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Carlos
Mayora Re
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com
¿Por qué un salvadoreño, de los que tiran basura
por las ventanas de los buses, compra y pide que no le den factura, maneja
siempre por la izquierda en las autopistas, cambia como por arte de magia
cuando cruza fronteras y visita o reside en un país de los llamados
desarrollados?
Hace unos días, a raíz de la discusión actual sobre
la regulación legal de la tenencia y portación de armas
de fuego, tocábamos el tópico con unos amigos y, después
de discutir sobre el punto, las opiniones se agruparon en dos bandos:
los que sostenían que la fuerza que nos hace cambiar fuera del
terruño y de un día para otro es el imperio de la ley (principalmente
las multas), y los que sosteníamos que el milagro es
efecto de la fuerza de la costumbre.
En el primer caso, parece lógico que si uno reside como ilegal
en un país, o no conoce el idioma, o mira policías por todas
partes, no se le va a ocurrir poner en práctica lo que rezaba aquel
letrero dentro de un autobús interdepartamental: Demuestre
su cultura, tire la basura fuera del bus, pues la multa o la detención
es inminente, y para jugarse riesgos, mejor apostar en campos menos peligrosos.
Sin embargo, resulta que el cambio de conducta no viene muchas veces
sólo por el temor, sino porque al poner un pie en la acera fuera
del aeropuerto, o al cruzar la frontera por el medio que sea, uno se encuentra
en un mundo muy distinto al que está acostumbrado: las señales
de tráfico están cuidadas y completas, no se ve basura en
la calle, la gente respeta el derecho de vía de los demás,
las fachadas de los edificios y de las casas están pintadas
se respira orden.
Por contraste, si uno viaja a un país de nivel cultural similar
al propio y se encuentra como en casa, no tarda en seguir
comportándose de acuerdo con su mismo patrón: irrespetando
la propiedad pública, conduciendo su vehículo de acuerdo
con la ley del gusto, dejando la basura de cualquier modo, etc.
Quizá se puede deducir de esa experiencia que existe una fuerza
que impone el ambiente por encima del propio gusto o, incluso, de las
propias malas costumbres, y nos lleva a adecuarnos al modo de hacer de
las gentes del país donde estemos.
Para los defensores de la ley pura y dura, la principal misión
del gobierno es regular las relaciones humanas tomando como principio
que somos malvados por naturaleza; mientras otros pensamos que somos sociales
por naturaleza. En el primer caso, la libertad está para lograr
los propios objetivos, a pesar de los demás; en el segundo, para
lograrlos junto con los de los demás: Hobbes y Nietzsche o Aristóteles
y Tomás de Aquino.
Todo problema necesita de plazos para ser solucionado. Una enfermedad
aguda debe ser afrontada con urgencia, con medidas impostergables; mientras
que una enfermedad crónica debe ser tratada en sus causas. La violencia
que padecemos es una etapa aguda de un padecimiento crónico. Sólo
legislando se logrará un alivio temporal; si no se actúa,
se agudizará la crisis. Pero también necesitamos acción
a largo plazo, campañas de educación masiva, concientización.
En mi criterio, la violencia no se resuelve ni sólo a golpe de
leyes ni sólo con educación. Se resuelve con un esfuerzo
continuado, que toma en cuenta las leyes (la ley es maestra, educa), pero
también valora en mucho el papel de la familia, de las escuelas,
de la iglesia. El rol de los medios de comunicación y el ejemplo
que nos damos unos a otros.
Si sólo se aplica la fuerza (de la ley, de la policía, de
la moral sin contenido racional) contra la violencia, su uso destruye
la libertad, y entonces, esa misma fuerza aplicada con fines nobles termina
en manos de gente que promueve sus propios intereses, y el remedio resulta
peor que la enfermedad.
¿Qué hace que la tasa de homicidios sea cincuenta veces
menor en los países de la Unión Europea que en El Salvador?
No es sólo que la gente no circula armada por las calles, es que
no necesita estarlo. No es sólo que su policía es más
eficaz en la investigación del crimen, es que las disputas no se
resuelven a balazos. No es sólo que sus leyes penales son draconianas,
es que regulan los comportamientos excepcionales, no los habituales.
*Ing. Industrial, Dr. en Filosofía y columnista
de El Diario de Hoy.

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