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Collares de dulce para las romerías

Cabañas. Es una tradición que inició hace cinco siglos con motivo de la fiesta dedicada al Señor de Salomé. Pese al progreso todavía se preparan los típicos adornos

Publicada 17 de enero 2005 , El Diario de Hoy

René Serrano
El Diario de Hoy

elpais@elsalvador.com


Son una delicia para el paladar de quien los disfruta, pero particularmente son el adorno principal de la romería dedicada al Señor de Salomé que cada año se celebra en la villa de Guacotecti, el “Pueblo escondido” del departamento de Cabañas, del 14 al 22 de enero.

Comúnmente se les llama collares, rosarios o camándulas. Y no hay quien haya visitado este pequeño poblado, ubicado a 82 kilómetros de la capital y a 2 de Sensuntepeque, que no los haya probado alguna vez.
Tras el comienzo de la feria al “Cristo Milagroso”, alrededor de 50 mujeres, conocidas como las “Dulceras de Guaco”, instalan en el parque –frente a la iglesia colonial– sus champas, hechas con bambú.

Allí ofrecen los rosarios que cuelgan de un “palo”, a la par de candelas, imágenes y otros artículos religiosos adquiridos por los devotos para cumplir su “visita”. Al salir de misa se llevan más de un collar, según la edad de los clientes, que en su mayoría son los niños quienes gustan saborearlos.

Los collares se logran con una mezcla de azúcar y limón más la creatividad que les ponen las dulceras que añaden medallas que puede ser un Cristo, un corazón, e incluso la figura de distintos animales.

Comienzan a elaborarlos desde el 1 de enero. Nadie sabe con exactitud cuando inició esta tradición. Pero hay quiénes aseguran que comenzó cuando se fundó la población, allá por 1548.

“A mí mi mamá me enseñó cómo hacerlos cuando era joven. Ella aprendió en el cantón Agua Zarca, donde está la mayoría señoras que los hacen”, expresa Laura Mejía, de 65 años.

Mejía permanece ahora en una silla de ruedas, pero su hija Inés Villanueva heredó la tradición.

A la par, Wendy Romero, hija de doña Inés, y otras mujeres preparan los collares de varios tamaños, cuyo precios oscila entre 0.25 centavos hasta los ocho dólares. Para los de este precio emplean dos libras de azúcar refinada que es la que da el color blancuzco a los dulces. “Sólo para hacer las medallas”, agrega doña Inés.

Ella se encarga de poner la olla al fuego en la que echa una libra de azúcar, una taza de agua y diez gotas de limón. Espera a que hierva por 20 minutos y ya está hecha la pasta con la que luego se hacen los nudos que hacen de “avemaría”. Luego los meten en un cordel adornados con papel de china y la medalla al final y listo. ¡A disfrutar!



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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