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Breve análisis
¿Podemos asegurar contra los tsunamis?


La ayuda extranjera no puede substituir a los seguros. La caridad es estimulante y nos confirma nuestra humanidad, pero con frecuencia es caprichosa. Nadie desearía depender de ella

Publicada 4 de febrero 2005, El Diario de Hoy


Robert J. Schiller*
El Diario de Hoy

editorial@elsalvador.com


El debate sobre cómo reaccionar ante el desastre provocado por el tsunami de Asia se ha centrado de manera fundamental en los programas gubernamentales de socorro y los planes oficiales para aplicar sistemas de alerta temprana. Poca atención se ha prestado al fomento de las instituciones privadas de gestión de riesgos, en particular las de seguros.

Resulta lamentable. Las compañías de seguros brindan una gestión de riesgos profesional y muy detallada que respeta la complejidad de los peligros contra los que proteger y atiende de forma creativa las necesidades individuales. El fomento de los seguros privados puede parecer una reacción indirecta ante el desastre del tsunami, pero se trata de una reacción racional y sólida.

Las compañías de seguros no han penetrado en muchas de las regiones que sufrieron las mayores pérdidas. Según un estudio del Instituto de Información sobre los Seguros, en 2003, los gastos en seguros distintos de los de vida representaron sólo el 0,83 por ciento del PIB en Indonesia, el 1,19 por ciento del PIB en Tailandia y el 0,62 por ciento del PIB en la India, frente al 5,23 por ciento del PIB en Estados Unidos.

La ayuda extranjera no puede substituir a los seguros. La caridad es estimulante y nos confirma nuestra humanidad, pero con frecuencia es caprichosa. Nadie desearía depender de ella. De hecho, a la hora de decidir cuánta ayuda conceder para remediar desastres, con frecuencia los países parecen influidos, principalmente, por la preocupación de sus dirigentes por la opinión de los demás al respecto. La caridad reacciona ante los acontecimientos que acaparan la atención y con frecuencia desatiende desastres menos sensacionales.

Por otra parte, los seguros constituyen una institución fiable y venerable, pues su forma moderna se remonta al Siglo XVII, pero los seguros y otras instituciones de gestión de riesgos se han desarrollado de forma lenta, incluso en los países avanzados. En Estados Unidos, la mayoría de las personas carece aún de seguros contra inundaciones o terremotos. En California, una de las regiones geológicamente más inestables del mundo, sólo uno de cada seis propietarios de viviendas subscribe un seguro contra terremotos.

Un problema fundamental es el de que el del seguro no es un concepto que resulte natural a la mayoría de las personas. De hecho, como han mostrado los psicólogos Daniel Kahneman y Amos Tversky, existe una tendencia humana sistemática a minimizar la probabilidad percibida de los sucesos poco probables, por lo que las personas orientan sus vidas como si la probabilidad de que se produzcan dichos sucesos fuera nula. Asimismo, los seres humanos tienen tendencia a aceptar los riesgos grandes, pero poco probables, para evitar pequeñas pérdidas seguras, como, por ejemplo, las primas de seguros.

Para abordar los desastres con mayor eficacia, los países deben contar con la voluntad de crear un medio en el que pueda florecer un sector de seguros privados mucho más desarrollado. En Estados Unidos el Programa Nacional de Seguros contra Inundaciones de 1968 impuso la obligación, por parte de quienes financien la construcción o la mejora de estructuras incluidas en las zonas especiales con peligro de inundaciones, de subscribir un seguro contra inundaciones.

Muchas de las peores consecuencias de los sucesos de Asia se han producido en zonas expuestas a tsunamis, como, por ejemplo, las zonas costeras bajas de Sri Lanka. Las compañías privadas de seguros desaconsejarían la construcción en los emplazamientos más peligrosos, pues las primas resultarían prohibitivas, mientras que fomentarían la adopción de métodos de construcción resistentes a los tsunamis en las zonas marginales.

Piénsese en la falta de un sistema de alerta temprana de tsunamis en los países más afectados. Resulta fácil acusar a las personas de falta de previsión, pero ninguno de los nueve países más afectados contaba con dicho sistema. No pueden ser todos chapuceros. El problema no es el error individual. Ese fallo se debió a la falta de instituciones internacionales apropiadas que estuvieran en guardia ante la gran diversidad de posibles desastres.

El debate sobre los sistemas de alerta temprana sobre tsunamis se ha centrado en los programas estatales, pero la alerta temprana consiste en algo más que sensores oceánicos y satélites; significa también el alejamiento de la construcción de las zonas expuestas a desastres y en insistir para que las empresas privadas preparen procedimientos eficaces de seguridad y evacuación.

El sector de los seguros puede —y debe— reaccionar ante el desastre del tsunami, aceptando el imperativo moral de adoptar medidas concertadas para ampliar la cobertura de riesgos. En la medida en que los gobiernos participen, pueden fomentar una mejor gestión de los riesgos mediante una reglamentación receptiva e incluso la subvención de experimentos con nuevos productos privados de seguros.

Copyright: Project Syndicate.
*Profesor de Economía en la Universidad de Yale.


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