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Punto de vista
Crisis, violencia, pistolas y leyes

En mi criterio, la violencia no se resuelve ni sólo a golpe de leyes ni sólo con educación. Se resuelve con un esfuerzo continuado, que toma en cuenta las leyes, pero también valoren mucho el papel de la familia.

Publicada 12 de febrero 2005, El Diario de Hoy

Carlos Mayora Re
El Diario de Hoy

editorial@elsalvador.com

¿Por qué un salvadoreño, de los que tiran basura por las ventanas de los buses, compra y pide que no le den factura, maneja siempre por la izquierda en las autopistas, cambia como por arte de magia cuando cruza fronteras y visita o reside en un país de los llamados desarrollados?

Hace unos días, a raíz de la discusión actual sobre la regulación legal de la tenencia y portación de armas de fuego, tocábamos el tópico con unos amigos y, después de discutir sobre el punto, las opiniones se agruparon en dos bandos: los que sostenían que la fuerza que nos hace cambiar fuera del terruño y de un día para otro es el imperio de la ley (principalmente las multas), y los que sosteníamos que el “milagro” es efecto de la fuerza de la costumbre.

En el primer caso, parece lógico que si uno reside como ilegal en un país, o no conoce el idioma, o mira policías por todas partes, no se le va a ocurrir poner en práctica lo que rezaba aquel letrero dentro de un autobús interdepartamental: “Demuestre su cultura, tire la basura fuera del bus”, pues la multa o la detención es inminente, y para jugarse riesgos, mejor apostar en campos menos peligrosos.

Sin embargo, resulta que el cambio de conducta no viene —muchas veces— sólo por el temor, sino porque al poner un pie en la acera fuera del aeropuerto, o al cruzar la frontera por el medio que sea, uno se encuentra en un mundo muy distinto al que está acostumbrado: las señales de tráfico están cuidadas y completas, no se ve basura en la calle, la gente respeta el derecho de vía de los demás, las fachadas de los edificios y de las casas están pintadas… se respira orden.

Por contraste, si uno viaja a un país de nivel cultural similar al propio y se encuentra “como en casa”, no tarda en seguir comportándose de acuerdo con su mismo patrón: irrespetando la propiedad pública, conduciendo su vehículo de acuerdo con la ley del gusto, dejando la basura de cualquier modo, etc.

Quizá se puede deducir de esa experiencia que existe una fuerza que impone el ambiente por encima del propio gusto o, incluso, de las propias malas costumbres, y nos lleva a adecuarnos al modo de hacer de las gentes del país donde estemos.

Para los defensores de la ley pura y dura, la principal misión del gobierno es regular las relaciones humanas tomando como principio que somos malvados por naturaleza; mientras otros pensamos que somos sociales por naturaleza. En el primer caso, la libertad está para lograr los propios objetivos, a pesar de los demás; en el segundo, para lograrlos junto con los de los demás: Hobbes y Nietzsche o Aristóteles y Tomás de Aquino.

Todo problema necesita de plazos para ser solucionado. Una enfermedad aguda debe ser afrontada con urgencia, con medidas impostergables; mientras que una enfermedad crónica debe ser tratada en sus causas. La violencia que padecemos es una etapa aguda de un padecimiento crónico. Sólo legislando se logrará un alivio temporal; si no se actúa, se agudizará la crisis. Pero también necesitamos acción a largo plazo, campañas de educación masiva, concientización.

En mi criterio, la violencia no se resuelve ni sólo a golpe de leyes ni sólo con educación. Se resuelve con un esfuerzo continuado, que toma en cuenta las leyes (la ley es maestra, educa), pero también valora en mucho el papel de la familia, de las escuelas, de la iglesia. El rol de los medios de comunicación y el ejemplo que nos damos unos a otros.

Si sólo se aplica la fuerza (de la ley, de la policía, de la moral sin contenido racional) contra la violencia, su uso destruye la libertad, y entonces, esa misma fuerza aplicada con fines nobles termina en manos de gente que promueve sus propios intereses, y el remedio resulta peor que la enfermedad.

¿Qué hace que la tasa de homicidios sea cincuenta veces menor en los países de la Unión Europea que en El Salvador? No es sólo que la gente no circula armada por las calles, es que no necesita estarlo. No es sólo que su policía es más eficaz en la investigación del crimen, es que las disputas no se resuelven a balazos. No es sólo que sus leyes penales son draconianas, es que regulan los comportamientos excepcionales, no los habituales.
*Ing. Industrial, Dr. en Filosofía y columnista de El Diario de Hoy.

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