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| Con vida. Wilber vive con su madre y cinco hermanos
en la comunidad Colinas de Cuscatlán situada dentro del panteón.
Foto EDH/Alvaro López |
El Diario de Hoy
metro@elsalvador.com
La inocencia no conoce el miedo
Un cementerio quizás no sea el mejor lugar para vivir, pero sí
el más seguro para el pequeño Wilber Alberto Córdova,
conocido como Tumbita. A sus once años, apenas mide un poco más
de un metro, pero los centímetros que le hacen falta en estatura
le han crecido en su corazón para brindar amor a sus amigos, aún
a los desconocidos. Tan pronto como un visitante entra al cementerio de
Antiguo Cuscatlán, Tumbita se convierte de inmediato en el guía
personal.
No hace muchas preguntas, pero sabe a la perfección qué
buscan. Su cuello sostiene una camándula desvencijada cuyas piezas
ha añadido con hilo rojo. Mmmm... es que viera, afirma
con ojos vivaces, en mi casa se ponen a brincar sobre la lámina
y no nos dejan dormir, termina diciendo, mientras una vecina se
asoma por la entrada del panteón, y corre hacia ella para ayudarle
con las bolsas que trae.
Al rato vuelve haciendo sonar entre sus dedos unas cuantas monedas que
se ganó por su cortesía. Para Wilber, acostumbrado a vivir
junto a la muerte, usar las cruces como portería para jugar pelota
es sólo un pasatiempo más en su vida.
Soy amante de la vida
Médico, filósofo, economista, humanista, militar y hasta
sacerdote, han sido las controversiales profesiones que dice haber desempeñado
a lo largo de sus enigmáticos 58 años de vida, Jorge Armando
López Sandoval.
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Soledad. Desde hace tres años, una tumba es su cama. Foto
EDH/Alvaro López
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Nada difiere al niño del esclavo, expresa, ya que
se declara un fiel defensor de los derechos de la humanidad. Su venida
al mundo estaba profetizada, puesto que afirma ser el Mesías
de las 12 tribus de Israel. Lo cierto es que se trata de un hombre
caucásico, de porte elegante y de muy buen hablar.
Los habitantes de la comunidad aseguran que proviene de una familia adinerada
y que en realidad fue médico en un tiempo, pero que las drogas
lo hicieron caer. Sin embargo, para él las vicisitudes que pasó
por ser un agente secreto, lo han llevado hasta allí.
Soy más conocido que la pobreza, comenta.
Mérito que se ha ganado, según dijo, por codearse y conversar
con altas autoridades del gobierno. Asegura que por sus venas corre sangre
judía, por lo que se siente comprometido con El Salvador, y por
eso ha pedido a otras naciones del mundo ayuda en asistencia técnica
para el país, ya que considera es la única forma de
erradicar la pobreza.
Verdad o no, don Jorge posee un carisma especial y deposita en cada palabra
que pronuncia seriedad y firmeza de su actuar en el pasado. Admite que
cayó en las garras del alcohol.
Pero, una botella con agua y hojas de Guarumo para el hígado junto
a su lecho, (una sepultura) son la mayor prueba de que el vicio lo abandonó,
no así su deseo de seguir viviendo. Afirma que las cosas no cambiarán,
mientras los pobres sigan siendo el puñal de los mismos pobres.
La dulce sonrisa de Marta
Yo uso champú Sun-Silk, por eso tengo el pelo bien sedita,
asegura Marta Alicia Hernández. Todos en la comunidad del cementerio
la conocen por Marta la Secretaria. Pero, no hay que decírselo,
porque de inmediato la sonrisa amigable se torna en una expresión
de rechazo.
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Amigable. Siempre arregla su cabello antes de salir. Foto
EDH/Alvaro López
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Marta al igual que don Jorge, son los huéspedes aún con
vida del camposanto municipal, quienes utilizan como muebles a las sepulturas.
Ella se baña y lava su ropa usando una tumba para ambos aseos.
No está sola, tiene familia e hijos, pero según dijo, la
soledad y la frustración la tienen así.
Muy educada y sensata al hablar, comentó que su esposo murió
el año pasado en el mismo colchón en el que juntos pasaban
sus noches de amor. En mis brazos, así se quedó,
expresa mientras exhala un suspiro. Marta se cobija al fondo de un pequeño
pasillo, al lado de la oficina del encargado del cementerio.
Ya lleva años viviendo aquí, manifiesta el trabajador
con lástima, ya que según dijo se va a tomar guaro
con los bolitos que entran al fondo del cementerio a beber. Para
Marta su vicio no es tan fuerte. Yo sólo compro Troika,
dice suavemente. Y si es con gaseosita, mejor, afirma mientras
afina su voz.
Para los residentes del lugar, su sobrenombre se debe a que en un tiempo
ella trabajó como secretaria. Otros, dicen que era porque
siempre andaba una cartera debajo del brazo. Cual sea la razón,
y a juzgar por su forma de esquivar las preguntas, algo muy grave pasó
en su vida que no quiso aclarar. Curiosamente, Marta y don Jorge comparten
los mismos sentimientos: la soledad y la frustración. Ambos dicen
sentirse seguros viviendo en el mundo de los muertos.

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