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Marvin
Galeas
El Diario de Hoy
marvingaleas@cinco. com.sv
Hace casi cinco años escribí una columna que explica un
poco mi manera de pensar y actuar. El hecho que se describe ocurrió
hace ya más de una década. Pero el compromiso adquirido
frente a uno de mis más queridos seres sigue y seguirá vigente
hasta el final de mis días.
Cada jueves hay lectores que me piden que les envíe esa columna.
No deja de sorprenderme la cantidad de ellos. Muchísimos viviendo
fuera del país me afirman que se las han comentado, pero que nunca
la han leído. En respuesta a ellos, transcribo este jueves la columna
tal como se publicó el 26 de octubre de 2000:
Raquel Perla, la de los ojos miel y el cabello castaño, vivía
con una tremenda ansiedad. Su hijo se había ido a la guerra y en
cualquier momento se lo podían matar. Cada vez que los aviones
de combate surcaban el aire y se dirigían hacia el norte de Morazán,
su corazón se encogía. Cuando las bombas de 500 libras estallaban,
temblaba la tierra, y su espíritu también.
Al caer la tarde se recostaba en una hamaca a la sombra de la casona.
Sintonizaba Radio Venceremos y escuchaba la voz del muchacho. El alma
le volvía al esqueleto. Le importaba un pepino lo que decía:
los apasionados llamados a empuñar las armas, los partes de guerra,
las posiciones políticas. No le interesaban las demandas populares
ni los intereses geopolíticos de los estadounidenses ni nada. Le
importaba su hijo más que cualquier utopía y punto.
En 1987, la Fuerza Armada apretó más de lo acostumbrado.
El operativo, además de prolongado, era más intenso en cuanto
a capacidad de fuego. La radio tuvo que suspender sus transmisiones por
un tiempo largo, demasiado largo para aquel corazón de madre. Ella
sólo miraba pasar las caravanas de camiones militares repletos
de soldados pintados de la cara y con todos sus arreos de combate. Iban
a matar al enemigo. De eso se trata la guerra.
Uno de esos días, Raquel, la de los ojos miel y el cabello
castaño, se recostó en la hamaca asediada por la ansiedad
y la angustia. La radio, sintonizada en los siete megahertz de la onda
corta, sólo transmitía estática. Cuando los soldados
se retiraron y la voz del muchacho salió al aire, era demasiado
tarde. El derrame cerebral había sido fulminante. Raquel había
cerrado los ojos color miel para siempre.
A ella no la mataron los escuadrones de la muerte ni los comandos
urbanos ni los bombardeos ni las minas, pero de todos modos la mató
la guerra. Es una de las millares de víctimas inocentes. ¿A
quién debo culpar por esa muerte? ¿A las injustas
estructuras sociales? ¿A la Fuerza Armada por haber prolongado
el operativo? ¿A la guerrilla por haberse alzado en armas? O más
terrible aún, ¿a mí mismo por no haberme quedado
en casa?
Cuando todo terminó y supe de esa muerte, me estremecí
de cabo a rabo. Un sabor a hiel me llenó la boca. Yo que pasé
informando de bajas enemigas (le hemos causado al enemigo tres muertos
y 15 heridos), yo que pasé convocando a la muerte, tenía
mi propia baja. La más importante, más que monseñor
Romero, más que los padres jesuitas. Más que los millares
de muertos en El Mozote. Al final de tanta guerra, todos esos muertos
eran la más trágica estadística. Pero Raquel era
mi madre.
No me siento víctima. Nadie que empuñó un fusil.
Nadie que incitó al odio. Nadie que planificó operaciones
militares. Nadie que estimuló la guerra puede declararse víctima,
aunque hayamos perdido a familiares queridos de la manera más brutal
e injusta. Todos los muertos son importantes. Desde monseñor Romero
hasta el más humilde de los soldados.
Recién salido del frente tuve la oportunidad de estar en
Pochomil, una playa en Nicaragua. No pude evitar pensar en Raquel. Entonces
escribí en un papel: Raquelita: Te pido perdón por el dolor
que te causé. Le pido perdón a todos los que pude haberles
hecho daño. Nunca más volveré a tocar un arma. Jamás
de mi boca, de mi mente o de mi pluma volverá a salir una palabra
de odio. Sólo le pido a Dios que me perdone y que me dé
capacidad de perdonar. Sólo le pido a Dios que me regale una hija
para que en ella pueda verte a vos y darle todo el amor que ya no te pude
demostrar...
Metí el papel en una botella y lo lancé al mar. Hoy que
voces insensatas pugnan por abrir dolorosas heridas con más ánimo
de revancha que de justicia, recordé aquel mensaje en una botella.
Han pasado 10 años desde entonces. Muchas cosas han cambiado. La
capacidad de perdonar y de olvidar no a nuestros muertos, sino nuestro
propio dolor es lo que ha hecho el milagro de la paz.
El 4 de enero de 1992, cuatro días después de que se acordó
la paz en Nueva York, estando en México, recibí una llamada
de mi esposa. Es niña, me dijo. El viernes 31 de enero,
de regreso en San Salvador, abracé por primera vez a esa cosita
de cabello castaño. Tenía 25 días de nacida y se
llamaba Raquel. Mi mensaje en una botella, estoy seguro, fue recibido.
*Columnista de El Diario de Hoy.

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