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Asalto al Cosigüina


Luego de una inolvidable travesía por el Golfo de Fonseca, llegamos a Potosí, en la costa nicaragüense.

Publicada 8 de febrero 2005, El Diario de Hoy



El Diario de Hoy

editorial@elsalvador.com

El asunto estaba decidido: nos apuntábamos a la excursión. Pienso que ni mi mujer ni mis hijos creyeron que hablaba en serio. Y tenían toda la razón. La última vez que subí El Pital fue en una 4X4, y aun así me dolió la rabadilla. Ahora, mi bien merecido desprestigio de papá enclenque podía reivindicarse. Primero debía subir el volcán Cosigüina, en Nicaragua.

El triquitraque arrancó el viernes. Desde el jueves por la noche teníamos listas nuestras mochilas. Pese a haber prescindido del medio súper que mi mujer nos había metido, aquellos morralones pesaban una tonelada.

Salimos rumbo a San Miguel justo a la hora en que el sol se echaba la colcha encima. Entre papás e hijos, éramos ciento tres. El viaje fue todo un caso. También la llegada, la cenada, la dormida y la levantada. A las cuatro y media del sábado, enfilamos para La Unión. El golfo era un espejo. Los cipotes estaban ansiosos por ver a los delfines, y la madre naturaleza no les defraudaría. Frente a la isla de Conchagüita aparecieron los primeros. Luego vendría lo mejor.

“¡Es un troncón!”, gritó uno de los que iba a bordo. Mi hijo Guille, que iba a la par del que gritó, preguntó: “¿Y que los troncos echan agua, pué?”. De pronto, el animal se arqueó, volvió a resoplar, y cuando ya desaparecía de la vista de todos, levantó su inmensa y majestuosa cola. Era una ballena. Los bichos recibieron la sorpresa con un ensordecedor y sostenido ¡Puuuuuuuya! Uno de los papás, que no terminaba de creer lo que habíamos visto, bromeó: “Ésas son las inflables que suelta Luis Cardenal los fines de semana”.

Luego de una inolvidable travesía por el Golfo de Fonseca, llegamos a Potosí, en la costa nicaragüense. Eran pasadas las doce. El calor de San Miguel parecía de plástico comparado con aquel bao potosino. De ahí nos trasladamos en bus hasta la Hacienda Cosigüina. A las dos instalamos el campamento —también a esa hora me arrepentí de haber dejado en la casa aquellas botellas de agua que tanto pesaban—. El paisaje era impresionante. Frente a nosotros: el Golfo de Fonseca. Atrás, el volcán Cosigüina.

La noche en que el Cosigüina hizo erupción, los pobladores de Chinandega, El Viejo, Realejo y Chichigalpa pensaron que había llegado el fin del mundo. El 23 de enero de 1835, el volcán no pudo más y lanzó sus penas al aire. Pasada la medianoche, el gigantón que preside la Cordillera de los Maribios reventó su cono en mil pedazos, esparciendo sus restos hasta México, Centro América y Colombia. La explosión dejó un impresionante cráter de casi dos kilómetros de diámetro.

Bueno, pues justo hacia allá nos dirigíamos. La idea era escalar lo que quedaba del Cosigüina. Un buen hombre de la zona se apiadó de nosotros y nos fue acercando en su camión al pie del volcán. La caminata inició alrededor de las tres.

Nos fuimos por grupos. Nosotros íbamos en el segundo, pero yo llegué casi de último. Mis hijos me echaron la última upa. Eran como las cinco y media cuando ¡finalmente! apareció frente a nuestros ojos aquel boquetón. Vaya cráter. El cansancio y la vista nos dejaron extasiados.

El regreso fue de reír y llorar. De reír, porque nuestros hijos eran un verdadero catálogo de ocurrencias. Y de llorar, porque llegó un momento en que algunos papás simasito nos descuadernamos en vida. A las ocho de la noche llegamos al campamento. Ya no había mucho más que hacer. Un baldazo de agua, media hora de comentarios bajo aquel mar de estrellas maravilloso, y una acción de gracias al Creador porque con la explosión, aquel volcán había quedado tan sólo de ochocientos cincuenta metros de altura (cincuenta metros más y capaz fenecemos). Luego, a dormir.

Al día siguiente emprendimos el regreso. Llegamos a La Unión a las dos y media de la tarde y a casa, como a las 7. A mi mujer le parecí entero. Yo no estaba tan seguro. De lo que sí estuvimos absolutamente seguros, mis hijos y yo, fue de que la próxima vez que el Club Sherpas nos invitara a otra excursión, no nos la perderíamos. Además, quién sabe cuánto tiempo más estaremos para estos trotes.

*Columnista de El Diario de Hoy.


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