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Carlos Mayora Re
El Diario de Hoy
editorial@ elsalvador.com
En las últimas dos semanas hemos visto a Juan Pablo II en el
hospital, primero, y luego, en las pocas y limitadas actividades que ha
desarrollado durante su convalecencia.
Se puede decir que los medios, de algún modo, nos han mostrado
al Papa de cerca. Pero sólo en cierto sentido, pues la cercanía
física de las cámaras y los micrófonos dista mucho
de revelar la fuerza misteriosa que le hace sobreponerse al sufrimiento
y vivir, a pesar de sus limitaciones, su misión de Sumo Pontífice.
Algunos corresponsales, al presentar las noticias sobre la marcha de la
enfermedad del Papa, pueden dar la impresión de que se gozan de
su pobre salud, y parecen esforzase por presentarlo en su debilidad, como
si quisieran insinuar, tal como escribía hace un tiempo uno de
ellos: ¿Qué signos de vitalismo podemos esperar de
una institución que confía su jefatura a un viejo?
Quizá no se crea en la verdad que predica el Papa, ni en la jerarquía
de la que es primero, ni en el origen divino de su mandato. Pero la valentía
de un hombre físicamente agotado, que carga con el peso de una
existencia extenuante, no puede despacharse con una sonrisa sarcástica,
o ser utilizada sólo para especular acerca de la necesidad de renovación
dentro de una institución de la que se comprende poco.
Si nos preguntaran qué es lo que más nos impresiona de este
Papa, sin duda cada uno respondería, considerando lo que de él
conocemos. Para algunos, podrá ser la fuerza irresistible de su
coherencia de vida; para otros, el carisma evidente con que arrastra a
las gentes; para el de más allá, quizá su preclara
inteligencia; para alguien más, su egregia santidad. Incluso sus
dotes políticas, o su sentido del humor tienen partidarios
Pero, si profundizamos en la pregunta y tratamos de indagar qué
sostiene a Juan Pablo II, me parece que sería mejor escuchar a
alguna de las personas que le tratan más de cerca.
Hace relativamente poco, un periodista entrevistó al cardenal Re,
cercanísimo colaborador de Su Santidad desde hace muchos años.
El reportero quería saber acerca del secreto, acerca del meollo
de la fuerza moral del Papa, y él respondía así:
Sin duda, la intensidad de su oración, manifestación
de una profunda y viva comunión con Dios.
En el transcurso de estos veinticuatro años, en los que he tenido
la alegría y el privilegio de trabajar junto a él y de acompañarle
en buena parte de sus viajes, he podido constatar de forma personal que
este Papa, este pastor profundamente humano, este intelectual de extraordinario
vigor, este líder que arrastra a la juventud, es, ante todo, un
hombre de oración.
Es impresionante cómo se abandona: se nota un dejarse llevar que
le es connatural, y que le absorbe como si no hubiera problemas y compromisos
urgentes que le llaman a la vida activa. Su actitud en la oración
es recogida y, a la vez, natural y desprendida: testimonio de una comunión
con Dios intensamente arraigada en su alma; expresión de una oración
convencida, saboreada, vivida.
Sin embargo, al considerar que los creyentes escasamente llegamos a hacernos
cargo de la profundidad de la intimidad del Papa con Jesucristo, imaginémonos
qué podrán pensar los que no tienen fe. Me parece que difícilmente
entenderán la raíz sobrenatural de la que se alimenta la
Iglesia, y la institución del Papado. Con trabajos pueden ver con
claridad la primacía de la oración sobre la acción
a la hora de tomar las decisiones de gobierno en la Iglesia, y dificultosamente
comprenden que pueda haber un motivo que vaya más allá,
mucho más allá, del poder o de los intereses particulares,
en la conducción del Pueblo de Dios.
Es oración, intimidad con Dios, gracia de Dios, lo que está
detrás del gesto de dolor de Su Santidad, tras su mano temblorosa
y su voz desgastada. Es la conciencia de su misión lo que lo sostiene,
es el amor por las almas lo que arrastra el cuerpo hacia delante, a pesar
de sus graves enfermedades.
Para la cultura de la imagen, este Papa es un fracaso. Pero para quienes
intentan ver más allá de lo epidérmico, hoy,
cuando tantos politicastros y titiriteros de la demagogia se esfuerzan
por preservar un aire juvenil (
), se agiganta la figura de Wojtyla,
ese viejo fatigador del Atlas. No se me ocurre imagen más enaltecedora
y vitalista que la de un anciano queriendo morir con las sandalias puestas
y los labios bautizados de palabras.
*Ing. Industrial, Dr. en Filosofía y columnista
de El Diario de Hoy.

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