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Si la ONU quisiera...


Si la ONU quisiera... Porque dinero, medios y especialistas en publicidad tienen de sobra. Influencias y presiones a nivel de gobiernos para enrolar en una campaña a medio mundo, tampoco le faltan

Publicada 7 de febrero 2005, El Diario de Hoy


Luis Fernández Cuervo*
El Diario de Hoy

editorial@elsalvador.com

...Podría tener un éxito rotundo contra la pandemia del Sida. Basta mirar el éxito de la campaña cada vez más intensa contra el consumo de tabaco. Contra los fumadores se han movilizado fuerzas poderosas, millones de dólares, expertos publicistas, y a los fumadores, como si estuvieran apestados, se les ha ido expulsando primero de los aviones y aeropuertos; después, de los trenes, los restaurantes, los lugares de trabajo, etc. Ya hay ciudades donde, a la hora de encender un cigarrillo, los denostados y “perversos” (¿?) fumadores tienen que dejar el sitio donde trabajan y bajar a la calle a consumir su cilindrito humeante con conciencia de grave pecado contra la humanidad.

De esta feroz condena no se salvan ni las estrellas de cine. Ya no estamos en los tiempos del film “Casablanca”, donde Humphrey Bogart, en todas las escenas aparece con el cigarrillo en la boca. Ahora una simple foto con un cigarrillo en la mano le ha costado el repudio público a más de una rutilante figura de Hollywood.

Si la ONU quisiera... Porque dinero, medios y especialistas en publicidad tienen de sobra. Influencias y presiones a nivel de gobiernos para enrolar en una campaña a medio mundo, tampoco le faltan. ¡Y sería tan sencillo...! Bastaría con que dijesen la verdad; pero, eso sí, toda la verdad y nada más que la verdad. Tendrían a su favor la historia universal, la ciencia médica, la psiquiatría, la sociología, la experiencia de siglos, los pensadores más ilustres... ¡Tendrían todo!

Claro que deberían empezar por aclarar que la actividad sexual tiene deberes exigentes antes que derechos. Tendrían que insistir en que la unión sexual entre un hombre y una mujer es un derecho matrimonial, y que tener relaciones sexuales fuera del matrimonio tiene un nombre muy preciso, como lo registra el Diccionario de la Lengua española y cualquier otro buen diccionario. Se llama fornicación. Para los países de cultura cristiana podría recordar, así como de pasada, que el sexto mandamiento de la Ley de Dios prohíbe fornicar bajo pena de pecado mortal. Pero tampoco eso sería estrictamente necesario, ya que siempre hay gente que a lo religioso le tiene una alergia urticariante y basta que Dios diga una cosa para que ya les entren ganas de llevarle la contraria.

Lo importante es que dejaran muy claro lo que se sabe desde que el hombre es hombre: que la fornicación es siempre perjudicial para los fornicarios y para la sociedad entera AUNQUE NO SE CONTRAIGA CON ELLA NINGUNA ENFERMEDAD. Podría demostrar con miles de ejemplos de la historia universal que, cuando el libertinaje sexual aumenta en una cultura, es un claro signo de decadencia. Podría demostrar, incluso con expedientes de archivo de la policía de cualquier país, cómo la fornicación está ligada a los adulterios, con su consecuencia de venganzas criminales, y cómo la historia de las perversiones sexuales y de los grandes asesinos sadomasoquistas comenzaron a veces sólo por ser adictos a la pornografía.

Podrían aducir la experiencia de psicólogos, sociólogos y médicos, para demostrar que la lujuria es un vicio tan difícil de desarraigar como la droga y que desde los grandes pensadores de la antigüedad se sabe que la lujuria oscurece la mente para los valores morales y espirituales y cómo los fornicarios suelen ser también corruptos, mentirosos y haraganes.

Y en sentido contrario, podría aducir también el criterio de las grandes mentes de la humanidad para demostrar cómo la continencia y la castidad ayudan a la fortaleza moral, a la alegría, a la claridad y profundidad intelectual, al ánimo generoso, altruista y solidario. Y cómo la humanidad le debe, a los que practicaron esas virtudes desde su juventud, grandes bienes de todo tipo.

Partiendo desde Platón y Aristóteles y siguiendo por Cicerón y Séneca, podrían abrumar con las citas y sentencias de grandes pensadores donde se alaba la castidad y se desprecia la fornicación. Podrían enseñar cómo la fornicación y la infidelidad llevaron a la demencia a personajes tan nefastos como Enrique VIII de Inglaterra, Vladimir Lenin o Federico Nietzsche.

Tendrían también que explicar que de la actividad sexual matrimonial, cuando los dos guardaron la continencia sexual antes del matrimonio y la fidelidad matrimonial después, nunca, en ninguna pareja, ha aparecido una enfermedad sexual ni un cáncer de cuello uterino. Y dejar bien en claro ante el Sida y cualquier otro mal venéreo, la frase lapidaria de aquel científico que dijo: “La naturaleza nunca perdona”, mucho menos si la fornicación es contra-natura y a este respecto recordar que los primeros tres diagnosticados de Sida en EE.UU. fueron tres varones homosexuales. Y que también el primero diagnosticado de Sida en El Salvador, en España y en otros países, fue un homosexual y que eso no es precisamente un motivo para “el orgullo gay”, aunque ese colectivo poderoso haya hecho desaparecer esos datos reveladores incluso en las últimas ediciones de algunos textos de Medicina.

Si la ONU quisiera... pero no querrá, porque si se sigue investigando a fondo se comprueba cómo el brusco cambio que la moral de nuestra civilización sufrió al comienzo de la segunda mitad del pasado Siglo XX no ocurrió espontáneamente, sino que fue algo premeditado por los fanáticos del control de la natalidad mundial. “Si queremos controlar la natalidad”—se dijeron— “hay que cambiar la moral de los jóvenes y adolescentes, consiguiendo burlar la autoridad paterna con leyes que permitan difundir entre ellos los anticonceptivos y el aborto”.

Con eso comenzó el desmadre. Y en eso la ONU se ha erigido en campeona, y en vez de reconocer su culpa en este oculto genocidio, intoxica a la opinión pública echándole la culpa del fracaso de su condomanía a la Iglesia Católica por defender la virtud de la castidad y el sentido común.

*Dr. en Medicina y columnista de El Diario de Hoy. lfcuervo@telemovil.net.


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