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Mai
Yamani*
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com
La democracia está, supuestamente, en camino en el Oriente Medio,
pero los dictadores árabes temen a la democracia, auténtica,
con sus libertades civiles y elecciones competitivas, por lo que se inventan
pócimas que protejan el status quo seleccionando fragmentos de
los modelos políticos occidentales y añadiendo algunas interpretaciones
religiosas para asegurarse una pátina de legitimidad islámica.
Arabia Saudita cuadra con esa descripción enteramente. Sus gobernantes,
algunos de los más autocráticos del mundo, dicen que la
democracia es incompatible con el islam, por lo que prefieren la expresión
gobierno participativo.
Pero una mayoría de eruditos musulmanes, incluidos hombres tan
eminentes como el Jeque de Al Azhar, en El Cairo, y el influyente Jeque
Qaradawi, de Qatar, creen que el islam es compatible con la democracia,
al menos, tal como ellos la definen: respeto del Estado de Derecho, igualdad
entre los ciudadanos, distribución equitativa de la riqueza, justicia
y libertad de expresión y reunión. Lo que sigue siendo discutible
y polémico es el derecho de los ciudadanos a elegir a sus líderes.
Aun así, las presiones en pro de la democratización están
aumentando, en parte, gracias a los pequeños Estados del Golfo,
que compiten entre sí en las reformas democráticas. Qatar
y Omán han elegido consejos consultivos y han concedido el derecho
de voto a las mujeres. En Kuwait y Bahrein se celebran elecciones parlamentarias
y, al final del año pasado, el Jeque Mohammad al Maktoom, Príncipe
Heredero de Dubai, en los Emiratos Árabes Unidos, indicó
que los dirigentes árabes debían hacer reformas o hundirse.
Las elecciones del Iraq han aumentado aún más las presiones
al respecto.
De modo que, al ver amenazada su hegemonía en la región,
Arabia Saudita se ha incorporado a la carrera de las reformas al anunciar
elecciones municipales parciales a los órganos consultivos en los
que la familia real aún nombra a la mitad de los miembros. Las
primeras elecciones se celebrarán en la capital, Riad, el 10 de
febrero; les seguirán las de la región oriental, rica en
petróleo; las de la región meridional de Asir ,el 2 de marzo;
las de La Meca y Medina, en la región occidental de Hijaz, y las
de al Jouf, en la región septentrional, el 21 de abril.
El gobierno lo califica de nueva era política, pero
las mujeres siguen excluidas del voto, pese a los intentos por parte de
varias de ellas de participar en sectores en los que las autoridades religiosas
waha- bíes consideran aceptables para la naturaleza de las
mujeres. Además, de conformidad con la tradición saudí,
la familia gobernante nombra a un príncipe presidente de la Comisión
General que supervisa las elecciones... lo que no es una señal
de amplia participación política, sino del funcionamiento
habitual.
Pese a las gestiones encabezadas por el príncipe heredero Abdullah
con vistas a instar a la participación, el número de registrados
para votar es bajo, cosa que conviene perfectamente al Gobierno, pues
una alta participación podría propiciar el desarrollo de
una cultura electoral. En cambio, la baja participación podría
convencer a los observadores occidentales de que, pese a los ímprobos
esfuerzos del Estado saudí para poner en marcha la democracia,
su pueblo está satisfecho con el status quo.
Los intelectuales saudíes atribuyen la falta de interés
por el voto a la falta de libertad de expresión y reunión,
que frustra la auténtica participación política.
Además, los principales reformadores están encarcelados,
desde el pasado mes de marzo, por firmar una petición de monarquía
constitucional, lo que ha intensificado la general falta de confianza
en el programa del Gobierno.
Las cuestiones más decisivas se refieren a la reforma de la Shura
(Consejo Consultivo). ¿Puede llegar a ser un parlamento auténtico?
¿Sería elegido? En la actualmente, sus miembros son nombrados
por el Rey. No promulga la legislación y raras veces la propone
siquiera. El Rey propone y el Consejo debate. No puede debatir el presupuesto
ni los acuerdos militares, como tampoco puede impugnar las asignaciones
financieras a los numerosos príncipes del régimen.
Además, existe el Diálogo Nacional, iniciado por el Príncipe
Heredero Abdullah, en 2004, como reconocimiento del pluralismo y la diversidad,
que reúne a varias sectas religiosas: salafíes (wahabíes),
sufíes, chiitas. Pero las autoridades religiosas no han legitimado
sus debates, por lo que nada ha cambiado: los chiitas, por ejemplo, aún
no pueden practicar sus rituales religiosos ni ser testigos en los tribunales
ni trabajar siquiera como carniceros.
Pese al cinismo, la apatía, la frustración, la desesperación
y la violencia, algunos saudíes siguen abrigando la esperanza de
que aparezca un príncipe en un caballo blanco que dirija al reino
por la vía de la reforma, pero no existe semejante príncipe,
sólo existen los de siempre, que se aferran al poder sin legitimidad
y juguetean grotescamente con las aspiraciones de su pueblo.
Copyright: Project Syndicate.
*Escritora e investigadora del Instituto Real de Asuntos Internacionales.

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