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En medio oriente
A vueltas con la democracia

Pese al cinismo, la apatía, la frustración, la desesperación y la violencia, algunos saudíes siguen abrigando la esperanza de que aparezca un príncipe en un caballo blanco que dirija al reino por la vía de la reforma

Publicada 11 de febrero 2005, El Diario de Hoy


Mai Yamani*
El Diario de Hoy

editorial@elsalvador.com

La democracia está, supuestamente, en camino en el Oriente Medio, pero los dictadores árabes temen a la democracia, auténtica, con sus libertades civiles y elecciones competitivas, por lo que se inventan pócimas que protejan el status quo seleccionando fragmentos de los modelos políticos occidentales y añadiendo algunas interpretaciones religiosas para asegurarse una pátina de legitimidad islámica.

Arabia Saudita cuadra con esa descripción enteramente. Sus gobernantes, algunos de los más autocráticos del mundo, dicen que la democracia es incompatible con el islam, por lo que prefieren la expresión “gobierno participativo”.

Pero una mayoría de eruditos musulmanes, incluidos hombres tan eminentes como el Jeque de Al Azhar, en El Cairo, y el influyente Jeque Qaradawi, de Qatar, creen que el islam es compatible con la democracia, al menos, tal como ellos la definen: respeto del Estado de Derecho, igualdad entre los ciudadanos, distribución equitativa de la riqueza, justicia y libertad de expresión y reunión. Lo que sigue siendo discutible y polémico es el derecho de los ciudadanos a elegir a sus líderes.

Aun así, las presiones en pro de la democratización están aumentando, en parte, gracias a los pequeños Estados del Golfo, que compiten entre sí en las reformas democráticas. Qatar y Omán han elegido consejos consultivos y han concedido el derecho de voto a las mujeres. En Kuwait y Bahrein se celebran elecciones parlamentarias y, al final del año pasado, el Jeque Mohammad al Maktoom, Príncipe Heredero de Dubai, en los Emiratos Árabes Unidos, indicó que los dirigentes árabes debían hacer reformas o hundirse. Las elecciones del Iraq han aumentado aún más las presiones al respecto.

De modo que, al ver amenazada su hegemonía en la región, Arabia Saudita se ha incorporado a la carrera de las reformas al anunciar elecciones municipales parciales a los órganos consultivos en los que la familia real aún nombra a la mitad de los miembros. Las primeras elecciones se celebrarán en la capital, Riad, el 10 de febrero; les seguirán las de la región oriental, rica en petróleo; las de la región meridional de Asir ,el 2 de marzo; las de La Meca y Medina, en la región occidental de Hijaz, y las de al Jouf, en la región septentrional, el 21 de abril.

El gobierno lo califica de “nueva era política”, pero las mujeres siguen excluidas del voto, pese a los intentos por parte de varias de ellas de participar en sectores en los que las autoridades religiosas waha- bíes consideran aceptables para “la naturaleza de las mujeres”. Además, de conformidad con la tradición saudí, la familia gobernante nombra a un príncipe presidente de la Comisión General que supervisa las elecciones... lo que no es una señal de amplia participación política, sino del funcionamiento habitual.

Pese a las gestiones encabezadas por el príncipe heredero Abdullah con vistas a instar a la participación, el número de registrados para votar es bajo, cosa que conviene perfectamente al Gobierno, pues una alta participación podría propiciar el desarrollo de una cultura electoral. En cambio, la baja participación podría convencer a los observadores occidentales de que, pese a los ímprobos esfuerzos del Estado saudí para poner en marcha la democracia, su pueblo está satisfecho con el status quo.

Los intelectuales saudíes atribuyen la falta de interés por el voto a la falta de libertad de expresión y reunión, que frustra la auténtica participación política. Además, los principales reformadores están encarcelados, desde el pasado mes de marzo, por firmar una petición de monarquía constitucional, lo que ha intensificado la general falta de confianza en el programa del Gobierno.

Las cuestiones más decisivas se refieren a la reforma de la Shura (Consejo Consultivo). ¿Puede llegar a ser un parlamento auténtico? ¿Sería elegido? En la actualmente, sus miembros son nombrados por el Rey. No promulga la legislación y raras veces la propone siquiera. El Rey propone y el Consejo debate. No puede debatir el presupuesto ni los acuerdos militares, como tampoco puede impugnar las asignaciones financieras a los numerosos príncipes del régimen.

Además, existe el Diálogo Nacional, iniciado por el Príncipe Heredero Abdullah, en 2004, como reconocimiento del pluralismo y la diversidad, que reúne a varias sectas religiosas: salafíes (wahabíes), sufíes, chiitas. Pero las autoridades religiosas no han legitimado sus debates, por lo que nada ha cambiado: los chiitas, por ejemplo, aún no pueden practicar sus rituales religiosos ni ser testigos en los tribunales ni trabajar siquiera como carniceros.

Pese al cinismo, la apatía, la frustración, la desesperación y la violencia, algunos saudíes siguen abrigando la esperanza de que aparezca un príncipe en un caballo blanco que dirija al reino por la vía de la reforma, pero no existe semejante príncipe, sólo existen los de siempre, que se aferran al poder sin legitimidad y juguetean grotescamente con las aspiraciones de su pueblo.

Copyright: Project Syndicate.
*Escritora e investigadora del Instituto Real de Asuntos Internacionales.



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