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La vida entre los muertos

Al contrario de muchas personas que rehusan entrar a un cementerio por el mito de que los muertos asustan, otros han encontrado refugio y calor humano en ese sitio. Algunos duermen sobre los fríos sepulcros ya que no tienen un hogar en donde pasar sus noches. Una comunidad de 42 familias con casas de adobe y bahareque también moran allí.

Publicada 7 de febrero 2005, El Diario de Hoy

Con vida. Wilber vive con su madre y cinco hermanos en la comunidad Colinas de Cuscatlán situada dentro del panteón. Foto EDH/Alvaro López


El Diario de Hoy

metro@elsalvador.com


La inocencia no conoce el miedo

Un cementerio quizás no sea el mejor lugar para vivir, pero sí el más seguro para el pequeño Wilber Alberto Córdova, conocido como Tumbita. A sus once años, apenas mide un poco más de un metro, pero los centímetros que le hacen falta en estatura le han crecido en su corazón para brindar amor a sus amigos, aún a los desconocidos. Tan pronto como un visitante entra al cementerio de Antiguo Cuscatlán, Tumbita se convierte de inmediato en el guía personal.

No hace muchas preguntas, pero sabe a la perfección qué buscan. Su cuello sostiene una camándula desvencijada cuyas piezas ha añadido con hilo rojo. “Mmmm... es que viera”, afirma con ojos vivaces, “en mi casa se ponen a brincar sobre la lámina y no nos dejan dormir”, termina diciendo, mientras una vecina se asoma por la entrada del panteón, y corre hacia ella para ayudarle con las bolsas que trae.

Al rato vuelve haciendo sonar entre sus dedos unas cuantas monedas que se ganó por su cortesía. Para Wilber, acostumbrado a vivir junto a la muerte, usar las cruces como portería para jugar pelota es sólo un pasatiempo más en su vida.

“Soy amante de la vida”

Médico, filósofo, economista, humanista, militar y hasta sacerdote, han sido las controversiales profesiones que dice haber desempeñado a lo largo de sus enigmáticos 58 años de vida, Jorge Armando López Sandoval.

Soledad. Desde hace tres años, una tumba es su cama. Foto EDH/Alvaro López

“Nada difiere al niño del esclavo”, expresa, ya que se declara un fiel defensor de los derechos de la humanidad. Su venida al mundo estaba profetizada, puesto que afirma ser el “Mesías de las 12 tribus de Israel”. Lo cierto es que se trata de un hombre caucásico, de porte elegante y de muy buen hablar.

Los habitantes de la comunidad aseguran que proviene de una familia adinerada y que en realidad fue médico en un tiempo, pero que las drogas lo hicieron caer. Sin embargo, para él las vicisitudes que pasó por ser un “agente secreto”, lo han llevado hasta allí. “Soy más conocido que la pobreza”, comenta.

Mérito que se ha ganado, según dijo, por codearse y conversar con altas autoridades del gobierno. Asegura que por sus venas corre sangre judía, por lo que se siente comprometido con El Salvador, y por eso ha pedido a otras naciones del mundo ayuda en “asistencia técnica para el país”, ya que considera es la única forma de erradicar la pobreza.

Verdad o no, don Jorge posee un carisma especial y deposita en cada palabra que pronuncia seriedad y firmeza de su actuar en el pasado. Admite que cayó en las garras del alcohol.

Pero, una botella con agua y hojas de Guarumo para el hígado junto a su lecho, (una sepultura) son la mayor prueba de que el vicio lo abandonó, no así su deseo de seguir viviendo. Afirma que las cosas no cambiarán, mientras los “pobres sigan siendo el puñal de los mismos pobres”.

La dulce sonrisa de Marta

“Yo uso champú Sun-Silk, por eso tengo el pelo bien sedita”, asegura Marta Alicia Hernández. Todos en la comunidad del cementerio la conocen por Marta la Secretaria. Pero, no hay que decírselo, porque de inmediato la sonrisa amigable se torna en una expresión de rechazo.

Amigable. Siempre arregla su cabello antes de salir. Foto EDH/Alvaro López

Marta al igual que don Jorge, son los huéspedes aún con vida del camposanto municipal, quienes utilizan como muebles a las sepulturas. Ella se baña y lava su ropa usando una tumba para ambos aseos. No está sola, tiene familia e hijos, pero según dijo, “la soledad y la frustración la tienen así”.

Muy educada y sensata al hablar, comentó que su esposo murió el año pasado en el mismo colchón en el que juntos pasaban sus noches de amor. “En mis brazos, así se quedó”, expresa mientras exhala un suspiro. Marta se cobija al fondo de un pequeño pasillo, al lado de la oficina del encargado del cementerio.

“Ya lleva años viviendo aquí”, manifiesta el trabajador con lástima, ya que según dijo se va a “tomar guaro con los bolitos que entran al fondo del cementerio a beber”. Para Marta su vicio no es tan fuerte. “Yo sólo compro Troika”, dice suavemente. “Y si es con gaseosita, mejor”, afirma mientras afina su voz.

Para los residentes del lugar, su sobrenombre se debe a que en un tiempo ella trabajó como secretaria. Otros, dicen que era “porque siempre andaba una cartera debajo del brazo”. Cual sea la razón, y a juzgar por su forma de esquivar las preguntas, algo muy grave pasó en su vida que no quiso aclarar. Curiosamente, Marta y don Jorge comparten los mismos sentimientos: la soledad y la frustración. Ambos dicen sentirse seguros viviendo en el mundo de los muertos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 



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