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Luis Fernández Cuervo*
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com
...Podría tener un éxito rotundo contra la pandemia del
Sida. Basta mirar el éxito de la campaña cada vez más
intensa contra el consumo de tabaco. Contra los fumadores se han movilizado
fuerzas poderosas, millones de dólares, expertos publicistas, y
a los fumadores, como si estuvieran apestados, se les ha ido expulsando
primero de los aviones y aeropuertos; después, de los trenes, los
restaurantes, los lugares de trabajo, etc. Ya hay ciudades donde, a la
hora de encender un cigarrillo, los denostados y perversos
(¿?) fumadores tienen que dejar el sitio donde trabajan y bajar
a la calle a consumir su cilindrito humeante con conciencia de grave pecado
contra la humanidad.
De esta feroz condena no se salvan ni las estrellas de cine. Ya no estamos
en los tiempos del film Casablanca, donde Humphrey Bogart,
en todas las escenas aparece con el cigarrillo en la boca. Ahora una simple
foto con un cigarrillo en la mano le ha costado el repudio público
a más de una rutilante figura de Hollywood.
Si la ONU quisiera... Porque dinero, medios y especialistas en publicidad
tienen de sobra. Influencias y presiones a nivel de gobiernos para enrolar
en una campaña a medio mundo, tampoco le faltan. ¡Y sería
tan sencillo...! Bastaría con que dijesen la verdad; pero, eso
sí, toda la verdad y nada más que la verdad. Tendrían
a su favor la historia universal, la ciencia médica, la psiquiatría,
la sociología, la experiencia de siglos, los pensadores más
ilustres... ¡Tendrían todo!
Claro que deberían empezar por aclarar que la actividad sexual
tiene deberes exigentes antes que derechos. Tendrían que insistir
en que la unión sexual entre un hombre y una mujer es un derecho
matrimonial, y que tener relaciones sexuales fuera del matrimonio tiene
un nombre muy preciso, como lo registra el Diccionario de la Lengua española
y cualquier otro buen diccionario. Se llama fornicación. Para los
países de cultura cristiana podría recordar, así
como de pasada, que el sexto mandamiento de la Ley de Dios prohíbe
fornicar bajo pena de pecado mortal. Pero tampoco eso sería estrictamente
necesario, ya que siempre hay gente que a lo religioso le tiene una alergia
urticariante y basta que Dios diga una cosa para que ya les entren ganas
de llevarle la contraria.
Lo importante es que dejaran muy claro lo que se sabe desde que el hombre
es hombre: que la fornicación es siempre perjudicial para los fornicarios
y para la sociedad entera AUNQUE NO SE CONTRAIGA CON ELLA NINGUNA ENFERMEDAD.
Podría demostrar con miles de ejemplos de la historia universal
que, cuando el libertinaje sexual aumenta en una cultura, es un claro
signo de decadencia. Podría demostrar, incluso con expedientes
de archivo de la policía de cualquier país, cómo
la fornicación está ligada a los adulterios, con su consecuencia
de venganzas criminales, y cómo la historia de las perversiones
sexuales y de los grandes asesinos sadomasoquistas comenzaron a veces
sólo por ser adictos a la pornografía.
Podrían aducir la experiencia de psicólogos, sociólogos
y médicos, para demostrar que la lujuria es un vicio tan difícil
de desarraigar como la droga y que desde los grandes pensadores de la
antigüedad se sabe que la lujuria oscurece la mente para los valores
morales y espirituales y cómo los fornicarios suelen ser también
corruptos, mentirosos y haraganes.
Y en sentido contrario, podría aducir también el criterio
de las grandes mentes de la humanidad para demostrar cómo la continencia
y la castidad ayudan a la fortaleza moral, a la alegría, a la claridad
y profundidad intelectual, al ánimo generoso, altruista y solidario.
Y cómo la humanidad le debe, a los que practicaron esas virtudes
desde su juventud, grandes bienes de todo tipo.
Partiendo desde Platón y Aristóteles y siguiendo por Cicerón
y Séneca, podrían abrumar con las citas y sentencias de
grandes pensadores donde se alaba la castidad y se desprecia la fornicación.
Podrían enseñar cómo la fornicación y la infidelidad
llevaron a la demencia a personajes tan nefastos como Enrique VIII de
Inglaterra, Vladimir Lenin o Federico Nietzsche.
Tendrían también que explicar que de la actividad sexual
matrimonial, cuando los dos guardaron la continencia sexual antes del
matrimonio y la fidelidad matrimonial después, nunca, en ninguna
pareja, ha aparecido una enfermedad sexual ni un cáncer de cuello
uterino. Y dejar bien en claro ante el Sida y cualquier otro mal venéreo,
la frase lapidaria de aquel científico que dijo: La naturaleza
nunca perdona, mucho menos si la fornicación es contra-natura
y a este respecto recordar que los primeros tres diagnosticados de Sida
en EE.UU. fueron tres varones homosexuales. Y que también el primero
diagnosticado de Sida en El Salvador, en España y en otros países,
fue un homosexual y que eso no es precisamente un motivo para el
orgullo gay, aunque ese colectivo poderoso haya hecho desaparecer
esos datos reveladores incluso en las últimas ediciones de algunos
textos de Medicina.
Si la ONU quisiera... pero no querrá, porque si se sigue investigando
a fondo se comprueba cómo el brusco cambio que la moral de nuestra
civilización sufrió al comienzo de la segunda mitad del
pasado Siglo XX no ocurrió espontáneamente, sino que fue
algo premeditado por los fanáticos del control de la natalidad
mundial. Si queremos controlar la natalidadse dijeron
hay que cambiar la moral de los jóvenes y adolescentes, consiguiendo
burlar la autoridad paterna con leyes que permitan difundir entre ellos
los anticonceptivos y el aborto.
Con eso comenzó el desmadre. Y en eso la ONU se ha erigido en campeona,
y en vez de reconocer su culpa en este oculto genocidio, intoxica a la
opinión pública echándole la culpa del fracaso de
su condomanía a la Iglesia Católica por defender la virtud
de la castidad y el sentido común.
*Dr. en Medicina y columnista de El Diario de Hoy. lfcuervo@telemovil.net.

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