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Marcela
Sánchez*
El
Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com
Representantes de 30 naciones latinoamericanas y del Caribe se reunieron
en México, la semana pasada, para crear un grupo regional de vigilancia
de los derechos humanos en el hemisferio.
Funcionarios mexicanos llaman a la organización mecanismo
informal de cooperación regional y la alaban por su potencial
capacidad de ayudar a gobiernos a cumplir con la ley internacional. Pero
por su diseño, el nuevo grupo será probablemente demasiado
débil y sus métodos demasiado recatados como para lograr
algo distinto a diluir críticas serias y objetivas a violaciones
de derechos humanos.
Algunos funcionarios están tratando de vender esta nueva organización,
en parte, como un vehículo para debatir las violaciones de derechos
humanos en Cuba, sin la acostumbrada y politizada riña entre Washington
y La Habana. Pero ese solo hecho debiera despertar suspicacia.
Los latinoamericanos ya debieran saber que el interés de Fidel
Castro no es tanto proteger los derechos humanos como escudarse de las
críticas. Basta con mirar a la desprestigiada Comisión de
Derechos Humanos de las Naciones Unidas, para saber que líderes
inescrupulosos como Castro han erosionado la credibilidad de organizaciones
como esa, que tienen años de existencia. Si países miembros
como Cuba y China logran su propósito, pronto la Comisión
no considerará siquiera resoluciones que condenan a países
específicos.
Más allá de Cuba, los medios previstos para cumplir con
la agenda del nuevo grupo todavía dejan mucho que desear. En la
actualidad las naciones de las Américas usan el llamado mecanismo
de evaluación multilateral para valorar avances antidrogas, anticorrupción
y en defensa de la mujer.
El mecanismo se basa en cuestionarios que funcionarios responden y que
un panel de expertos nombrado por los países miembros
usa para evaluar el desempeño de los países. Este mecanismo
de auto vigilancia se usó por primera vez para rebatir el unilateral
y detestable proceso de certificación de drogas de Washington,
que negaba ayuda a naciones denunciadas por no cooperar en la lucha contra
las drogas.
Las evaluaciones multilaterales, como podrán imaginarse, son parcas
en detalles condenatorios y extensas en lenguaje burocrático como:
Debiera ser reconocido que se están haciendo esfuerzos en
este aspecto. Claro está que para los derechos humanos esos
informes serían mejor que nada, si nada fuera la alternativa. Pero
la región ya cuenta con un sistema fuerte e independiente.
Por más de cuatro décadas la Comisión Interamericana
de Derechos Humanos (CIDH), ha examinado quejas de violaciones a derechos
humanos por agentes de gobierno provenientes de miles de personas, que
tienen pocos recursos para acceder a la justicia en sus propios países.
Representantes de minorías indígenas, mujeres pobres, niños
de la calle, personas desplazadas exponen sus casos a la Comisión,
con sede en Washington, y en algunas instancias llegan hasta la Corte
Interamericana de Derechos Humanos, con sede en Costa Rica.
No hay duda de que la independencia de la Comisión ha sido la clave
para su continua relevancia. Por esa razón su trabajo y sus decisiones
a menudo no caen bien entre los que censura. No es secreto que algunos
líderes en el hemisferio quieren socavar la autonomía de
la Comisión y la dejan coja eligiendo nuevos comisionados más
comprensivos con el Estado que con las víctimas.
Para ser sinceros, nada de lo que dijeron o hicieron los funcionarios
reunidos la semana pasada en México, podría vincularse directamente
con esa lamentable agenda. No están pidiendo ser árbitros
de las violaciones de derechos humanos. Sin embargo, como nueva fuente
de información sobre el tema y como probables porristas del progreso
regional, el nuevo grupo operaría como una máquina propagandística
con el único fin de contrarrestar críticas que consideren
excesivas o inmerecidas.
Pero no es que la nueva organización regional de derechos humanos
vaya a promover la ley Ningún niño se quede atrás
o los beneficios del matrimonio como tres columnistas estadounidenses
lo hicieron bajo contrato de la administración Bush. En cambio,
el grupo latinoamericano podría sacar informes que encubran ejecuciones
extrajudiciales, brutalidad policial o crímenes de odio.
Es comprensible que los funcionarios latinoamericanos se hayan inclinado
con afecto hacia mecanismo regionales, en parte debido a que permiten
una mayor independencia de Washington. Eso en sí mismo puede ser
un efecto positivo que permite a los gobiernos en la región imponerse
y demostrar que independencia no significa lasitud.
Pero cuando los funcionarios se hacen tan afectos de dichos mecanismos
que intentan usarlos para contrarrestar toda crítica o peor,
para distorsionar la realidad en ese momento han ido demasiado lejos.
Una cosa es condenar los señalamientos unilaterales. Otra totalmente
distinta es intentar minar un sistema multilateral que ha demostrado su
eficacia.
*Columnista del Washington Post.

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