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Óscar Monedero Alfaro*
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com
El hombre que predica la moralidad a personas dominadas por la
concupiscencia es un insensato
Gral. Eloy Alfaro, Ecuador 1842-1912.
Los más de setenta años de influencia comunista, filosofía
intrínsecamente perversa, puesta en práctica por pícaros
como Lenín, Stalin, Mao, Pol Pot, Ortega, y otras linduras como
Castro y su furibundo en El Salvador, que trata de continuar lo absurdo
del trastornado y su destructor agrario, de Carter y de la Teología
de la Liberación, todos fracasados. Ese largo período que,
con un espejismo de éxito despertaba tantas tentaciones en los
haraganes, fracasados, sátrapas y concupiscentes, codiciando el
apoderarse de los bienes ajenos; más los efectos traumáticos
del conflicto armado produjeron una gradual distorsión en los valores
de la ética en El Salvador, con más intensidad desde 1962.
Sumando las paulatinas consecuencias de la tendenciosa reforma educativa
de 1969, los criterios se distorsionaron en todos los niveles sociales
e intelectuales del país y así se fueron alterando la lógica,
el raciocinio y, en consecuencia, el comportamiento de demasiados individuos,
tornando insensatos sus juicios y actitudes.
Hasta las instituciones religiosas y órdenes sacerdotales intelectualmente
más preparadas, cuya obligación es orientar para bien a
los feligreses, fomentaban la envidia y codicia, en abierta flagrancia
contra varios de los mandamientos de la ley de Dios.
Al autojustificar con sofismas insensatos, el hacer prevalecer a cualquier
costo los intereses individuales sobre los colectivos, irrespetando los
del prójimo en las decisiones humanas, toda sociedad se resquebraja.
De los formados antes, afortunadamente, unos siempre practicamos y conservamos
a mucha honra la verticalidad, y somos suficientes para reorientar.
No obstante los enormes esfuerzos correctivos en los programas de educación
a la niñez y juventud, sabiamente iniciados por la ex ministra
Cecilia de Cano, en los adultos continúan los efectos de tan largo
tiempo con distorsiones que rigen el pensamiento de los salvadoreños.
Graves son los efectos de la soberbia, como la ausencia de las más
elementales cortesías que deben caracterizar a todo civilizado,
y ya no digamos a todo el que se precie de ser señor don.
Varios queridos amigos se ufanan de las llamadas que no corresponden.
Uno de los principales efectos en todos los ámbitos se manifiesta
al marginar la memoria histórica de las personas mayores líderes
de opinión, en especial de los profesionales que regresan al país
luego de tener éxito en las naciones del primer mundo y que podrían
orientar mejor a los que permanecieron sobreviviendo en un viciado subdesarrollo,
desperdiciándose así valiosos talentos, ya que éstos
deberían conformar los comités asesores en las instituciones
del Estado.
En demasiadas ocasiones, en el sector empresarial, de personas supuestamente
de la élite, confiándose en que por interés y servilismo
las opiniones lo favorecerán, lo antiético se manifiesta
desacreditando a sus empleados para ocultar sus propias ineficiencias,
o si éstos no les rinden pleitesía, o cuando no se prestan
a ilegalidades, o simplemente para no cumplir sus contratos. Las élites
empresariales decentes son indispensables para el sólido progreso
de toda nación.
El mercantilismo político en las altas esferas de los tres poderes
del Estado es vergonzoso, más intenso es en lo Legislativo y Judicial
que en el Ejecutivo. El capricho demorando la aprobación del presupuesto
del Estado es un ejemplo claro.
En los sectores municipales con la microempresa, los champeríos
insalubres invadiendo calles, plazas, manglares y playas, y las tolerancias
edilicias en componendas impiden el desarrollo ordenado y, en consecuencia,
mayores inversiones.
Muchas otras manifestaciones se tornarían evidentes, pero sería
interminable describirlas. Hay que enfatizar que se necesita un esfuerzo
de nación que fomente la correcta ética y los sanos valores
judeocristianos, no sólo en la niñez, sino también
en los adultos, para que más rápido retorne la lógica
sin sofismas al comportamiento humano, lográndose así el
raciocinio correcto y, en consecuencia la sensatez en las decisiones,
juicios, opiniones y acciones emitidas a conciencia.
Con sólo minimizar el mal hábito de considerar la mentira
como astucia, se lograría un gran paso.
Cualquier sistema legal y reforma jurídica sería insuficiente
si continúa prevaleciendo una inconsciente conducta humana. Esta
actitud y el trabajo permitieron a países destruidos, como Japón,
Alemania, Francia, Inglaterra, etc., volver a ser potencias.
Sólo así, con una reducción de estos eternos defectos
humanos, llegarán la plena superación del individuo, el
total imperio de la ley y el sostenido desarrollo del país.
* Colaborador de El Diario de Hoy.

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