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Eduardo Torres*
El Diario de Hoy
editorial@ elsalvador.com
Marcia Williams era una joven mujer, madre soltera, de 24 años,
madre de tres hijos, de nacionalidad panameña, que se dedicaba,
en la bellísima ciudad capital de Estados Unidos, a limpiar casas
para ganarse la vida.
Hace casi quince años, un día domingo por la tarde, manejaba
en el noreste de Washington D.C. casi llegando al Capitolio,
luego de haber limpiado dos casas durante la que resultó ser su
última jornada en esta vida. Súbitamente, en el momento
en que se dirigía a casa de su madre para recoger a sus hijos,
quedó atrapada en medio del fuego cruzado entre dos
grupos rivales, tipo pandilla, de vendedores de droga.
Una de las balas le impactó de manera directa en la frente. El
carro, con el cuerpo ya sin vida, se estrelló contra una cuneta
y terminó derribando la cerca de una casa. La conmoción
de quienes presenciaron el hecho fue inmediata. Los medios de comunicación
rápidamente informaron lo acontecido y algunas de las primeras
versiones afirmaron que Marcia iba transitando por el lugar equivocado,
a la hora equivocada.
Dos días después apareció un extraordinario editorial
en el periódico The Washington Post, que puso las cosas
en contexto: ¿Cómo que transitando por el lugar equivocado
a la hora equivocada?, preguntó el Post. ¿Qué
de malo andaba haciendo esa pobre mujer un domingo por la tarde, luego
de haber trabajado durante todo el día, camino a casa de su madre
para recoger a sus hijos? Lo que no queremos reconocer, sentenció
el periódico, es que los criminales se han apoderado de nuestras
calles.
Creo que algo de ello es lo que nos está sucediendo en El Salvador.
De manera independiente a las razones por las cuales se han disparado
los homicidios un amigo periodista me explicó esta semana
las rivalidades entre maras en Sonsonate, lo que no hemos podido
vincular, como país, es que el problema del consumo de drogas,
como un cáncer, nos devora como nación día tras día.
Mientras no dimensionemos a profundidad los estragos que esto nos causa,
es decir el consumo de sustancias ilegales, pues será
como tratar de detener un tsunami con las palmas de las manos
y los brazos extendidos hacia adelante. Según el último
estudio de la Fundación Salvadoreña Antidrogas (Fundasalva),
existen en este momento 130 mil personas con necesidad de tratamiento,
de las cuales 20 mil son menores de edad.
Sin contar quienes viven con problemas graves de alcohol, que según
indica el estudio, serían más de 500,000. Es decir, tomando
la media de habitantes por hogar promedio, estadísticamente hablando,
la mitad de hogares en El Salvador sufre en su seno familiar un serio
problema de adicción. ¿Cuánto nos cuesta, como país,
lo que estas personas dejan de producir, las muertes y heridas relacionadas,
los delitos cometidos, los años escolares perdidos, las carreras
universitarias y profesionales abandonadas, la baja en la productividad,
las muertes colaterales como la de Marcia?
Más importante aún, ¿cuánto nos cuesta como
sociedad, en términos de sufrimiento y de pérdida de calidad
de vida, el que haya un adicto al círculo interior más íntimo
del seno familiar? Hay que decirlo: tenemos en El Salvador un problema
enorme de salud mental. El nivel de violencia que por años venimos
viviendo es producto de ello. Si esto no se concibe adecuadamente, a manera
de ejemplo, la relación existente entre drogas y delincuencia,
pues proseguirá la lucha entre burro amarrado contra tigre suelto.
A pesar de los enormes esfuerzos y sacrificios máximos de las autoridades.
A nivel personal, considero que la pata de la mesa que le viene haciendo
falta al combate contra la criminalidad es el conceptualizado como Mano
Amiga, es decir, ayudarle a quienes ya han caído y quieren
salir de donde se encuentran porque por más que hasta desalmados
se sientan los adictos, no pueden por sí solos con el sufrimiento
que sobre sus espaldas llevan, y prevenir a quienes están
por caer. Dan pánico las últimas estadísticas y,
ojo, en todos los estratos sociales por igual. Olvídense entonces
de cualquier estereotipo.
Cómo podemos, como país, ejecutar Mano Amiga,
debería ser un objetivo nacional. Mientras tanto, seguiremos tomando
medidas, importantes como el último paquete de reformas para la
portación de armas, pero a mayor número de adictos en las
calles, mayor violencia social, como se le viene denominando.
La buena noticia es que, aunque tarde, estamos todavía a tiempo.
*Lic. en Ciencias Jurídicas y columnista
de El Diario de Hoy.

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