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Armando
Rivera Bolaños*
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com
El jueves 13 de enero, en horas de la noche, mientras recordábamos
la tragedia del sismo de 2001 en el país y la desgracia natural
en Asia, recibimos en casa una llamada urgente; uno de mis nietos había
sido acribillado a balazos en una colonia de Apopa, víctima de
un grupo de asesinos.
En cosa de minutos estuvimos en el sitio del crimen, donde ya los investigadores
de la PNC y forenses del Instituto de Medicina Legal se dedicaban a su
ingrata labor de recoger evidencias y el reconocimiento físico
de mi nieto, que yacía exánime en la calle, mientras un
numerosos grupo de curiosos, infaltable en estos casos, hacía mil
y una conjeturas acerca del hecho doloroso. Alguien me dijo que en otro
sitio de Apopa también había sido asesinado el hijo de una
procuradora, a lo que sólo respondí con una exclamación
a Dios por tanta sangre juvenil derramada por la ola de violencia que
azota a nuestro querido país.
Este homicidio, que como tantos otros golpea a diario los hogares salvadoreños,
sin que se vislumbre una solución efectiva, debe motivarnos a todos,
sin distinción, a organizarnos en la búsqueda de un análisis
sobre las verdaderas causa que originan esta espiral del crimen y esforzarnos
por encontrar medidas que no sólo conduzcan al castigo o prisión
de los delincuentes, tal como es la tónica gubernamental en estos
momentos, sino a encontrar medidas efectivas y eficaces que reduzcan la
violencia social, combatiéndola precisamente desde esos orígenes
o causas.
De que vivimos en una sociedad violenta es una realidad palpitante y angustiosa,
pero la cuestión reside en saber el porqué de esa actitud
violenta en los salvadoreños y en el cómo solucionarla,
porque a la postre podemos encerrar miles de antisociales y construir
centenares de cárceles, pero si no encontramos con claridad esa
etiología de la ola sociopatológica que padecemos actualmente,
seguiremos afrontando el problema con muchísimas más muertes
de inocentes a diario que nos ubican en un deshonroso segundo lugar en
la América Latina, es decir, el problema delictivo no es para permanecer
apáticos o estar dando soluciones parciales, sino para sacudir
la conciencia nacional y enfrentarnos a dicho problema con medidas determinantes
que ya en otras naciones fueron ensayadas con bastante éxito y
que, adaptadas a nuestro entorno, nos permita ir encontrando la luz al
final de este camino de pesadumbre y espanto.
Por ejemplo, ¿qué hace la PNC por fortalecer el campo de
la investigación? ¿Por qué no existe un sistema de
auténtica protección a los testigos? ¿Por qué
tantos crímenes quedan en las tinieblas de la impunidad? ¿Qué
hay realmente en el trasfondo de esta ola de violencia social? ¿Cuándo
se desarticularán las bandas de sicarios que asesinan a personas
útiles? Y podríamos seguir formulando muchísimas
preguntas más sobre el área de la seguridad pública.
En el caso de la Fiscalía General de la República, ¿por
qué tantos delitos no son profundizados o se llevan a juicio con
debilidad probatoria? ¿Existe una interrelación fluida y
eficaz entre los fiscales y los organismos de investigación policial?
¿Se realizan capacitaciones fiscales que versen sobre las causas
de esta vorágine criminal que aterroriza y enluta a los hogares
del país? ¿Quiénes abastecen de armas a las pandillas
criminales?
Y luego, ¿qué decir del sistema judicial nacional? ¿Es
que ha fracasado entre nosotros el modelo penal acusatorio? ¿O
es que tenemos jueces ineficientes en el país? ¿Darán
debido cumplimiento a los códigos Penal y Procesal Penal? ¿Cuál
es el estado actual de la tan anunciada depuración judicial? ¿Dónde
se encuentra la participación de las asociaciones profesionales
y de las universidades salvadoreñas? ¿O concluiremos que
la única solución es enjaular no sólo a mareros y
ladrones, sino también ciudadanos, empresarios, etcétera?
¡Porque ahora amenazan con prisión hasta al comerciante en
cereales que llegue a almacenar unos cuantos quintales de maicillo!
Sócrates dijo hace tres mil años que ningún ser humano
nace malo. Que la naturaleza humana es buena desde sus orígenes,
pero los hombres caen en la comisión de ilícitos por la
ignorancia. Debemos enfocar de nuevo el papel de la escuela, de la familia,
de la sociedad misma. El reto está allí. Es hora de enfrentarlo
con fe en Dios y basados en la moral cristiana, pero donde todos participemos,
antes que más vidas sigan sumando cifras siniestras en nuestra
amada patria.
* Abogado y notario, psicólogo.

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