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El ceramista. El plástico salvadoreño,
César Sermeño, junto a sus dos mascotas. Foto:
EDH /Omar Carbonero
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Rosemarié Mixco
rmixco@elsalvador.com
El Diario de Hoy
vida@elsalvador.com
Francisco Zúñiga era un ser humano noble, de pocas palabras.
Un obrero laborioso y mentor de vocación. La vida le obsequió
una mente genial con una creatividad sin límites que utilizó
para moldear realidades latinoamericanas hasta el día de su muerte.
Para el ceramista salvadoreño César Sermeño, tales
palabras describen la admiración que profesó al escultor
costarricense nacionalizado mexicano, creador del mal llamado Monumento
a la Constitución de 1950.
La visita que le hicieran Roberto Galicia y Jorge Palomo, director ejecutivo
y director de programación del Museo de Arte de El Salvador respectivamente,
desempolvó la colección de recuerdos que alberga su memoria.
En aquella ocasión, le anunciaron que los herederos de Zúñiga
obsequiarían al Marte nueve obras del maestro: seis dibujos, dos
pinturas y una escultura.
Los trazos a lápiz son parte de los bocetos que el artista elaboró
en el proceso de creación del monumento. Jorge Palomo afirma que
los gráficos están fechados en 1954.
Sermeño asegura que Zúñiga visitó el país
antes de iniciar dichas imágenes. Así, sentado en su mecedora
favorita, en la sala de su casa galería, dirigió la mirada
al vació e inició un recorrido por su pasado. El maestro
vino antes y se afincó en Panchimalco, refirió.
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Vocación. El arte de Sermeño ha trascendido
fronteras. Foto: EDH /Omar Carbonero
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Primeros pasos
En tierra de panchos, Zúñiga estudió los rasgos de
los hombres y mujeres salvadoreños. Trazó rostros, analizó
expresiones, poses y tonalidades. Captó las inquietudes de un pueblo
en crisis. Esas figuras serían la raíz de la única
huella del talentoso costarricense que existe en el país.
Sermeño recuerda que después de su estancia en Panchimalco
regresó a México y fue hasta 1956 que retornó a El
Salvador. Ya traía la maqueta y seis canteros contratados
para ayudarle a levantar el monumento, agregó.
Fue Clementina Suárez, esposa del costumbrista José Mejía
Vides, quien le proporcionó hospedaje en el Rancho del Artista,
el medio año que duró la edificación del monumento.
El reducido grupo de artistas plásticos que existió en el
país en esa época tomó como como hobbie viajar hacia
la naciente colonia San Benito para presenciar la ejecución de
la obra. Era algo novedoso para nosotros... nadie había hecho
ese tipo de trabajo, remembró Sermeño.
Junto a él, Camilo Minero, Miguel Ángel Salinas, José
Mejía Vides y Enrique Salaverría hicieron del acontecimiento
una gran oportunidad de aprendizaje.
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El maestro. El costarricense mexicano Francisco
Zúñiga, el escultor de América.
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No sólo cultivaron una sincera amistad con el extranjero,
también aprovecharon sus encuentros para aprender de la experiencia
de éste.
Uno de los recuerdos que el salvadoreño tiene muy presente fue
el viaje que compartieron él, Salaverría, Zúñiga
y el poeta Eugenio Martínez y Orantes hacia el sitio donde construían
la carretera El Litoral.
Querían constatar el rumor de que el proyecto descubrió
una diversidad de vestigios precolombinos en diferentes terrenos. Encontraron
los restos, pero estaban tan destruidos que era imposible recuperarlos.
Hubo veces que el grupo de artistas dejaba el área de trabajo para
ir hasta el mercado de Mejicanos, al norte de la capital, y saborear la
yuca con chicharrones. Al maestro le gustaba mucho, recordó
Sermeño, mientras se mecía en la sala de su casa.
El ceramista salvadoreño viajó a México becado por
el gobierno de turno, dos años después. Allá encontró
a Francisco Zúñiga dando clases de escultura en la universidad
donde estudió. Cuando me vio se alegró mucho,
exclamó.

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