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(Segunda
parte)
Luis Fernández Cuervo*
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com
Escribí en mi anterior artículo cómo se forma un
nuevo ser humano con la fusión de un óvulo femenino y un
espermatozoide masculino. Señalé cómo el cigoto resultante
es ya un nuevo ser humano. Cedo la palabra escrita a una mejor autoridad
científica, la Dra. Natalia López Moratalla, catedrática
de Biología: El significado biológico de la fecundación
es precisamente dar inicio a un nuevo individuo. El cigoto se constituye
y comienza a emitirse un nuevo mensaje genético. En él surge
un nuevo programa de vida individual, con un nuevo centro coordinador
de sus funciones vitales que le dirige hacia la construcción de
un organismo.
Es una totalidad corpórea que intrínsecamente tiende a un
desarrollo completo, requiriendo sólo la presencia de un ambiente
favorable para llegar a ser un ser humano adulto. Es ya hombre desde el
principio, porque lo que le define no es su morfología o las funciones
que es capaz de realizar, sino su constitución como individuo reflejada
en el nuevo genoma, cuya información comienza a emitirse en el
entorno propio: célula totipotente.
El cigoto humano surgió de la fusión de un óvulo
de mujer con un espermatozoide de hombre. Esa atracción y fusión
amor biológico irá seguido de un
segundo amor biológico, constituido por finas interacciones: el
del organismo de la madre gestante con su hijo embrionario.
De inmediato y a lo largo de la primera semana, el hijo recién
concebido realiza el primer viaje de la vida desde el lugar natural de
la concepción la trompa uterina, u oviducto al
útero materno. Madre e hijo se preparan a través de un íntimo
diálogo molecular para la peculiar vida de la gestación.
Conviene señalar que en este diálogo, el pequeñísimo
hijo es el que lleva la voz cantante. Él es, en último término,
el que ha impedido una nueva menstruación de su madre, el que demanda
de ella una buena cuna en el endometrio y un lento almacenamiento en las
glándulas mamarias de la leche que necesitará cuando nazca.
Él es quien exige que la matriz vaya creciendo según él
crece dentro de ella y el que creará la placenta para, a través
de ella, alimentarse de la sangre materna.
Este diálogo molecular alimenta y orienta el crecimiento
del cuerpo del hijo y permite que sea acogido en el hábitat materno
y tolerado inmunológicamente por ella. El embrión envía
señales que son respondidas por la madre produciendo moléculas
que instan a crecer y orientan el desarrollo. El hijo crece y se desarrolla
siguiendo la información genética de su propio genoma, pero
requiere de la madre no sólo los nutrientes, sino también
algunos de los factores necesarios para que se expresen de forma regulada,
sus propios genes. Para ello el feto ejerce efectos profundos en la fisiología
materna a través de las hormonas que fabrica éste, o más
tarde en su placenta, y que pasan a la circulación de la madre.
En los cuatro o cinco primeros días de vida, mientras el embrión
va bajando a lo largo de la trompa uterina, él se va ensanchando
dentro de la zona pelúcida y ésta evita que
se adhiera a la pared de la trompa. Si la trompa está dañada
por alguna infección, podrá trabarse allí, crecerá
algo (embarazo extrauterino) hasta que fuerce la ruptura de
la trompa, con un aborto funcional que puede causar un fuerte y grave
accidente abdominal en la madre, poniendo en peligro su vida. El embrión
morirá sin remedio en este accidente.
Cuando el embrión llega al útero, debe eclosionar
de la zona de modo que pueda adherirse a la pared uterina y no lo hace
de cualquier manera. Si todo está bien, si el endometrio
no ha sido alterado por un Dispositivo Intra Uterino DIU o
por la acción de algún preparado farmacéutico mal
denominado anticonceptivo, entonces en el útero aparecen
proteínas que son receptoras que reciben el embrión
por su dorso por interacción específica con componentes
de éste(...) En el diálogo molecular de ambos
durante el viaje se realiza el fenómeno de la tolerancia materna.¿Qué
es lo que debe tolerar? Precisamente lo que el hijo lleva que no es de
su madre, sino de su padre. En la fecundación natural no
hay un rechazo del embrión como si éste fuera para la madre
un simple injerto, pero tampoco como si se tratara de una parte del cuerpo
materno. El hijo se presenta, presentando a su padre, y toda una red de
sustancias actúa localmente para mantener la tolerancia inmunológica
de la madre para el niño que gesta, y cada embarazo sucesivo favorece
la tolerancia inmunitaria de la madre hacia lo paterno de los tejidos
del hijo.
Cuando la generación ha sido in vitro, en manipulación
de laboratorio, no ha habido ese diálogo molecular entre madre
e hijo. Hacen del hijo un injerto extraño a la madre, y la
respuesta defensiva de ésta causa su rechazo.
De ahí la difícil anidación del embrión engendrado
in vitro y transferido a la madre uterina, que no lo ha engendrado.
Todos estos descubrimientos y otros que van surgiendo nos muestran cómo
la relación madre-hijo es importante desde la aparición
del cigoto y cómo las relaciones de afecto, ternura, cuidado y
crianza que vendrán después del nacimiento, han sido precedidas
durante los meses anteriores con una serie de expresiones sutil e inteligentemente
estructuradas en este amor...biológico.
*Dr. en Medicina y columnista de El Diario de Hoy.
lfcuervo@telemovil.net.

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