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Sobre el origen de un ser humano
Dos encuentros de amor... biológico

Cuando la generación ha sido “in vitro”, en manipulación de laboratorio, no ha habido ese diálogo molecular entre madre e hijo. “Hacen del hijo un injerto extraño a la madre”

Publicada 17 enero 2005, El Diario de Hoy

(Segunda parte)
Luis Fernández Cuervo*
El Diario de Hoy

editorial@elsalvador.com


Escribí en mi anterior artículo cómo se forma un nuevo ser humano con la fusión de un óvulo femenino y un espermatozoide masculino. Señalé cómo el cigoto resultante es ya un nuevo ser humano. Cedo la palabra escrita a una mejor autoridad científica, la Dra. Natalia López Moratalla, catedrática de Biología: “El significado biológico de la fecundación es precisamente dar inicio a un nuevo individuo. El cigoto se constituye y comienza a emitirse un nuevo mensaje genético. En él surge un nuevo programa de vida individual, con un nuevo centro coordinador de sus funciones vitales que le dirige hacia la construcción de un organismo.

Es una totalidad corpórea que intrínsecamente tiende a un desarrollo completo, requiriendo sólo la presencia de un ambiente favorable para llegar a ser un ser humano adulto. Es ya hombre desde el principio, porque lo que le define no es su morfología o las funciones que es capaz de realizar, sino su constitución como individuo reflejada en el nuevo genoma, cuya información comienza a emitirse en el entorno propio: célula totipotente”.

El cigoto humano surgió de la fusión de un óvulo de mujer con un espermatozoide de hombre. Esa atracción y fusión —“amor biológico”— irá seguido de un segundo amor biológico, constituido por finas interacciones: el del organismo de la madre gestante con su hijo embrionario.

“De inmediato y a lo largo de la primera semana, el hijo recién concebido realiza el primer viaje de la vida desde el lugar natural de la concepción” —la trompa uterina, u oviducto— “al útero materno. Madre e hijo se preparan a través de un íntimo diálogo molecular para la peculiar vida de la gestación”. Conviene señalar que en este diálogo, el pequeñísimo hijo es el que lleva la voz cantante. Él es, en último término, el que ha impedido una nueva menstruación de su madre, el que demanda de ella una buena cuna en el endometrio y un lento almacenamiento en las glándulas mamarias de la leche que necesitará cuando nazca.

Él es quien exige que la matriz vaya creciendo según él crece dentro de ella y el que creará la placenta para, a través de ella, alimentarse de la sangre materna.

“Este diálogo molecular alimenta y orienta el crecimiento del cuerpo del hijo y permite que sea acogido en el hábitat materno y tolerado inmunológicamente por ella. El embrión envía señales que son respondidas por la madre produciendo moléculas que instan a crecer y orientan el desarrollo. El hijo crece y se desarrolla siguiendo la información genética de su propio genoma, pero requiere de la madre no sólo los nutrientes, sino también algunos de los factores necesarios para que se expresen de forma regulada, sus propios genes. Para ello el feto ejerce efectos profundos en la fisiología materna a través de las hormonas que fabrica éste, o más tarde en su placenta, y que pasan a la circulación de la madre”.

En los cuatro o cinco primeros días de vida, mientras el embrión va bajando a lo largo de la trompa uterina, él se va ensanchando dentro de la “zona pelúcida” y ésta evita que se adhiera a la pared de la trompa. Si la trompa está dañada por alguna infección, podrá trabarse allí, crecerá algo (“embarazo extrauterino”) hasta que fuerce la ruptura de la trompa, con un aborto funcional que puede causar un fuerte y grave accidente abdominal en la madre, poniendo en peligro su vida. El embrión morirá sin remedio en este accidente.

“Cuando el embrión llega al útero, debe eclosionar de la zona de modo que pueda adherirse a la pared uterina y no lo hace de cualquier manera”. Si todo está bien, si el endometrio no ha sido alterado por un Dispositivo Intra Uterino —DIU— o por la acción de algún preparado farmacéutico mal denominado “anticonceptivo”, entonces en el útero aparecen proteínas que son receptoras “que reciben el embrión por su dorso por interacción específica con componentes de éste”(...) “En el diálogo molecular de ambos durante el viaje se realiza el fenómeno de la tolerancia materna”.¿Qué es lo que debe tolerar? Precisamente lo que el hijo lleva que no es de su madre, sino de su padre. “En la fecundación natural no hay un rechazo del embrión como si éste fuera para la madre un simple injerto, pero tampoco como si se tratara de una parte del cuerpo materno. El hijo se presenta, presentando a su padre, y toda una red de sustancias actúa localmente para mantener la tolerancia inmunológica de la madre para el niño que gesta, y cada embarazo sucesivo favorece la tolerancia inmunitaria de la madre hacia lo paterno de los tejidos del hijo”.

Cuando la generación ha sido “in vitro”, en manipulación de laboratorio, no ha habido ese diálogo molecular entre madre e hijo. “Hacen del hijo un injerto extraño a la madre, y la respuesta defensiva de ésta causa su rechazo.

De ahí la difícil anidación del embrión engendrado in vitro y transferido a la madre uterina, que no lo ha engendrado”.

Todos estos descubrimientos y otros que van surgiendo nos muestran cómo la relación madre-hijo es importante desde la aparición del cigoto y cómo las relaciones de afecto, ternura, cuidado y crianza que vendrán después del nacimiento, han sido precedidas durante los meses anteriores con una serie de expresiones sutil e inteligentemente estructuradas en este amor...biológico.

*Dr. en Medicina y columnista de El Diario de Hoy. lfcuervo@telemovil.net.



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