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Una mirada de fe
Cuaresma 2005

Los ancianos deben gozar en familia de las alegrías y triunfos, sentirse rodeados del amor y cariño de sus hijos, nietos y familiares, para que no se sientan solos ni se encierren en sí mismos

Publicada 13 de febrero 2005, El Diario de Hoy

Óscar Rodríguez Blanco, s. d.b.*
El Diario de Hoy

editorial@elsalvador.com

El miércoles de Ceniza pudimos experimentar la extraordinaria afluencia de fieles que acudían a los distintos templos del país para inaugurar el tiempo cuaresmal. La imposición de la ceniza sobre nuestra frente indicaba el inicio de nuestro caminar cristiano hacia la celebración más importante del cristianismo, que es la Pascua de Cristo. La Pascua es un acontecimiento siempre nuevo en el que cada año Cristo nos comunica en una forma muy especial su gracia, su nueva vida y su energía.

El austero rito de la imposición de las cenizas con la exhortación “Recuerda que eres polvo y al polvo volverás, o conviértete y cree en el evangelio” no nos cae nada mal, porque nos recuerda que somos polvo, seres caducos, y nos invita, por lo tanto, a ser humildes y a abrir nuestro corazón a Dios, que rompe nuestra caducidad y supera nuestra finitud, poniéndonos en camino hacia la eternidad.

La cuaresma nos invita a volvernos hacia Dios con una actitud sincera de conversión, para que el Reino de Dios ocupe un puesto prioritario en nuestra vida.

Es el tiempo favorable de la salvación que se nos ofrece invitándonos a realizar un “alto” en nuestra vida, para que, examinando nuestras actitudes a la luz de la Palabra Divina, nos dejemos interpelar por ella.

Para este año 2005 Juan Pablo II, al igual que todos los años, nos ha enviado un mensaje que nos ayuda a vivir la cuaresma cristianamente. “En Él está tu vida, así como la prolongación de tus días” es el tema escogido por el Papa con el que nos pide defender la vida en todas sus fases y, en forma especial, en la ancianidad.

Se nos recuerda en este mensaje algunas frases bíblicas, que nos indican que la edad madura, es signo de la bendición de Dios y de la benevolencia del Altísimo: “Escoge la vida para que vivas, tú y tu descendencia, amando al Señor tu Dios, escuchando su voz, viviendo unido a Él”. (Dt.30, 19-20). La vida del ser humano es un don gratuito que hemos recibido de la bondad de Dios y que debemos saber amar, respetar y defender en todas las etapas de la existencia humana.

Una parte importante del mensaje cuaresmal nos dice: “Desearía que durante la cuaresma pudiéramos reflexionar sobre este tema. Ello nos ayudará a alcanzar una mayor comprensión de la fusión que las personas ancianas están llamadas a ejercer en la sociedad y en la iglesia, y, de este modo, disponer también nuestro espíritu a la afectuosa acogida que a éstos se debe”.

Estas palabras adquieren una importancia extraordinaria en nuestro tiempo, en la que la actitud de algunas personas, con respecto a los más ancianos, es prescindir de ellos, no tomarlos en cuenta, apartarlos de sus responsabilidades, recluirlos en un asilo, y en el peor de los casos dejarlos abandonados, sin pensar que ahora gozan del fruto de su trabajo.

Juan Pablo II, que lleva una ancianidad serena y ejemplar en medio de sus achaques y enfermedades nos dice: “Hay que hacer crecer en la opinión pública la conciencia de que los ancianos constituyen, en todo caso, un gran valor que debe ser debidamente apreciado y acogido. Deben ser incrementadas, por tanto, las ayudas económicas y las iniciativas legislativas que eviten su exclusión de la vida social”.

Nuestro caminar hacia la pascua es una ocasión propicia para reflexionar sobre estas palabras de nuestro anciano Pontífice, y sobre nuestra capacidad cristiana de comprender, aceptar y ayudar a los ancianos para que ellos no sientan que su vida es un peso para la sociedad o para sus familias. Los ancianos deben gozar en familia de las alegrías y triunfos, sentirse rodeados del amor y cariño de sus hijos, nietos y familiares, para que no se sientan solos ni se encierren en sí mismos.

Cuando las jóvenes generaciones lleguen al ocaso de sus vidas, podrán decir que su riqueza será haber transmitido sus experiencias y valores. La cuaresma, como nos dice el mensaje, es un tiempo que con su fuerte llamada a la conversión y a la solidaridad, nos ayudará a reflexionar sobre nuestros deberes y obligaciones para con los ancianos.

¿Qué sucedería si el Pueblo de Dios cediera a una cierta mentalidad actual que considera casi inútiles a estos hermanos nuestros, cuando merman sus capacidades por los achaques de la edad o de la enfermedad? La familia es base para cultivar y conservar estos valores que muchos han perdido.

*Párroco de la iglesia de María Auxiliadora (Don Rúa).
e-mail: osrobla@hotmail.com

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