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Comentario de la semana
La fe en la libertad


Bailes, alegría, mostraron las imágenes televisivas el pasado domingo, cuando los iraquíes, tras haber salido a votar, estallaron de júbilo al final de la histórica jornada.

Publicada 5 de febrero 2005, El Diario de Hoy


Eduardo Torres
El Diario de Hoy

editorial@elsalvador.com

En marzo de 1982, para las elecciones de la Asamblea Constituyente, cuando quien esto escribe —en su primer trabajo: Cancillería— se desempeñaba como coordinador del Comité Nacional de Observadores (CAO), uno de los primeros en regresar al Hotel Presidente durante esa histórica jornada, al finalizar su recorrido por diferentes centros de votación, fue el tres veces Presidente de Costa Rica José María Figueres, “Don Pepe”.

“Yo ya sé quién ganó”, afirmó astutamente el patriarca, a la entrada del hotel. La atención hacia él fue inmediata. Al menos otras dos personas, más el coordinador in situ de la CAO —que en ese momento tenía veinticinco años—, preguntamos al unísono, ¿quién, don Pepe? El avezado político, de entrada, había logrado su objetivo para dar el mensaje que quería trasladar, tras haber sido profundamente impactado durante tan memorable jornada: “La democracia”, respondió con una sonrisa, haciendo un guiño con uno de sus ojos.

A la primera oportunidad que tuvimos los salvadoreños para escoger entre libertad y tiranía, luego del golpe de Estado de 1979, pues fuimos claros y consecuentes al elegir la democracia como forma de vida, la cual, parafraseando a Churchill, por imperfecta que sea, es el mejor sistema que existe para regir la convivencia pacífica entre los seres humanos.

La asistencia a las urnas fue masiva, a pesar de las amenazas. Inequívoca fue la respuesta que en esa fecha le dimos al mundo, aunque pasaran todavía diez años para poder cerrar el capítulo más negro de nuestra historia.

Creo que algo de esto es lo que está pasando en Iraq.

Los iraquíes, a pesar del éxito que han tenido los terroristas en amedrentarles —hasta el pánico—, se volcaron de manera masiva a las urnas. Los rumores en Bagdad, según la prensa internacional, eran que planeaban los terroristas unos ciento cincuenta atentados suicidas, haciendo volar carros por los aires; que tenían una “bomba sucia” —que habían venido guardando para la ocasión— y que iban a hacer explosionar tantos centros de votación, que la gente no se iba a atrever a salir de sus casas.

Bailes, alegría, mostraron las imágenes televisivas el pasado domingo, cuando los iraquíes, tras haber salido a votar, estallaron de júbilo al final de la histórica jornada, en la primera oportunidad que han tenido para manifestarse, enviándole al mundo una poderosísima señal de ansia de libertad y democracia. De un mejor futuro.

Anímica y psicológicamente, fue un tremendo revés para al-Zarqawi y otros engendros terroristas, cuando aún en bastiones sunitas —quienes no siendo mayoría, gobernaron bajo Sadam Hussein—, salieron decididamente a votar, aunque en menor proporción que los mayoritarios chiitas, y de los kurdos. La elección fue para elegir un parlamento de 275 miembros, redactar una nueva Constitución y elegir nuevo Presidente y un gobierno de transición.

Al cierre ayer de esta columna, informó en su versión electrónica el periódico “The Washington Post”: “Líderes sunitas que boicotearon la elección del domingo expresaron disponibilidad de participar en el nuevo Gobierno, con lo que se abre la posibilidad de romperse el impasse que ha evitado todo prospecto de reconciliación nacional”.

Mucho de ello, afirma dicho artículo, tendrá que ver con la posición que tome el nuevo Gobierno hacia la “insurgencia” y la posible separación de funcionarios del partido de Hussein —el Partido “Baath”— de las instituciones del Estado. “Estamos tomando una línea conciliatoria”, dijo Wamidh Nadhmi, líder de la Tendencia Árabe Nacionalista —una coalición de grupos sunitas y chiitas—, “porque tenemos temor que el asunto pueda convertirse en una guerra civil”. “Los dos bandos” —chiitas y sunitas—, añadió, “han llegado a la conclusión que tienen que respetar al otro grupo, si quieren un Iraq unificado”.

Con 3.3 millones de votos contabilizados hasta ayer, sobre todo de provincias chiitas, la Alianza Unida Iraquí, liderada por el más respetado clérigo musulmán chiita, Abdul-Aziz-al-Hakim, llevaba un 67%, seguido de la Lista Iraquí, liderada por el Primer Ministro interino, Ayad Allawi. Dichos votos corresponden a diez de las dieciocho provincias y representa el 35% de los más de 5,000 lugares de votación de ese país. Los resultados de las provincias sunitas musulmanas, al norte u oeste de Bagdad, o de las provincias dominadas por los kurdos, al norte de Iraq, todavía no han sido contabilizados.

¿No es momento de que reconcilie diferencias la comunidad internacional y ofrezca el apoyo que requiere ese sufrido pueblo, para llegar a decidir en libertad? ¡El mensaje enviado por el pueblo iraquí merece que ello sea así!

*Lic. en Ciencias Jurídicas y columnista de El Diario de Hoy.


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