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| Pelotón. Byron Sosa, el segundo desde
la izquierda en la barrera, se protege como puede de un tiro libre
que ejecuta el delantero paraguayo Pablo Caballero..Foto
EDH |
Byron
Sosa
El Diario de Hoy
deportes@elsalvador.com
Lo que comenzó como una broma terminó siendo realidad. La
propuesta al técnico de Municipal Limeño, Nelson Brizuela,
de entrenar un día con el plantel oriental fue aceptada y cumplida
como todo un guerrero, como les dice el timonel paraguayo
a sus muchachos.
La suerte mala o buena, depende de cómo se vea comenzó
cuando se pactó que la reunión para el entreno sería
a las 6:30 a.m. Entonces la bitácora iniciaba a las 3:00 de la
mañana.
Con mucho sueño, pero ansiosos por llegar, partimos a Santa Rosa
de Lima. Fuimos los primeros en llegar (5:45 a.m.), incluso antes que
los jugadores.
Ya con la mayoría de futbolistas reunidos, a las 6:45 a.m. partimos
con destino a la playa Las Tunas, donde sería el entrenamiento
matutino, a las 7:45 a.m. Y donde me esperaba lo mejor.
Brizuela me presentó con los jugadores como un integrante más
de la planilla santarroseña. El cálido recibimiento de mis
compañeros no se hizo esperar.
Empecé el calentamiento junto con el grupo. Absorto, dedicado,
como tratando de impresionar al estratega paraguayo. Pero Mártir
Paredes, Carlos Güity, Pablo Caballero y Adonai Franco habían
preparado un recibimiento especial para el nuevo jugador.
Consistía en darme un chapuzón, con procesión incluida,
en el mar. Vamos, llevémolo para allá, dijo
Martir; pero en el camino se encontraron con una poza donde me dejaron
caer.
Las risas no faltaron, y el trabajo tampoco. Después comenzó
el trabajo serio. Treinta minutos de carrera en la playa, pero antes había
que cruzar un pequeño río
allí comenzó
mi mala suerte.
A sangrar
Mi temor era no soportar el trabajo físico, pero nunca me imaginé
que ese pequeño río sería mi peor obstáculo.
Mientras mis compañeros se separaban en dos grupos, unos a la derecha
y otros a la izquierda; Carlos Güity y yo decidimos irnos por el
centro. Cuando cruzábamos el afluente, el hondureño sintió
las molestias de las piedras; y pese a que iba con tenis sufrió
un golpe en el tobillo que le causó un sangramiento.
Yo llevé la peor parte. La corriente me arrastró hacia las
rocas mientras todos me esperaban en la orilla. Después de cinco
minutos logré pasar y al salir del río las plantas de ambos
pies y la mano izquierda me sangraban.
Mis compañeros, preocupados, me preguntaron si podía continuar.
Ni modo, hay que hacerlo, respondí con una sonrisa
a medio andar.
Me esperaban treinta minutos de trote. Y pese al percance los soporté.
Primera prueba superada.
Apenas una pausa
Luego vino lo más pesado. Alrededor de 45 minutos de sentadillas
con llantas, salto con conos, control de balón, así como
piques con las pelotas, fueron los trabajos que hicieron mella
en los jugadores nuevos.
Después de eso, un suculento desayuno con cereales
sustentó el hambre que había despertado el entrenamiento.
A las 10:15 a.m., el entreno matinal finalizó y todos nos fuimos
de Las Tunas con la promesa que nos veríamos a las 4:00 p.m. en
el estadio.
Lo acordado se cumplió, media hora antes del entrenamiento de la
tarde los jugadores llegaron al estadio donde se acercaron para preguntarme
cómo estaba de los pies.
Qué pasó, cómo seguiste. ¿Vas a aguantar?,
me dijo el hondureño Carlos Muñoz, mientras sus compatriotas
Cristian Santamaría y Carlos Güity me observaban los pies.
Decidido o resignado me equipé y con menos dolor me dirigí
a la cancha, donde fui uno más del plantel de Limeño. Hubo
mucha entrega, confianza y claridad de lo que quiere hacer el club en
la venidera temporada.
Juegos tácticos menores rompieron el hielo de la primera impresión
y de paso me hicieron sentir el verdadero calor de Santa Rosa de Lima.
Desconcierto
Mi presencia no pasó inadvertida. Incluso muchos creyeron que era
un jugador que llegaba a prueba; inclusive, algunos directivos me observaban
con ojos que parecía peguntarse: ¿y éste quién
es?
Las ganas por saber qué es entrenarse en un equipo de Primera División
fueron los sedantes del dolor causado por las burlas y laceraciones de
mis pies.
Nelson Brizuela no se apiadó de mí en la mañana,
y cuando pactamos el encuentro me había dicho que me trataría
como uno más. Incluso al saber que había perdido en
un trabajo de marca, me mandó a hacer lagartijas.
Luego eligió el posible cuadro titular (incluido su servidor, sin
afán de presumir) con el que platicó sobre jugadas planeadas.
Acá aportó mucho el también paraguayo Pablo Caballero,
quien le transmitió ideas de jugadas a su timonel y a sus nuevos
compañeros.
Los tiros libres de Caballero, Muñoz y Santamaría pusieron
a temblar a la barrera compuesta por Carlos Güity, Mártir
Paredes, Walter el Pollo Álvarez y yo. Este último
fue el que más sufrió con los tiros. Lo vi sufrir a mi lado.
Por mi parte, sólo recibí un baño de
Santamaría. Este Byron está con suerte ahora,
comentó Muñoz.
Despedida
El día llegaba a su fin. Para terminar la práctica, el equipo
que puede ser titular jugó un amistoso con los jugadores que han
llegado a probarse al club. Los titulares ganaron mientras yo esperaba
en la banca. Nunca entré a jugar, pero viví el partido como
si estuviera adentro. Al final, la despedida llegó, uno a uno les
agradecí y les deseé suerte en la difícil tarea que
tendrán: salvar de caer en la Segunda División.
Brizuela me anticipó en la mañana que me había equivocado
de profesión. Viste que tenías para futbolista,
me dijo en Las Tunas; por la tarde, en la parte técnica, no habló
mucho, pero todos me hicieron sentir lo que vive un jugador de la Primera.
El trabajo fue el mismo, las ganas de entregarme en las canchas fueron
dejadas minuto a minuto. Una buena aventura que servirá no sólo
para escribir sobre fútbol, sino para saber lo que se siente y
transmitir mejor el verdadero sentido del fútbol.

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