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Zúñiga en la vida de César Sermeño

Hace 49 años, los artistas plásticos salvadoreños compartieron aspiraciones y talentos con el escultor de América

Publicada 20 de enero 2005 , El Diario de Hoy

El ceramista. El plástico salvadoreño, César Sermeño, junto a sus dos mascotas. Foto: EDH /Omar Carbonero


Rosemarié Mixco
rmixco@elsalvador.com
El Diario de Hoy
vida@elsalvador.com

Francisco Zúñiga era un ser humano noble, de pocas palabras. Un obrero laborioso y mentor de vocación. La vida le obsequió una mente genial con una creatividad sin límites que utilizó para moldear realidades latinoamericanas hasta el día de su muerte.

Para el ceramista salvadoreño César Sermeño, tales palabras describen la admiración que profesó al escultor costarricense nacionalizado mexicano, creador del mal llamado Monumento a la Constitución de 1950.

La visita que le hicieran Roberto Galicia y Jorge Palomo, director ejecutivo y director de programación del Museo de Arte de El Salvador respectivamente, desempolvó la colección de recuerdos que alberga su memoria.

En aquella ocasión, le anunciaron que los herederos de Zúñiga obsequiarían al Marte nueve obras del maestro: seis dibujos, dos pinturas y una escultura.

Los trazos a lápiz son parte de los bocetos que el artista elaboró en el proceso de creación del monumento. Jorge Palomo afirma que los gráficos están fechados en 1954.

Sermeño asegura que Zúñiga visitó el país antes de iniciar dichas imágenes. Así, sentado en su mecedora favorita, en la sala de su casa galería, dirigió la mirada al vació e inició un recorrido por su pasado. “El maestro vino antes y se afincó en Panchimalco”, refirió.

Vocación. El arte de Sermeño ha trascendido fronteras. Foto: EDH /Omar Carbonero

Primeros pasos

En tierra de panchos, Zúñiga estudió los rasgos de los hombres y mujeres salvadoreños. Trazó rostros, analizó expresiones, poses y tonalidades. Captó las inquietudes de un pueblo en crisis. Esas figuras serían la raíz de la única huella del talentoso costarricense que existe en el país.

Sermeño recuerda que después de su estancia en Panchimalco regresó a México y fue hasta 1956 que retornó a El Salvador. “Ya traía la maqueta y seis canteros contratados para ayudarle a levantar el monumento”, agregó.

Fue Clementina Suárez, esposa del costumbrista José Mejía Vides, quien le proporcionó hospedaje en el Rancho del Artista, el medio año que duró la edificación del monumento.

El reducido grupo de artistas plásticos que existió en el país en esa época tomó como como hobbie viajar hacia la naciente colonia San Benito para presenciar la ejecución de la obra. “Era algo novedoso para nosotros... nadie había hecho ese tipo de trabajo”, remembró Sermeño.

Junto a él, Camilo Minero, Miguel Ángel Salinas, José Mejía Vides y Enrique Salaverría hicieron del acontecimiento una gran oportunidad de aprendizaje.

El maestro. El costarricense– mexicano Francisco Zúñiga, el escultor de América.

No sólo cultivaron una sincera amistad con el extranjero, también aprovecharon sus encuentros para aprender de la experiencia de éste.

Uno de los recuerdos que el salvadoreño tiene muy presente fue el viaje que compartieron él, Salaverría, Zúñiga y el poeta Eugenio Martínez y Orantes hacia el sitio donde construían la carretera El Litoral.

Querían constatar el rumor de que el proyecto descubrió una diversidad de vestigios precolombinos en diferentes terrenos. Encontraron los restos, pero estaban tan destruidos que era imposible recuperarlos.

Hubo veces que el grupo de artistas dejaba el área de trabajo para ir hasta el mercado de Mejicanos, al norte de la capital, y saborear la yuca con chicharrones. “Al maestro le gustaba mucho”, recordó Sermeño, mientras se mecía en la sala de su casa.

El ceramista salvadoreño viajó a México becado por el gobierno de turno, dos años después. Allá encontró a Francisco Zúñiga dando clases de escultura en la universidad donde estudió. “Cuando me vio se alegró mucho”, exclamó.


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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