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Rodolfo Chang Peña*
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com
A fines de 2004 y a principios de 2005 se realizaron cursos preuniversitarios
en algunos centros de educación superior para los estudiantes de
nuevo ingreso, entre otros, con los objetivos de orientar y guiar a los
futuros estudiantes para que tengan un mejor desempeño en las aulas.
Se habla también de asomarse al interior de los educandos a fin
de conocer sus hábitos, actitudes y, sobre todo, la formación
que traen del bachillerato, incluso conocer sus potencialidades y determinar
con esa base su futura carga académica.
Todo lo anterior se oye bonito, sin embargo, en la práctica las
cosas son un tanto diferentes. En efecto, hasta la fecha ninguna institución
de educación superior menciona que dispone de mecanismos para el
aseguramiento de la calidad de los citados cursos y mucho menos que cuentan
con sistemas de control para verificar si e realidad alcanzan los objetivos
propuestos. Tampoco se escucha que lleven a cabo seminarios, talleres
u otras actividades para analizar y hacer propuestas concretas para ayudar
a los jóvenes en esa etapa de transición, todo apunta a
que se convirtieron en una rutina que únicamente incrementa los
gastos y las formalidades burocráticas a los alumnos.
Aun cuando esta actividad se desarrolla en una gran cantidad de centros
en diferentes épocas, según sean sus características
concretaré mis observaciones en un grupo aproximado de veinticinco
jóvenes que se graduaron en noviembre de 2004, en diferentes lugares
del país y que ahora aspiran estudiar una profesión en una
de tantas universidades que se encuentran entre el Gran San Salvador y
Santa Tecla.
Por diversas razones, los estudiantes que tocan a las puertas de esta
universidad se inclinan, en su mayoría por la Administración
de Empresas, Jurisprudencia y Ciencias Sociales y algunas ingenierías,
en la Industrial, de Sistemas y Civil, el resto se distribuye en Psicología,
Filosofía, Comunicaciones, Idiomas, Contabilidad, etc. Después
de algún tiempo unos pocos rebotan entre las diferentes facultades
para luego emigrar a otros centros preferentemente con un ambiente de
mayor permisividad.
El primer día de clases, como era de esperar, casi todos intentaron
ubicarse en los asientos de atrás, como si obedecieran en forma
automática a una especie de instinto de conservación, algo
así como escondiéndose del instructor para que no les pregunten
o les pasen al frente.
Cuatro o cinco días después era obvio que los tradicionales
payasos y bayuncos, que nunca faltan en cada grupo, y que probablemente
asisten presionados por sus padres más que por convencimiento propio,
eran los que más buscan escabullirse en los asientos de atrás,
para divagarse con mayor facilidad. Después de unos ocho días
de clase también empezaron a perfilarse algunas señoritas
más preocupadas por su look que por las orientaciones
del instructor y que se detectan con facilidad por la característica
de hacer las tareas a última hora, a veces veinte minutos antes
de comenzar la clase.
Ante la pregunta del instructor sobre sus impresiones de estar en la universidad,
a excepción de cuatro o cinco que mostraron naturalidad, todos
los demás evidenciaron timidez y una conducta huidiza, aparentemente
les aterraba decir lo que piensan frente al grupo. Dos semanas después,
cuando se sintieron con más confianza y seguridad, al menos veinte
de los veinticinco dijeron con sinceridad que no les gustan la lectura,
los textos y las obras serias de literatura.
Sin embargo, más de uno aseguró haber leído una obra
pero al ser repreguntado por el profesor, no supo resumir el contenido
de la misma, tampoco pudo explicar en forma precisa por qué le
gustó o no le gustó. Llamó la atención la
opinión de una señorita con relación a la novela
Cien años de soledad, del laureado y famoso escritor colombiano
Gabriel García Márquez, que dijo que no le había
gustado por ser muy complicada y difícil de entender.
La selección de la carrera no parece ser el resultado de un análisis
serio que tenga como punto de partida las aptitudes y vocación
previamente determinadas, eso de pasarse de Jurisprudencia y Ciencias
Sociales a Ingeniería Civil, de Psicología a Veterinaria
y de Idiomas a Arquitectura son hechos que hablan por sí solos.
Resulta interesante también observar la indumentaria habitual de
los futuros estudiantes universitarios de 2005.
Al menos en el grupo analizado, la tercera parte de los varones tiene
un aspecto que recuerda a los mareros, aunque ellos aseguran que visten
así porque esa es la moda, además les tiene sin cuidado
lo que la gente piense de ellos. La mitad de las féminas, en cambio,
insisten que si la moda actual exige enseñar (ombligo,
parte del abdomen y depósitos de grasa en la espalda), ellas con
todo gusto se someten a esos dictados, independientemente a si están
o no excedidas de peso.
El lenguaje que se les escucha cuando se comunican entre sí abunda
en frases del tipo: Pues sí, pues veá, Te
lo dije y te lo vuelvo a repetir, El bicho se fue, el cual
volvió, o sea, o sea que no se fue, Presten atención
a ese viejo porque es cuadrado y ácido, Capaz de todo
por las bolas, etc.
* Dr. en Medicina.

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