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Numerosas pero evitables
Las protestas obreras en China

En los últimos años, el número de protestas urbanas en China ha crecido dramáticamente y, de acuerdo con informes de la policía, son cada vez más grandes y mejor organizadas

Publicada 14 de febrero 2005, El Diario de Hoy

Dorothy J. Solinger*
El Diario de Hoy

editorial@elsalvador.com

La última cifra anualizada sobre protestas obreras que el Estado chino accedió a anunciar públicamente fue de 100,000 para el año 1999. Sin embargo, un informe interno del Ministerio de Seguridad Pública en 2001 reveló que las cifras “empezaron a incrementarse como vientos violentos” desde 1997, el año del decimoquinto Congreso del Partido Comunista, el cual presionó para despedir obreros en aras de la “eficiencia”.

Pese a que el Gobierno está decidido a mantener las noticias de los disturbios fuera del alcance de la prensa —o al menos disimular su tamaño y virulencia—, ha sido posible recolectar información sobre casi 200 eventos individuales entre 1994 y 2004, de los miles que no fueron denunciados, pero que en realidad sucedieron. Algunos de estos informes provienen de agencias de noticias en Hong Kong, unos cuantos vienen de publicaciones chinas, y otros, de la prensa occidental.

Estos informes muestran un gran aumento del mismo patrón invariable: el Gobierno, ya sea en Beijing o en las localidades, por lo general tolera las marchas de bajo impacto, de pequeña escala, que sean relativamente no destructivas, y los plantones de campesinos y obreros con peticiones o carteles. Es especialmente indulgente si los manifestantes parecen espontáneos, desorganizados, aislados y sin líderes.

La élite política es menos tolerante ante disturbios que parezcan haber sido organizados por disidentes, que estén marcados por algún grado de violencia, que den muestras de un nivel de organización, que amenacen con extenderse o que ocasionen la obstrucción de las líneas de transporte principales.

¿Qué es lo que está causando tanto descontento en un país del que se dice que a diario se vuelve más rico y que da tanta importancia a la “estabilidad”? Las causas son: salarios y pensiones no pagados; despidos repentinos y masivos; la corrupción de las autoridades como responsable de la bancarrota de algunas empresas industriales, y el fin de la mayoría de los privilegios y beneficios garantizados desde los primeros días del régimen comunista en los cincuenta.

Al mismo tiempo que muchos chinos se están enriqueciendo, la pérdida de empleos ha creado el empobrecimiento de aproximadamente la octava parte de los residentes registrados de muchas de las ciudades más importantes.

Con el fin de deshacer lo que los líderes post Mao Zedong vieron como los excesos y desperdicios de la economía socialista planeada, más o menos sesenta millones de empleados de empresas estatales han sido despedidos desde principios de los noventa, debido a que las fábricas fracasaron, por falta de tecnología y equipo de punta, mala administración o malversación de fondos, cuentas muy elevadas por concepto de seguridad social y competencia de plantas no estatales más modernas o menos costosas, tanto en China como en el extranjero. Sin tener canales reales para exponer sus quejas, masas de trabajadores despedidos y gente obligada al retiro (o xiagang, con pensiones parciales) han estado confrontando, cada vez más, a las autoridades durante la última década.

¿Acaso a este Gobierno que se dice del “pueblo” no le importa que tanta de su población urbana se esté hundiendo en la pobreza y se encuentre a disgusto? ¿Y por qué este régimen obsesionado con la estabilidad permite tanta inestabilidad?

La casi constante invocación del Partido Comunista sobre los peligros de la “inestabilidad social” y sus incansables esfuerzos por permanecer en el poder, lo han obligado a confrontar la realidad de estos arranques y sus causas con herramientas limitadas. Al mismo tiempo, estos levantamientos suceden como una humillación amarga para el Partido Comunista, el cual, se supone, representa los intereses más altos del proletariado.

Algunas de las respuestas del partido han sido fríamente coercitivas, aunque también se han hecho esfuerzos compensatorios que han ocupado mucha de la energía del sector laboral, la seguridad social y las burocracias de asuntos civiles, que se han visto obligadas a gastar considerable sumas de dinero para calmar las protestas. Un esfuerzo serio fue el “Programa de Reempleo” (el cual opera en todo el país desde 1998), el cual tenía la ambiciosa meta de lograr de alguna forma una solución para los trabajadores estatales despedidos. El proyecto tendría que asumir el papel de cuidador dando estipendios, seguro médico y pensiones para los trabajadores y buscarles, al mismo tiempo, un nuevo empleo o condiciones preferentes para ayudarles a iniciar sus propias pequeñas empresas.

Con todo, en los últimos años, el número de protestas urbanas en China ha crecido dramáticamente y, de acuerdo con informes de la policía, son cada vez más grandes y mejor organizadas. Hasta ahora, el régimen ha logrado mantener la estabilidad general a través del control de los medios (evitando así que un movimiento de protesta se entere de que hay otros y se una a ellos); comprando trabajadores desempleados molestos con remuneraciones temporales, y reprimiendo y encarcelando a los que no puede disuadir.

Pero éstas son medidas temporales y, al verlas en conjunto con las olas de protestas campesinas provocadas por los impuestos arbitrarios, la corrupción de las autoridades y la confiscación injustificada de tierras, los líderes del partido se enfrentan a una situación muy preocupante. Lo que ahora afronta el partido es una amenaza política que no proviene ya de estudiantes e intelectuales como la de 1989, sino de trabajadores y campesinos, paradójicamente, la misma clase desposeída sobre la cual Mao construyó su revolución y en cuyo nombre el Partido Comunista Chino ha gobernado de manera unilateral durante tanto tiempo.

Copyright: Project Syndicate.
*Profesora de Ciencias Políticas y Codirectora del Centro de Estudios Asiáticos de la Universidad de California.




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