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Temas para meditar
El único amor incondicional

Puedo seguir enseñándote siempre, usando mi propio libro de conocimientos adquiridos mediante las experiencias vividas a través de mi existencia, pero no podré obligarte a que aprendas de éste

Publicada 14 de febrero 2005, El Diario de Hoy


Evangelina del Pilar de Sol*
El Diario de Hoy

editorial@elsalvador.com

Hoy celebramos el Día del Amor, en que demostramos nuestros más hondos sentimientos del corazón. Pero la palabra amor encierra gran diversidad y formas de amar, tales como afecto, ternura, apego, amistad, dilección, capricho, pasión. No obstante, en esta variedad de clases de amor, por más grande que éste sea, por naturaleza innata del ser humano, raramente estará exento del normal egoísmo personal hacia la persona objeto de nuestro afecto, que redundará ineluctablemente en los eternos celos y actos posesivos.

Esto es claramente visible en el amor entre novios, esposos, hermanos, amistades, o en el amor de los hijos hacia sus padres.

Sin embargo, existe un amor, el único incondicional, el único que no espera nada a cambio, el único que entregará todo hasta la vida misma si es necesario... el amor a los hijos.

En un día tan especial como hoy, este artículo se lo dedico a mis hijas, a los hijos de ellas y a los hijos de todas las mamás del mundo, para que esos hijos que todavía no conocen este sentimiento, porque aún no son padres de familia, vayan entendiendo el significado de este sublime amor.

—Te di la vida, pero no puedo vivirla por ti. -Cuando viniste al mundo, indefensa/o y vulnerable, pude cuidarte, abrigarte y protegerte con “mis alas” de mamá, enseñándote a “revolotear” a mi alrededor; pero al crecer, debiste volar sola/o con tus propias alas hacia tu propio destino. –De pequeñita/o, en tus caídas te levanté, enjugué tus lágrimas y curé tus heridas; pero no podré hacerlo más, si decides alejarte y caminar a ciegas, yendo por la vida tropezando. –Te enseñé escoger el camino recto y evitar el torcido; pero no puedo caminar por ti, la ruta que te conducirá hacia tu felicidad. –Te enseñé a orar a Dios con fe; pero no puedo obligarte a creer, pues fue el mismo Dios Padre, quien nos creó a todos con libre albedrío. –Cuando tuviste edad suficiente, te di la libertad, pero no puedo responsabilizarme del uso que le hayas dado.

-En los avatares que encontra-rías en la vida, te sugerí ver tu vaso siempre medio lleno y nunca medio vacío; pero solo tú puedes escoger ser optimista o pesimista. -Te dije que es de humanos equivocarse y de valientes reconocer errores; pero solo tú puedes tener esa valentía. –Te enseñé que todos somos iguales; pero de ti depende no marcar diferencias con tus semejantes. –Te aconsejé a escoger amistades con buenos principios y altos valores morales, recordándote que “una manzana podrida puede pudrir un ciento”; pero serás tú quien escoja tus buenas o malas amistades. –Te he dado los mejores consejos como mamá; pero no puedo forzarte a aceptarlos. –Pude llevarte a clases de baile, de pintura, de música, o peinar tu cabello para hacerte hermosa/o en tu exterior; pero solamente tú puedes hacer bello tu interior. –Puedo con mi gran amor decirte cuanto te amo, o por éste, sentir en carne propia tus propios sufrimientos; pero no puedo obligarte a corresponder mis sentimientos. -Puedo hablarte del peligro de los vicios como las drogas, juegos de azar, alcoholismo; pero no podré decir por ti “no” con valentía, sabiduría y fortaleza.

- Te hablé del más grande placer creado por Dios, el sexo; pero no puedo decidir por ti esperar como un ser racional al matrimonio, para consumarlo y vivirlo para siempre con tu ser amado y alcanzar así la plena felicidad, o bien, dejarte arrastrar por el hedonismo o sea el placer absoluto como único fin de la vida tal como hace un animal irracional, lo que solamente te conducirá hacia sensaciones efímeras que sólo te dejarán vacíos y sinsabores, exponiéndote a contraer enfermedades de transmisión sexual, como el Sida, o virus de papiloma humano, que podrían costarte hasta la vida.

–Te impulsé a trazarte altas metas, para las cuales recibiste la educación necesaria para lograrlas; pero no puedo ser yo quien las alcance por ti. –Puedo advertirte de la necesidad de practicar las virtudes en tu vida, como prudencia, para discernir en toda circunstancia, cual es tu verdadero bien, eligiendo los medios rectos para realizarlo; de fortaleza, para que en las dificultades puedas permanecer firme, constante y coherente en la búsqueda del bien; de justicia, para promover tu conciencia hacia la equidad y el respeto a los derechos de los semejantes, y de templanza para templar tu carácter, moderando la atracción de los placeres desordenados, procurando el equilibrio entre los bienes creados; pero no puedo obligarte a ser virtuosa/o.

–Puedo enseñarte a amar a Dios; pero no puedo imponértelo. –Puedo encomendarte al Señor y orar por ti; pero no puedo convertirte en su hija/o. -Puedo dirigir el timonel de tu barca hacia aguas tranquilas, pero no podré estar siempre allí para guiarla en las aguas agitadas por las tormentas, en los mares de la vida. -Puedo seguir enseñándote siempre, usando mi propio libro de conocimientos adquiridos mediante las experiencias vividas a través de mi existencia, pero no podré obligarte a que aprendas de éste.

Lo único que puedo darte es mi amor incondicional, el que tendrás toda mi vida y aun después que me haya ido.

*Columnista de El Diario de Hoy.



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