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Ética: deficiencia nacional

En los sectores municipales con la microempresa, los champeríos insalubres invadiendo calles, plazas, manglares y playas, y las tolerancias edilicias en componendas impiden el desarrollo ordenado

Publicada 14 de febrero 2005, El Diario de Hoy


Óscar Monedero Alfaro*
El Diario de Hoy

editorial@elsalvador.com

“El hombre que predica la moralidad a personas dominadas por la concupiscencia es un insensato”
Gral. Eloy Alfaro, Ecuador 1842-1912.

Los más de setenta años de influencia comunista, filosofía intrínsecamente perversa, puesta en práctica por pícaros como Lenín, Stalin, Mao, Pol Pot, Ortega, y otras linduras como Castro y su furibundo en El Salvador, que trata de continuar lo absurdo del trastornado y su destructor agrario, de Carter y de la Teología de la Liberación, todos fracasados. Ese largo período que, con un espejismo de éxito despertaba tantas tentaciones en los haraganes, fracasados, sátrapas y concupiscentes, codiciando el apoderarse de los bienes ajenos; más los efectos traumáticos del conflicto armado produjeron una gradual distorsión en los valores de la ética en El Salvador, con más intensidad desde 1962.

Sumando las paulatinas consecuencias de la tendenciosa reforma educativa de 1969, los criterios se distorsionaron en todos los niveles sociales e intelectuales del país y así se fueron alterando la lógica, el raciocinio y, en consecuencia, el comportamiento de demasiados individuos, tornando insensatos sus juicios y actitudes.

Hasta las instituciones religiosas y órdenes sacerdotales intelectualmente más preparadas, cuya obligación es orientar para bien a los feligreses, fomentaban la envidia y codicia, en abierta flagrancia contra varios de los mandamientos de la ley de Dios.

Al autojustificar con sofismas insensatos, el hacer prevalecer a cualquier costo los intereses individuales sobre los colectivos, irrespetando los del prójimo en las decisiones humanas, toda sociedad se resquebraja. De los formados antes, afortunadamente, unos siempre practicamos y conservamos a mucha honra la verticalidad, y somos suficientes para reorientar.

No obstante los enormes esfuerzos correctivos en los programas de educación a la niñez y juventud, sabiamente iniciados por la ex ministra Cecilia de Cano, en los adultos continúan los efectos de tan largo tiempo con distorsiones que rigen el pensamiento de los salvadoreños.

Graves son los efectos de la soberbia, como la ausencia de las más elementales cortesías que deben caracterizar a todo civilizado, y ya no digamos a todo el que se precie de ser “señor don”. Varios queridos amigos se ufanan de las llamadas que no corresponden.

Uno de los principales efectos en todos los ámbitos se manifiesta al marginar la memoria histórica de las personas mayores líderes de opinión, en especial de los profesionales que regresan al país luego de tener éxito en las naciones del primer mundo y que podrían orientar mejor a los que permanecieron sobreviviendo en un viciado subdesarrollo, desperdiciándose así valiosos talentos, ya que éstos deberían conformar los comités asesores en las instituciones del Estado.

En demasiadas ocasiones, en el sector empresarial, de personas supuestamente de la élite, confiándose en que por interés y servilismo las opiniones lo favorecerán, lo antiético se manifiesta desacreditando a sus empleados para ocultar sus propias ineficiencias, o si éstos no les rinden pleitesía, o cuando no se prestan a ilegalidades, o simplemente para no cumplir sus contratos. Las élites empresariales decentes son indispensables para el sólido progreso de toda nación.

El mercantilismo político en las altas esferas de los tres poderes del Estado es vergonzoso, más intenso es en lo Legislativo y Judicial que en el Ejecutivo. El capricho demorando la aprobación del presupuesto del Estado es un ejemplo claro.

En los sectores municipales con la microempresa, los champeríos insalubres invadiendo calles, plazas, manglares y playas, y las tolerancias edilicias en componendas impiden el desarrollo ordenado y, en consecuencia, mayores inversiones.

Muchas otras manifestaciones se tornarían evidentes, pero sería interminable describirlas. Hay que enfatizar que se necesita un esfuerzo de nación que fomente la correcta ética y los sanos valores judeocristianos, no sólo en la niñez, sino también en los adultos, para que más rápido retorne la lógica sin sofismas al comportamiento humano, lográndose así el raciocinio correcto y, en consecuencia la sensatez en las decisiones, juicios, opiniones y acciones emitidas a conciencia.

Con sólo minimizar el mal hábito de considerar la mentira como astucia, se lograría un gran paso.

Cualquier sistema legal y reforma jurídica sería insuficiente si continúa prevaleciendo una inconsciente conducta humana. Esta actitud y el trabajo permitieron a países destruidos, como Japón, Alemania, Francia, Inglaterra, etc., volver a ser potencias.

Sólo así, con una reducción de estos eternos defectos humanos, llegarán la plena superación del individuo, el total imperio de la ley y el sostenido desarrollo del país.

* Colaborador de El Diario de Hoy.



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