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Jorge Werthein
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com
Más de 240 mil armas recogidas. Este fue el saldo, hasta diciembre
de 2004, de la Campaña Brasileña de Desarme, una de las
más exitosas iniciativas ya desarrolladas en Brasil de combate
a la violencia y de promoción de una cultura de paz. Son armas
que fueron entregadas voluntariamente por ciudadanos que resolvieron cambiar
una falsa garantía de seguridad por un proyecto sólido de
construcción de la paz. Los estados brasileños de Sao Paulo,
Río de Janeiro, Paraná, Río Grande do Sul y Pernambuco,
en número absolutos, y Sergipe, en términos relativos (proporcional
a su población), fueron los que más armas recibieron. Los
resultados son patentes: En Sao Paulo, los índices de homicidios
cayeron 18%, mientras que en Curitiba, capital de Paraná, se registró
una reducción de 27% de los casos.
En Brasil, la campaña consiguió no sólo sacar del
papel al Estatuto del Desarme sancionado por el Presidente Luiz
Inácio Lula da Silva en diciembre de 2003, sino también
concientizar fuertemente a la población e iniciar un importante
trabajo de educación para la paz entre los niños. Con el
apoyo de organizaciones de la sociedad civil y de asociados del sector
privado, se organizó una amplia campaña del llamado desarme
infantil, que promovió el cambio de armas de juguete por
juegos no violentos, libros e historietas.
Así se buscó estimular la imitación de comportamientos
no violentos entre los niños, que acaban ejerciendo una influencia
positiva sobe toda la familia, contribuyendo para el establecimiento de
una sociedad más pacífica en el futuro.
Pero, para que ponga fin a la violencia en Brasil, no basta que actuemos
dentro del territorio brasileño. Se sabe que la violencia no conoce
fronteras. Aún más, ella puede realmente ser diseminada
y ampliada. No podemos sentirnos seguros si la violencia se extiende entre
naciones vecinas y hermanas, que tanto luchan por el desarrollo humano,
social y económico de la región. Tampoco podremos tener
nuestras conciencias tranquilas sin una acción cohesionada en defensa
de la paz. Es necesario difundir prácticas exitosas, como la Campaña
Brasileña del Desarme, y primar por la formulación de una
estrategia regional por la paz.
Naciones asociadas en negociaciones económicas, como las del ámbito
del Mercosur, pueden y deben también unir esfuerzos en defensa
de la paz. La violencia en la región latinoamericana tiene un perfil
común a todos los países: está concentrada en los
centros urbanos, tiene en el crimen organizado uno de sus principales
fomentadores, es agravada por la dramática exclusión social
y afecta principalmente a los jóvenes del sexo masculino entre
15 y 24 años, que en su mayoría mueren víctimas de
homicidios por armas de fuego.
Eso muestra la importancia de las campañas de desarme, que ayuden
a la población a tomar conciencia de la falsa ilusión de
seguridad proporcionada por la tenencia de un arma en la propia casa.
Es posible obtener una expresiva adhesión de la población
de los países latinoamericanos, de los gobiernos y de las organizaciones
no gubernamentales para la promoción de una sociedad más
pacífica y menos violenta. Si el problema es común, no hay
razón que justifique la limitación territorial de las medidas
de combate.
En ese sentido, Unesco en Brasil se ha esforzado para repetir el éxito
de la experiencia brasileña en otros países de la región.
Comenzó llevando la idea al gobierno argentino, que, por medio
del Ministerio de Educación y Ciencia, con gran sensibilidad y
rapidez, lanzó la campaña Cambiemos por la paz,
iniciada con el cambio de armas de juguete por otros juguetes. En Argentina,
la Unesco está colaborando con el Ministerio del Interior y el
Ministerio de Educación, que se han dedicado a la construcción
de una política nacional de seguridad, en la cual el desarme constituye
uno de los principales elementos.
Con toda seguridad el programa de desarme del gobierno argentino, que
será llevado a cabo con el apoyo de la sociedad civil, tendrá
impacto significativo en el cambio de hábitos de la población
y en la reducción de los índices de violencia. Según
estimaciones hechas en el país, 700 mil familias argentinas tienen
armas en sus casas y habría 2,2 millones de armas registradas legalmente,
además de otras cerca de 900 mil distribuidas por el mercado negro.
Los números muestran que la sociedad argentina está en el
camino correcto al lanzar una campaña nacional de desarme, al promover
medidas educativas y al sumar esfuerzos de todos para cambiar esa realidad.
El resto de América Latina no puede perder el tren de la transformación
social para la construcción de un mundo más pacífico
y humano. Si la violencia no conoce fronteras, tratemos de probar que
la paz tampoco.
* Doctor en Educación por la Universidad de Stanford y Representante
de la Unesco en Brasil.

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