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Comentario
¿Sirven de algo los cursos preuniversitarios?


El primer día de clases, como era de esperar, casi todos intentaron ubicarse en los asientos de atrás, como si obedecieran en forma automática a una especie de instinto de conservación, como escondiéndose del instructor

Publicada 7 de febrero 2005, El Diario de Hoy


Rodolfo Chang Peña*
El Diario de Hoy

editorial@elsalvador.com

A fines de 2004 y a principios de 2005 se realizaron cursos preuniversitarios en algunos centros de educación superior para los estudiantes de nuevo ingreso, entre otros, con los objetivos de orientar y guiar a los futuros estudiantes para que tengan un mejor desempeño en las aulas. Se habla también de asomarse al interior de los educandos a fin de conocer sus hábitos, actitudes y, sobre todo, la formación que traen del bachillerato, incluso conocer sus potencialidades y determinar con esa base su futura carga académica.

Todo lo anterior se oye bonito, sin embargo, en la práctica las cosas son un tanto diferentes. En efecto, hasta la fecha ninguna institución de educación superior menciona que dispone de mecanismos para el aseguramiento de la calidad de los citados cursos y mucho menos que cuentan con sistemas de control para verificar si e realidad alcanzan los objetivos propuestos. Tampoco se escucha que lleven a cabo seminarios, talleres u otras actividades para analizar y hacer propuestas concretas para ayudar a los jóvenes en esa etapa de transición, todo apunta a que se convirtieron en una rutina que únicamente incrementa los gastos y las formalidades burocráticas a los alumnos.

Aun cuando esta actividad se desarrolla en una gran cantidad de centros en diferentes épocas, según sean sus características concretaré mis observaciones en un grupo aproximado de veinticinco jóvenes que se graduaron en noviembre de 2004, en diferentes lugares del país y que ahora aspiran estudiar una profesión en una de tantas universidades que se encuentran entre el Gran San Salvador y Santa Tecla.

Por diversas razones, los estudiantes que tocan a las puertas de esta universidad se inclinan, en su mayoría por la Administración de Empresas, Jurisprudencia y Ciencias Sociales y algunas ingenierías, en la Industrial, de Sistemas y Civil, el resto se distribuye en Psicología, Filosofía, Comunicaciones, Idiomas, Contabilidad, etc. Después de algún tiempo unos pocos rebotan entre las diferentes facultades para luego emigrar a otros centros preferentemente con un ambiente de mayor permisividad.

El primer día de clases, como era de esperar, casi todos intentaron ubicarse en los asientos de atrás, como si obedecieran en forma automática a una especie de instinto de conservación, algo así como escondiéndose del instructor para que no les pregunten o les pasen al frente.

Cuatro o cinco días después era obvio que los tradicionales payasos y bayuncos, que nunca faltan en cada grupo, y que probablemente asisten presionados por sus padres más que por convencimiento propio, eran los que más buscan escabullirse en los asientos de atrás, para divagarse con mayor facilidad. Después de unos ocho días de clase también empezaron a perfilarse algunas señoritas más preocupadas por su “look” que por las orientaciones del instructor y que se detectan con facilidad por la característica de hacer las tareas a última hora, a veces veinte minutos antes de comenzar la clase.

Ante la pregunta del instructor sobre sus impresiones de estar en la universidad, a excepción de cuatro o cinco que mostraron naturalidad, todos los demás evidenciaron timidez y una conducta huidiza, aparentemente les aterraba decir lo que piensan frente al grupo. Dos semanas después, cuando se sintieron con más confianza y seguridad, al menos veinte de los veinticinco dijeron con sinceridad que no les gustan la lectura, los textos y las obras serias de literatura.

Sin embargo, más de uno aseguró haber leído una obra pero al ser repreguntado por el profesor, no supo resumir el contenido de la misma, tampoco pudo explicar en forma precisa por qué le gustó o no le gustó. Llamó la atención la opinión de una señorita con relación a la novela Cien años de soledad, del laureado y famoso escritor colombiano Gabriel García Márquez, que dijo que no le había gustado “por ser muy complicada y difícil de entender”.

La selección de la carrera no parece ser el resultado de un análisis serio que tenga como punto de partida las aptitudes y vocación previamente determinadas, eso de pasarse de Jurisprudencia y Ciencias Sociales a Ingeniería Civil, de Psicología a Veterinaria y de Idiomas a Arquitectura son hechos que hablan por sí solos. Resulta interesante también observar la indumentaria habitual de los futuros estudiantes universitarios de 2005.

Al menos en el grupo analizado, la tercera parte de los varones tiene un aspecto que recuerda a los mareros, aunque ellos aseguran que visten así porque esa es la moda, además les tiene sin cuidado lo que la gente piense de ellos. La mitad de las féminas, en cambio, insisten que si la moda actual exige “enseñar” (ombligo, parte del abdomen y depósitos de grasa en la espalda), ellas con todo gusto se someten a esos dictados, independientemente a si están o no excedidas de peso.

El lenguaje que se les escucha cuando se comunican entre sí abunda en frases del tipo: “Pues sí, pues veá”, “Te lo dije y te lo vuelvo a repetir”, “El bicho se fue, el cual volvió, o sea, o sea que no se fue”, “Presten atención a ese viejo porque es cuadrado y ácido”, “Capaz de todo por las bolas”, etc.

* Dr. en Medicina.


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