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Robert
J. Schiller*
El
Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com
El debate sobre cómo reaccionar ante el desastre provocado por
el tsunami de Asia se ha centrado de manera fundamental en los programas
gubernamentales de socorro y los planes oficiales para aplicar sistemas
de alerta temprana. Poca atención se ha prestado al fomento de
las instituciones privadas de gestión de riesgos, en particular
las de seguros.
Resulta lamentable. Las compañías de seguros brindan una
gestión de riesgos profesional y muy detallada que respeta la complejidad
de los peligros contra los que proteger y atiende de forma creativa las
necesidades individuales. El fomento de los seguros privados puede parecer
una reacción indirecta ante el desastre del tsunami, pero se trata
de una reacción racional y sólida.
Las compañías de seguros no han penetrado en muchas de las
regiones que sufrieron las mayores pérdidas. Según un estudio
del Instituto de Información sobre los Seguros, en 2003, los gastos
en seguros distintos de los de vida representaron sólo el 0,83
por ciento del PIB en Indonesia, el 1,19 por ciento del PIB en Tailandia
y el 0,62 por ciento del PIB en la India, frente al 5,23 por ciento del
PIB en Estados Unidos.
La ayuda extranjera no puede substituir a los seguros. La caridad es estimulante
y nos confirma nuestra humanidad, pero con frecuencia es caprichosa. Nadie
desearía depender de ella. De hecho, a la hora de decidir cuánta
ayuda conceder para remediar desastres, con frecuencia los países
parecen influidos, principalmente, por la preocupación de sus dirigentes
por la opinión de los demás al respecto. La caridad reacciona
ante los acontecimientos que acaparan la atención y con frecuencia
desatiende desastres menos sensacionales.
Por otra parte, los seguros constituyen una institución fiable
y venerable, pues su forma moderna se remonta al Siglo XVII, pero los
seguros y otras instituciones de gestión de riesgos se han desarrollado
de forma lenta, incluso en los países avanzados. En Estados Unidos,
la mayoría de las personas carece aún de seguros contra
inundaciones o terremotos. En California, una de las regiones geológicamente
más inestables del mundo, sólo uno de cada seis propietarios
de viviendas subscribe un seguro contra terremotos.
Un problema fundamental es el de que el del seguro no es un concepto que
resulte natural a la mayoría de las personas. De hecho, como han
mostrado los psicólogos Daniel Kahneman y Amos Tversky, existe
una tendencia humana sistemática a minimizar la probabilidad percibida
de los sucesos poco probables, por lo que las personas orientan sus vidas
como si la probabilidad de que se produzcan dichos sucesos fuera nula.
Asimismo, los seres humanos tienen tendencia a aceptar los riesgos grandes,
pero poco probables, para evitar pequeñas pérdidas seguras,
como, por ejemplo, las primas de seguros.
Para abordar los desastres con mayor eficacia, los países deben
contar con la voluntad de crear un medio en el que pueda florecer un sector
de seguros privados mucho más desarrollado. En Estados Unidos el
Programa Nacional de Seguros contra Inundaciones de 1968 impuso la obligación,
por parte de quienes financien la construcción o la mejora de estructuras
incluidas en las zonas especiales con peligro de inundaciones, de subscribir
un seguro contra inundaciones.
Muchas de las peores consecuencias de los sucesos de Asia se han producido
en zonas expuestas a tsunamis, como, por ejemplo, las zonas costeras bajas
de Sri Lanka. Las compañías privadas de seguros desaconsejarían
la construcción en los emplazamientos más peligrosos, pues
las primas resultarían prohibitivas, mientras que fomentarían
la adopción de métodos de construcción resistentes
a los tsunamis en las zonas marginales.
Piénsese en la falta de un sistema de alerta temprana de tsunamis
en los países más afectados. Resulta fácil acusar
a las personas de falta de previsión, pero ninguno de los nueve
países más afectados contaba con dicho sistema. No pueden
ser todos chapuceros. El problema no es el error individual. Ese fallo
se debió a la falta de instituciones internacionales apropiadas
que estuvieran en guardia ante la gran diversidad de posibles desastres.
El debate sobre los sistemas de alerta temprana sobre tsunamis se ha centrado
en los programas estatales, pero la alerta temprana consiste en algo más
que sensores oceánicos y satélites; significa también
el alejamiento de la construcción de las zonas expuestas a desastres
y en insistir para que las empresas privadas preparen procedimientos eficaces
de seguridad y evacuación.
El sector de los seguros puede y debe reaccionar ante el desastre
del tsunami, aceptando el imperativo moral de adoptar medidas concertadas
para ampliar la cobertura de riesgos. En la medida en que los gobiernos
participen, pueden fomentar una mejor gestión de los riesgos mediante
una reglamentación receptiva e incluso la subvención de
experimentos con nuevos productos privados de seguros.
Copyright: Project Syndicate.
*Profesor de Economía en la Universidad de Yale.

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