estados Unidos. A pesar
de este panorama color de rosa, China podría ser la causa de una
gran disputa trasatlántica si los europeos cumplen su intención
de levantar el embargo a las exportaciones de armas en vigor desde la
masacre en la Plaza de Tiananmen en 1989.
La administración Bush se opone ferozmente a levantar el embargo,
indicando que en caso de un choque militar a causa de Taiwán, las
tropas estadounidenses se enfrentarían a las armas suministradas
a China por sus propios aliados. De hecho, las afirmaciones europeas de
que la venta de armas a China se podría controlar y que se podrían
evitar las amenazas a un país aliado en efecto parecen poco convincentes.
Por otro lado, la interdependencia económica entre Taiwán
y China continental ha crecido a tal grado que un conflicto armado es
cada vez menos probable. Por supuesto, esto cambiaría si Taiwán
presionara por su independencia, pero difícilmente lo hará
sin la aprobación de Washington.
En resumen, en muchos de los asuntos internacionales más importantes
los estadounidenses y los europeos comparten los mismos objetivos y metas
básicas. En lo que difieren frecuentemente es en los medios para
lograrlos. La sabiduría política exigiría que ambas
partes combinaran sus considerables recursos y actuaran juntos siempre
que fuera posible. Esto, sin embargo, requiere de un cambio de actitudes,
tanto en Estados Unidos como en Europa.
Bush debe de estar dispuesto a aceptar a los europeos como socios genuinos
y dejar de tratarlos como vasallos obstinados. Los líderes europeos
deben superar cualquier huella de antiamericanismo latente y prepararse
para contribuir a esfuerzos comunes que les den el derecho de asociarse
en calidad de iguales con Estados Unidos.
Copyright: Project Syndicate.
*Director General del Ministerio de Asuntos Exteriores
de Austria.

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