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Vivir sin tener un consuelo

San Salvador. La acera ha sido el hogar de “Menche” por más de seis años. Poco se sabe de sus seres queridos


Publicada 17 enero 2005, El Diario de Hoy

Intemperie. Durante el invierno, Mercedes Hernández se resguarda en un taller cercano donde le permiten estar. Foto EDH

Susana Díaz
El Diario de Hoy

metro@elsalvador.com


Su diminuta figura apenas sobresale entre las cosas que ha amontonado. Con una vieja escoba barre la basura que rodea el pequeño colchón donde duerme.

Las ramas de un pequeño árbol de mango le sirven de techo. Un laurel de la India y un pino también contribuyen a esa labor.

Sus vecinos, los mecánicos de un taller cercano, la conocen como “Menche”.
“Me llamo Mercedes Hernández, ya ando en los 40 años”, responde al momento que interrumpe su labor de limpieza.

Mercedes es una indigente que ha adoptado un pedazo de acera de la colonia San Joaquín Oriente, a la orilla de la carretera Troncal del Norte, como su hogar.

Es una vieja conocida del lugar. Algunos se atreven a decir que tiene más de seis años de “vivir” en ese pedazo de acera, contiguo al muro de la casa 127 de la colonia.

Enferma

En ese reducido espacio cocina sus alimentos, lava su ropa y hace sus necesidades fisiológicas.

“El agua me la regalan en la gasolinera”, comenta mientras indica una estación de servicio.
“También me regalan comida allá arriba”. Sus palabras se interrumpen por una mueca de dolor.

“Me duele el estómago. Ya hace días que estoy así”, explica. Unos metros más arriba, en la entrada de la colonia San Joaquín, Leonardo Cruz, vigilante privado, revela algunas pistas sobre el origen del padecimiento de “Menche”.

“Hace unos tres meses, un loquito la violó y la dejó con el intestino de fuera”, afirmó.
Mercedes no sabe dar mayores detalles sobre su pasado. Su mente se nubla cuando se le pregunta sobre su familia o sobre su vida personal.

“Vivía con un hermano en el Puerto de La Libertad, pero mucho peleaba con la cuñada”, relata.

Pasan unos minutos y su mirada se pierde en el horizonte. Ya no responde más.
Con un poco de insistencia expresa unos detalles más. “Trabajaba en la colonia Miramonte de lavar y planchar, de hacer oficios”.

Ya no hay más de su pasado. Su frágil estado de salud la obliga a acostarse en el colchón que alguien le regaló.

“A veces me da frío y me pongo una chumpa y un suéter...ya me aburrí de estar sola, quisiera estar con bastantes personas”.“Yo no me casé, tenía un chamaco, pero ya no quiso y se fue” .
Mercedes Hernández
Foto EDH

Pero Leonardo revela más detalles sobre “Menche”. Comenta que alguna vez esta pobre mujer, antes de perderse en su mundo, vendió respaldos, franelas y toda suerte de utensilios para vehículos.

La esquina de la Calle 5 de Noviembre, cerca de los lavaderos municipales, era el lugar donde alguna vez ofreció su mercadería.

“Yo tengo seis años de trabajar aquí, y allí la miraba. De repente apareció aquí”, recordó el vigilante.

Desde entonces, Mercedes vive en la oscuridad de su mente. Es una mujer tranquila que pide cigarros a sus vecinos para satisfacer su vicio, pero a veces responde con violencia.


Sin nadie que responda por ella

Mercedes ya es conocida en el lugar. Todos los que viven o trabajan en la zona saben sus penurias y sufrimientos.

Leonardo Cruz Núñez, vigilante de la colonia San Joaquín Oriente, manifiesta que hace tres meses ella le buscó para contarle, entre sollozos, que la habían violado. Asegura que se veía muy mal.

Cuenta que el agresor llegó con la oscuridad de la noche. No le reconocieron. Nadie abogó por ella.

Leonardo recordó que Mercedes fue llevada al Hospital Psiquiátrico para ser atendida, pero al parecer escapó sin recibir atención.

En los archivos del departamento de Trabajo Social del nosocomio no hay registro preciso de que haya sido atendida.

“Encontramos unos datos que corresponden a Mercedes del Carmen Hernández. Pero no hay más información, porque cuando la llamaron para atenderla ya no estaba”, manifestó Marianella de Gutiérrez, jefa de esa oficina.

Estos casos se dan con frecuencia, aseveró. Los pacientes se resisten a ser atendidos.

“Cuando se les suministra medicamentos ellos muestran un poco de lucidez y les ayudamos a ubicar a la familia, o los llevamos donde nos dicen que viven. Ojalá podamos localizar a sus familiares”, explicó.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 



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